

Lunes, 1 de diciembre de 2025. A esa hora en la que Huelva aún no ha decidido si es madrugada tardía o mañana temprana, Cinta enciende un cigarro en la terraza del Bar Vaquero, en La Orden Baja. Lo sostiene como lo sostuvo siempre –entre el anular y el corazón–, gesto mínimo que Mario Marín convierte en una especie de declaración estética. “A mí me gusta el café negro. El de los bares. Yo la leche no… Cero. Nozin”, dice ella en el arranque del primer capítulo, replegando la nariz, ocupando la mesa sin pedir permiso, mirando de reojo sus propias chanclas. No hay presentación, ni contextualización amable, ni artificio: la novela empieza con una voz que habla. Y con eso basta.
La literatura de Marín nunca ha necesitado más. Ni prólogos, ni mapas, ni advertencias. Lo que sostiene sus libros es la capacidad de escuchar. CMYK, ganadora del 46º Premio Kutxa Fundazioa de novela en castellano, nace exactamente de ahí: de un velador, de un café solo, de una mujer que ya no tiene nada que callar, y de un barrio que ha aprendido a convivir con sus silencios.

En CMYK, Cinta narra su vida a Fran y Sebastián a lo largo de unas pocas horas. Lo hace sin orden, sin calibrar el impacto de lo que dice, sin construir un relato de redención ni un arco dramático tradicional. Lo que cuenta –las atrocidades, el deterioro, el páramo emocional, los excesos, la vuelta a casa– sucede con el mismo tono llano con que señala el color de una etiqueta de anís: “Ese rojo no sé qué rojo es. El de la etiqueta. Es un bermellón infrecuente. De una bermellonería rara”. Esa forma de mirar lo cotidiano, ese conocimiento de los matices mínimos, define mejor que cualquier sinopsis lo que es esta novela.
Marín no necesita construir clímax. No dosifica la tensión. No hay capítulos: hay un flujo. Un único movimiento narrativo que transcurre en tiempo real, como si alguien se sentara a hablar y solo al final se diera cuenta de todo lo que ha dicho. Ese es el riesgo y la apuesta: el lenguaje como respiración.
La novela, según la propia reseña editorial, está “basada en el caso real de una doctora madrileña que no controla su pulsión por matar” y que Marín traslada a su Huelva natal, a un territorio reconocible, al tejido vivo del barrio . Pero CMYK no es un true crime disfrazado. Ni una adaptación literaria de sucesos. Ni una novela de tesis. Es, sobre todo, un experimento de escucha: qué ocurre cuando una mujer que ha vivido demasiado decide contarlo todo sin buscar comprensión.
Cinta habla desde el Bar Vaquero. Y eso importa. No es un escenario cualquiera. La novela está ambientada en la barriada onubense de La Orden Baja, un enclave real que Marín convierte en espacio literario sin disfrazarlo de postal ni exotizarlo. La mesa donde se sienta Cinta no pertenece al imaginario de los cafés literarios. No tiene pretensiones. Tiene, en cambio, una topografía emocional que la novela explota con precisión: la esquina con el 24 Horas, la avenida de La Orden, la calle Río de la Plata… La conversación sucede ahí porque no podría suceder en otro lugar. Y Marín no embellece ese territorio: lo ilumina con la fuerza de lo verdadero.
El capítulo 1, que se reproduce íntegro al final de esta pieza, reconstruye incluso la geografía íntima del narrador: la barriada del Carmen, la calle Arcipreste Julio Guzmán, la mudanza al bloque 6 de la calle Puerto Rico, la terraza “muy desahogada” del bar Vaquero. Esa atención al espacio no es decorativa. Es parte estructural del relato. Porque CMYK es, también, un libro sobre cómo una ciudad te fija, te marca y te devuelve, aunque intentes moverte lejos de ella.
El viaje de Cinta
Cinta, protagonista de la novela, marchó a Madrid en los años ochenta “buscando triunfar como actriz”, con pequeños éxitos, críticas favorables, y un olvido inevitable, “todo aliñado con variedad de excesos y vida disoluta”. Esa parte de su vida no aparece en la novela como una biografía lineal, sino como fragmentos que emergen cuando algo –una marca de anís, un recuerdo de una etiqueta, un gesto de alguien que pasa por la calle– desencadena la memoria. La precisión con la que menciona el MDMA, el anís La Hormiga, la figura de Camarón o el manager al que “se lo mandaban de Almonaster” impregnan la narración de un realismo oral que no busca efecto: simplemente es así como hablan quienes han sobrevivido a un mundo que no perdona desvíos.
Su regreso a Huelva tampoco está narrado como redención. Al volver “entra en la Escuela de Arte León Ortega y enfrenta de lleno el mundo de la pintura”, mientras su cabeza “inicia también un desencajamiento” que desemboca en atrocidades marcadas por la cuatricromía CMYK . Ese enlace entre arte y derrumbe, entre color y crimen, es uno de los elementos más inquietantes del libro.
Marín no juega a la metáfora fácil. No construye alegorías. Pero sí deja que esas correspondencias –entre técnica de impresión y violencia, entre percepción del color y fractura mental– respiren solas. Es un modo de narrar que no explica: deja que el lector haga el trabajo sin empujarlo a una comprensión moralizante.
Una de las características más reconocibles de CMYK es su deliberada renuncia a la arquitectura narrativa tradicional. La novela es “complicada, dura, difícil, con un drama implícito y un poquito perturbadora” que Marín evita desvelar con demasiados detalles porque “a poco que cuente ya estoy contando demasiado”. Ese hermetismo tiene su lógica: la novela funciona como un único plano secuencia verbal. No hay división por capítulos, ni saltos temporales, ni escenas separadas.
Todo ocurre delante de Fran y Sebastián. Y del lector. No hay analepsis ordenada: hay recuerdos que irrumpen y se deshacen. Cinta habla con la misma cadencia cuando repasa su infancia, cuando menciona episodios de Madrid o cuando se detiene en los colores de una etiqueta. No hay diferenciación jerárquica entre acontecimientos. No hay retórica. No hay dramatización de la culpa.
Ese tono llano –que podría confundirse con simpleza si no se leyera con atención– es en realidad el corazón del libro. Cinta no es un personaje diseñado para conmover. No es una víctima. No es una heroína invertida. Es una mujer que ha atravesado demasiadas cosas y que, por una vez, habla sin medir consecuencias. Esa sinceridad no es terapéutica; es violenta.
La Orden Baja no es decorado. Es sustancia. El barrio como “comarca”, lugar atravesado por trasvases poblacionales, por la memoria del origen, por la vida obrera que late sin adornos. Cinta no es una anomalía dentro del barrio: es una voz que emerge de un entorno donde la supervivencia –mental, económica, afectiva– siempre ha sido una negociación constante.
Ese enfoque, tan propio de Marín, evita dos errores habituales en la literatura ambientada en zonas populares: el miserabilismo y la postal. No hay romanticismo del sufrimiento. No hay exaltación de la pobreza. No hay sentimentalismo. Lo que hay es precisión. Cuando Cinta habla del “24 Horas», cuando recuerda la bronca con su padre en las escaleras del bloque, cuando describe el panelado rojo de acetato de la tienda con ilustraciones de refrescos y baguetes, la novela está trabajando con la memoria real del barrio. No como un homenaje: como un modo de situar al lector en una textura concreta de mundo.
Marín escribe desde Huelva, no sobre Huelva. Y esa diferencia es crucial para comprender el valor literario de su obra.
Marín, relato desde los márgenes
Para entender lo que hace CMYK, conviene situarla dentro de la propia trayectoria de Mario Marín. No por hacer un perfil, sino porque su obra no es una sucesión de títulos sueltos: es un espacio literario en sí mismo. Desde Mis lástimas preferidas (2002) hasta El suelo de las paredes (2025), pasando por El color de las pulgas, Mañana es el día siguiente, Morir es un color o Jesuclisto. Todos comparten un territorio reconocible: Huelva y su entorno, tratados como materia narrativa esencial.
Marín no es un escritor de grandes plataformas. No ha cultivado una carrera institucional. Su trayectoria se reparte entre sellos independientes, publicaciones de distribución limitada y trabajos plásticos en paralelo. Su desarrollo creativo “oscila continuamente entre la literatura y la creación plástica, en un ida y vuelta constante”, y él mismo no sabe, cuando concibe una idea, si terminará siendo relato, pictórico o escénico.
Esa mezcla de lenguaje visual y palabra es determinante en CMYK. Porque el libro no está construido desde la lógica del novelista tradicional. Está construido desde la lógica del encuadre. Del ritmo. De la elección del gesto.
Ya en el Colectivopacopérez, que cofundó con Manuel Hidalgo Allepuz, Marín desarrolló un lenguaje basado en materiales mínimos, acciones breves y una economía de medios que rehúye la espectacularidad. Sus performances, exposiciones y piezas –descritas en su perfil como provocadoras o cercanas a la técnica gyotaku, a la manipulación de libros-objeto o a devocionarios ficticios– dialogan con una literatura que funciona con los mismos principios: precisión, contención, eliminación de lo superfluo.
CMYK es heredera directa de esa ética. Y se nota en cada frase. El título, CMYK, no funciona como metáfora explícita en la novela, pero sí como un eje conceptual. El título alude al “modelo de cuatricromía (Cian, Magenta, Yellow, Key/Black)”. La historia es “dura y bonita a la vez”, con un “drama implícito” y un punto perturbador, elementos que Marín reconoce como característicos de su obra.
Esta relación entre color y violencia se articula sobre todo en la figura de Cinta. La novela no describe su deterioro mental desde la distancia médica, pero menciona explícitamente que su historia fue objeto de TFG, vinculados a “una esquizofrenia rara, creo que paranoide crónica”, y que la prensa y los telediarios explotaron el caso durante media semana. Es una presencia incómoda: la novela no juzga; tampoco ofrece diagnóstico. Hay un espacio intermedio, difícil de sostener, donde la palabra de Cinta es a la vez testimonio y amenaza.
El uso del color, del acetato rojo, de los paneles, de las etiquetas, aparece no como símbolo sino como fragmento visible de una mente que intenta fijar cosas en un mundo que se descompone. La cuatricromía –como técnica de impresión– funciona como un recordatorio de que toda imagen está hecha de capas. La novela, también.
Una de las grandes virtudes de CMYK es la forma en que Marín utiliza el silencio. El narrador evita intervenir. No interrumpe. No corrige. Ni siquiera guía. En varios momentos del texto solo aparecen puntos suspensivos, marcando el vacío entre una frase y la siguiente. Es un recurso que podría parecer simple, pero que en Marín es riguroso: cada elipsis es una decisión. El autor trabaja con “economía de medios”, con una prosa “desnuda, directa, desprovista de retórica ornamental”, y que tanto en sus novelas como en sus relatos busca “lo que queda fuera de plano”, lo que no se dice. CMYK es, probablemente, su trabajo más afinado en ese sentido.
Cinta no se justifica. No pide perdón. Tampoco exige comprensión. Esa negativa a cerrar las heridas es lo que hace que el libro se sostenga. La mirada del narrador –que salió del turno de noche a las siete, que siempre se para en el bar a tomar café antes de subir a casa– no pretende explicar a Cinta. Solo la escucha. Y con eso basta. Cuando Cinta se sienta en la terraza, no abre una historia: abre una grieta. La novela no se propone redimirla ni condenarla. Se limita a dejarla hablar. Y eso, en un panorama literario saturado de artificio, es un gesto radical. La frase más sencilla, esa en la que Cinta dice que le gusta el café negro, “el de los bares”– contiene la clave del libro. Porque CMYK habla desde ahí: desde la vida real que huele a madrugada, desde el barrio que se repite a sí mismo sin perder textura, desde la memoria que no ordena porque no puede hacerlo.
La novela es dura, sí. Perturbadora, también. Pero no es oscura. Tiene momentos de belleza rara, como el bermellón de una etiqueta o el frescor de las ocho de la mañana. Marín sabe encontrar luz en los márgenes. Y sabe, sobre todo, que la literatura no necesita ornamentos para doler. El lector sale de CMYK con la sensación de haber escuchado algo que no estaba destinado a él. O quizá sí. Quizá la literatura consiste precisamente en eso: en acercarse a una mesa cualquiera, en un bar cualquiera, y descubrir que alguien está dispuesto a contarlo todo. Aunque cueste, aunque incomode, aunque no haya redención posible.
Mario Marín escribe desde ese borde. Desde Huelva. Desde la esquina de un barrio. Desde un territorio que no pide permiso. CMYK confirma lo que sus libros ya anunciaban: que a veces la mejor literatura no viene del centro, sino de una mujer que enciende un cigarro, mira sus chanclas y dice que el café lo quiere negro.
El Premio Kutxa Fundazioa, que ha recibido CMYK en 2025, legitima formalmente una trayectoria que llevaba años desarrollándose en paralelo a los circuitos mayoritarios. El jurado eligió la obra sin conocer la identidad del autor, siguiendo el habitual sistema de valoración a ciegas del certamen, que Marín celebra por su transparencia y solera. Ese reconocimiento incluye la publicación con Pepitas de Calabaza, sello independiente que encaja con la dimensión ética de la obra.
Pero conviene subrayarlo: CMYK no es una novela nacida para ganar premios. Es una novela que había de escribirse. Y el premio, más que elevarla, la devuelve a su lugar natural: un libro que hay que leer porque está vivo, porque incomoda, porque amplía un territorio estético que Marín lleva dos décadas cartografiando.
La obra literaria de Marín no puede separarse de su biografía artística. La formación en Bellas Artes, las exposiciones en Huelva, Ámsterdam o el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla, las performances del Colectivopacopérez, la “devoción por la Virgen de la Ataraxia”, su autodefinición como “invencionista por credo” o “primer fan del concepto páramo” son datos verificables que explican cierta actitud estética .
Pero no es un autor hermético ni inaccesible. Su obra, aun cuando roza el absurdo o lo perturbador, es profundamente legible. Lo que hace es exigir al lector que participe. Que no espere un subrayado sobre lo importante. Que entienda que la literatura puede ser un gesto mínimo –un cigarro entre el anular y el corazón– si el gesto está cargado de verdad.






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