Sólo 1.734 de las 4.637 tarjetas repartidas han sido utilizadas al menos una vez, lo que supone que más del 62 % de quienes se han inscrito nunca ha llegado a usar su tarjeta.
Según los datos hechos públicos este lunes por el equipo de gobierno municipal, cada una de las familias que usan el servicio de acceso por tarjeta habría aportado apenas 30 gramos diarios desde su implantación, el equivalente a una cáscara de huevo.
Si 157 contenedores dan como resultado 1 kilo al día, la conclusión no puede ser otra que esta: la ciudadanía no está usando el contenedor marrón. Y el Ayuntamiento debería preguntarse por qué, en lugar de maquillar los datos brutos con lenguaje institucional.
Lunes, 7 de julio de 2025. El equipo de gobierno popular del Ayuntamiento de Huelva ha presentado este lunes su balance de su campaña “Dale vida al marrón” con tono triunfalista: más de 4.600 tarjetas entregadas, 157 contenedores instalados y 18.000 kilos de residuos recogidos. Pero las matemáticas, como los residuos orgánicos, también se degradan cuando se maquillan.
Lanzada en marzo y financiada con fondos europeos Next Generation, la campaña municipal para implantar el contenedor marrón en Huelva capital prometía implicar a la ciudadanía en el reciclaje de biorresiduos con un sistema de tarjetas personalizadas, kits informativos, puntos de atención en los barrios y contenedores con apertura electrónica para garantizar “residuos de calidad”. Cuatro meses después, el balance oficial pone cifras, pero evita interpretarlas.
Durante los 128 días transcurridos entre el inicio del sistema (marzo) y este 7 de julio, solo 1.734 de las 4.637 tarjetas repartidas han sido utilizadas al menos una vez, lo que supone que más del 62 % de quienes se han inscrito nunca ha llegado a usar su tarjeta. La nota municipal habla de “familias”, pero en realidad son chips, no unidades de convivencia. Y muchas siguen sin pasar siquiera una vez por el lector del cubo marrón.
Con 157 contenedores repartidos por toda la ciudad, los 18.000 kilos recogidos implican una media de apenas 140 kilos diarios para toda la capital. Es decir: menos de un kilo por contenedor y día. Una cifra que no solo pone en cuestión la eficacia del sistema, sino también el diseño de su implantación. Según los datos del propio Ayuntamiento, cada tarjeta activa ha aportado 10 kilos de residuos en total en cuatro meses, lo que equivale a unos 600 gramos semanales por usuario. Apenas una piel de melón, un puñado de posos de café y algo de lechuga marchita. Tampoco mejora el dato si se mira por tarjeta entregada: 3,9 kilos por tarjeta en total. Cuatro meses, casi 160 cubos, y menos de 4 kilos por participante inscrito.
Si hacemos la cuenta con los titulares del equipo de gobierno municipal de Pilar Miranda, cada una de las «4.600 familias onubenses» habría aportado apenas 30,57 gramos de residuos orgánicos al día desde marzo. Lo que viene a ser una cáscara de huevo, medio tomate pocho o el culín de un café con posos. Ese es, en términos estrictamente cuantificables, el rastro ecológico diario que habría dejado, a día de hoy, la campaña “Dale vida al marrón”.
La responsable municipal del área, Mariló Ponce, ha animado públicamente a la ciudadanía a acercarse a los puntos informativos a recoger su kit. Pero lo que no aclara la nota es si el problema está en la falta de información… o en el propio sistema: limitado a quienes se inscriben, gestionado mediante tarjeta electrónica, dependiente de personal itinerante que informa en horario restringido. En resumen, un modelo que complica lo que debería ser sencillo: separar la basura.
El objetivo de la campaña —convertir los restos orgánicos en compost y avanzar hacia una economía circular— es incuestionable. Pero su ejecución revela un enfoque más propagandístico que estructural. Porque si 157 contenedores dan como resultado 1 kilo al día, la conclusión no puede ser otra: la ciudadanía no está usando el contenedor marrón. Y el Ayuntamiento debería preguntarse el porqué, en lugar de maquillar los datos brutos con lenguaje institucional y propagandistico.
A todo esto, la campaña se financia con dinero europeo. Es decir: hay fondos públicos, finalistas y cuantiosos, detrás de los cubos vacíos. La web oficial —dalevidaalmarron.huelva.es—, los materiales impresos, los puntos informativos, los horarios, los “kits”, las redes sociales y los talleres escolares no son gratuitos. El compost que no se genera sí lo es.
Huelva ha “alcanzado”, dice la nota, el 85 % del territorio municipal. Pero los resultados apuntan a otra cifra: una implantación fallida, al menos por ahora, que necesita menos cartelería institucional y más reflexión operativa. Porque si la solución al reciclaje pasa por una tarjeta electrónica, una charla previa, un sistema de apertura restringida y un aparato logístico a la altura de una campaña electoral, quizá el problema no sea la conciencia ciudadana, sino la incapacidad institucional para gestionar algo tan básico como una bolsa de basura.

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