Argel la blanca

por Javier Polo

Domingo, 11 de octubre de 2026. Paseo por una ciudad que formaba parte de mi imaginario personal y me sorprende estar ante uno de esos extraños momentos vitales en los que lo que se me muestra supera las expectativas de mi sueño. Es una ciudad aún ajena al turismo de masas que en realidad son dos: una de las más antiguas del mundo árabe, con su kasbah declarada patrimonio de la humanidad, y una inesperada París donde los grandes bulevares y todos sus edificios se pintaron de blanco.

Las dos Argel nos recuerda en cada una de sus esquinas que los franceses no tuvieron nunca la más mínima intención de abandonar Argelia. Quizás fuera este el motivo por el que construyeron una París albina y mediterránea a la que coronaron como capital colonial y el porqué de la cruenta guerra de independencia que se alargó ocho años, donde las tropas coloniales combatieron, torturaron y asesinaron a cuantos osaron enfrentarse al orden establecido.

Recorro sus barrios buscando las huellas de Albert Camus y a él sí que no lo encuentro. El novelista, filósofo y periodista, premio Nobel de literatura en 1957, no es un olvidado en su país natal es un repudiado. A pesar de los 64 años transcurridos desde la independencia, se le sigue considerando un “pieds-noirs” (pies negros) ese término con el que llamaban a los franceses y europeos nacidos en Argelia durante la época colonial.

Camus tomó postura. Reivindicó su “Llamada a la tregua civil”, pidiendo a los combatientes del movimiento independentista argelino y al ejército francés el respeto y la protección sin condiciones para la población civil. Esto, unido a su lealtad y amor por Francia, provocó que una turba heterogénea lo injuriara y pidiera su muerte a gritos. Algo que, aún hoy, sigue pesando en una población que lo eliminó de su memoria y que, por ejemplo, nos pide a los foráneos mostrar nuestro pasaporte cuando visitamos el Museo Nacional del Mujahid para comprobar que no somos franceses.

Como cada vez que llego a un lugar nuevo vago por él, me dejo llevar por mi instinto y voy adonde el azar me lleve. Ya vendrán después los días para esas rutas planificadas, los monumentos, los museos… pero mi primer paseo es para imbuirme del ambiente, de la cultural y de las curiosidades. Y Argel es la mejor para esto.

Mi primer paseo me lleva a los bulevares, la zona más colonial de esta capital, la más europea en apariencia y a la más vibrante. Me muestra el ritmo de las grandes metrópolis combinado con el ambiente relajado del mediterráneo y el omnipresente latido árabe. En la tarde me siento en una terraza a degustar un té con sabor a azahar al tiempo que contemplo el ir y venir de los moradores de una ciudad de pasados convulsos y con un presente relajado y en paz con algún nubarrón en el horizonte.

La mañana de mi segundo día la dedico a vivir la Kasbah, la ciudadela construida sobre una colina con laberínticas calles y donde se sitúan los monumentos más preciados de una urbe fundada por el mitológico Hércules, si atendemos a la leyenda. Recorrerla es empezar a entender. Es uno de esos lugares donde tenía la sensación de haber estado antes a pesar de ser la primera vez en mi vida que posaba mis pies por sus calles. Probablemente tenga algo que ver con esto mi vertiente cineasta y la sublime película italo-argelina “La batalla de Argel” (Gillo Pontecorvo,1966).

Mi paseo acaba en la Corniche para almorzar en una casa de comidas para pescadores. Comida local y larga sobremesa hasta que llega la hora de acudir a la basílica Notre-Dame d´Afrique, un templo acogedor y original que recibió unos días antes de mi llegada la del Papa León XIV.

Mi último día en Argel antes de continuar mi viaje al desierto lo dedico a recorrer el barrio de Belouizdad, para visitar la Gruta de Cervantes, donde el autor de El Quijote preparó su segunda fuga junto a otros compatriotas hasta que la huida, como la anterior y las dos que le siguieron, fracasó. Finalmente abandonó Argel gracias al rescate pagado por los frailes trinitarios.

Pero el español Cervantes no me hizo olvidar a Camus, ese hombre sin tierra, dividido entre su amor por Francia y por Argelia, países que eran el mismo y de los que quedó huérfano cuando fueron dos. Por él brindo en la terraza de mi hotel mientras contemplo el skyline de la ciudad blanca y tras ella ese mar que compartimos.

Javier Polo Brazo, columnista de La Mar de Onuba, es fotógrafo, cineasta y escritor. Entre sus obras destacan el cortometraje Andar dos kilómetros en línea recta y el documental Las Altas Aceras. Desarrolla su actividad profesional en los campos de los Recursos Humanos, la gestión de calidad y la Responsabilidad Social Corporativa. Desde 2025 es director de Muestra de Cine de los Territorios Despoblados Mecía Medinaceli Cine.

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