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El universo lúdico y colorista de Manuel Calvarro llega a la Sala de la Provincia con Pasatiempos
Lunes, 25 de agosto de 2025. Hay artistas cuya obra se despliega como una constelación: múltiples puntos, aparentemente dispersos, que sólo al observar con calma revelan un mapa coherente, íntimo, potente. Así es el universo de Manuel Calvarro. Esta exposición de sus últimos dibujos, Pasatiempos, es una invitación a recorrerlo sin prisa, dejándonos llevar por la sensibilidad, por el asombro. Porque só+lo al mirar con atención, al detenernos en los detalles, accedemos a lo más esencial: su mirada sobre el mundo.
Hablar de Manuel Calvarro es hablar de libertad. De una libertad sin etiquetas, sin justificaciones, sin mapa. Una libertad radical, que se niega a obedecer las expectativas. Como si cada obra fuera una prolongación directa de su forma de ser: curiosa, generosa, irreverente. Su obra no se acomoda a las vitrinas ni a las líneas rectas del discurso académico. Su apuesta es el trazo suelto, la madera sin pulir, el color sin miedo, la forma que se desborda y se deforma porque sí, porque me gusta.
Pero esa libertad no es solo estética: también es vital. Hace tiempo, Manuel decidió dejar atrás la ciudad y refugiarse en el pueblo, en Cabezas Rubias, donde vive, trabaja y respira con la calma de quien ya no corre ninguna carrera. Ni por premios, ni por exposiciones, ni por aplausos. Una elección que parece simple, pero que es profundamente política: huir del ruido del ego, del cansancio del circuito, para reencontrarse con lo esencial. Para volver a escuchar el silencio que hay antes del trazo y dentro de uno mismo.
Su trabajo, surrealista y cotidiano, tierno y bruto, está repleto de guiños: a la naturaleza, a lo cotidiano, a lo fieramente humano. Sus volúmenes polícromos están preñados de locura, de calidez. En el mismo papel puede mezclar un perro con una escalera, una virgen con una peonza, un cactus con una canción, y todo cobra sentido o mejor dicho, sentido del suyo. Porque no busca gustar. Busca decir. O más bien, jugar. El suyo es un arte que no pide permiso. Que se lanza como quien se tira a una cuesta abajo en bicicleta, sin frenos, con el viento en la cara y Extremoduro en los oídos.
Manuel lo sabe mejor que nadie: todo empieza con el dibujo. Con ese gesto primario, anterior a las palabras. Como cuando éramos niños y creábamos mundos con un lápiz sin pensar en exposiciones ni críticas ni públicos. Para Manuel, dibujar no es una técnica: es una forma de estar vivo. Una manera de pensar con la mano. Y también, de resistirse. De negarse a dejar de jugar, con una sabiduría extraña, nada solemne. Una sabiduría que no se aprende en los libros, sino viviendo con atención, escuchando lo que no se dice, observando cómo caen las cosas cuando las sueltas. Lo lúdico no como adorno, sino como método. Como brújula. Como acto de fe.
Al entrar en esta exposición os asomáis al abismo de un mundo sin moldes. Un mundo donde el arte no se separa de la vida, ni la poesía del esputo. Donde todo se construye desde el deseo de crear, sin domesticar la intuición. Un mundo que Manuel ha sabido proteger a conciencia, retirándose del ruido para seguir siendo fiel a su duende y a su quejío.
Y eso, hoy en día, no es solo un lujo. Es, directamente, un acto insumiso.
Marcos Gualda se autodefine como "hombre de acción onubense", Es filólogo, gestor cultural, trochodadaísta, escritor y cineasta.


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