La diva Katy Perry triunfa en Madrid con su espectacular circo discotequero con el mejor equipo de baile jamás visto

por Francisco Villanueva

 

Miércoles, 12 de noviembre de 2025. Katy Perry vuela y ama. Es difícil imaginar un final de concierto más apoteósico que el de la canción Firework, populismo endorfínico capaz de levantar la noche electoral más triste. Porque, como cantaba Katy Perry hace quince años, «tras un huracán, sale el arco iris». Cabe decir que lo que ocurrió antes de Firework en el concierto de la cantante norteamericana en el Arena no fue un huracán, sino más bien un show escénicamente extravagante y kitsch, un despropósito dramatúrgico estructurado como un videojuego de aventuras galácticas, una ópera disco en la que la estética a menudo no tenía nada que ver con ni con la temática ni con las divertidísimas y otras difíciles de contar sin estimulantes químicos. Por otro lado, musicalmente fue muy irregular, porque le pesó la poca sustancia musical del disco 143 (2024). Salvo el himno disco-house Lifetimas, este último trabajo no tiene mucho combustible para despegar. Quizás porque es consciente de ello, Perry trata de equilibrar el repertorio dedicado a este álbum dando mucho protagonismo a las canciones de Teenage dream (2010), sin duda lo mejor de la artista, y pasando de puntillas por el resto de la discografía.

De acuerdo con su estatus de estrella del pop todavía es capaz de proponer una puesta en escena grandiosa: un escenario con multipantallas y una pista central, como un escaléxtrix con forma de número 8, sobre la que corre, baila y salta, y donde despliega todo tipo de recursos escénicos, como una cápsula metálica, un insecto volador, un vídeo de raíz, unas plantas raras escenografía y vestuario propios.

La aparición fue espectacular, vestida como una guerrera de las estrellas y suspendida de unos cables mientras sonaba Artificial, uno de los temas de 143. También había ocho bailarines acróbatas y cuatro músicos. Ya con los pies en el suelo, cantó Chained to the rhythm, marcando el tono de disco-pop que continuó con Teary eyes y con una Dark horse que hizo estallar a las 18.000 personas que el domingo llenaron el Arena.

Después de un interludio instrumental y un cambio de vestuario, en el segundo nivel combinó piezas del 2024 como Woman’s world y Hot n cold con un batiburrillo de fragmentos de clásicos propios como California girls, Teenage dream, Peacock y I kissed a girl. La siguiente pausa por incorporar más elementos escénicos confirmó el ritmo discontinuo del show, casi desesperante. El nivel llamado nirvana fue menos exitoso musicalmente. A cambio, tenía estímulos visuales, como ver una Katy Perry voladora que planeó sobre la pista sujeta por un cable.

Para el truco del siguiente nivel, titulado Elige tu aventura y que consistió en decidir que tocaría la balada Double rainbow y Unconditionally, una Katy Perry muy comunicativa necesitó un traje de reina de la jungla y la colaboración de cinco espectadores (incluida una chica disfrazada de tiburón) que subió al escenario y con los que charló un rato.

Para el quinto nivel, Perry se vistió de guerrera de una fantasía postapocalíptica para luchar contra unos monstruos antes de propulsar Part of me, uno de los hits de Teenage dream, poner a Madrid a bailar, correr por el escenario como si perdiera el autobús y desatar la balada Rise con llamaradas en las pantallas y un solo heavy de la guitarrista.

La sorpresa musical en el Arena fue la interpretación, con vaqueros y camiseta blanca, de Bandaids, la canción que publicó el 7 de noviembre y que hasta ahora sólo había tocado en un concierto de la gira. Tirillas para un corazón herido al terminar su relación con Orlando Bloom que ya ha curado al enamorarse del ex primer ministro socialista de Canadá Trudeau, aunque parece que Perry no ahorra reproches, pero en vez de escribir con el despecho en la mano toma la separación de Bloom tratando de transmitir que el amor que tuvieron valió la pena. Es mejor que la mayoría de las canciones de 143, un disco que, paradójicamente, celebra el amor (1, 4 y 3 es el número de letras de cada palabra de Y love you).

Bandaids sonó hacia el final del concierto, antes del cambio de vestuario que precedió al superhit Roar: le cantó encaramada en una especie de insecto volador que haría las delicias de los fans de la película Starship Troopers, de Paul Verhoeven, o de Conan, la bárbara, de Bertrand Mandico. Lógicamente, provocó una ola de entusiasmo sólo superada cuando pidió: «Estáis preparados para cantar Firework?». Apoteosis final después de más de dos horas de show indescriptible. Creo que el equipo de bailarines que lleva Perry en este tour es de lo mejor que he visto en los últimos años: nuestra querida Aitana toma buena nota de esta tendencia musical global. Se impone la estética Eurovisiva de música con baile…¡una maravilla para disfrutar y gozar!

Francisco Villanueva Navas, analista de La Mar de Onuba, es economista y periodista financiero. 
@FranciscoVill87

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