
Jueves, 1 de octubre de 2026. Quizás Federico García Lorca no fue consciente de que el vil e injusto asesinato de su cuerpo acabaría provocando exactamente lo contrario de lo que pretendían quienes decidieron acabar con su vida. Quisieron silenciarlo y consiguieron hacerlo inmortal. Quisieron enterrar su voz y lograron que atravesara generaciones, fronteras e idiomas. Noventa años después de aquel crimen, Lorca continúa representándose en los teatros, leyéndose en las escuelas, estudiándose en las universidades y emocionando a millones de personas que ni siquiera habían nacido cuando una bala intentó poner punto final a una de las voces más extraordinarias de la literatura española.
Lorca es, además, un símbolo de resistencia frente a la barbarie. Lo es por su obra, naturalmente, pero también por todo aquello que representaba: la libertad creadora, el derecho a ser diferente, la capacidad de enfrentarse a las convenciones y una forma de entender el arte que no admitía demasiadas fronteras. Su asesinato acabó con un hombre de apenas treinta y ocho años, en plena madurez creativa, pero no consiguió destruir aquello que ya había comenzado a construir. Y quizá ahí resida una de las grandes paradojas de su historia: quienes quisieron borrarlo contribuyeron involuntariamente a convertirlo en eterno.
Eso es precisamente lo que he sentido viendo La bola negra, la espectacular película dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi. No estamos ante un biopic convencional de Federico García Lorca, ni falta que hace. Estamos ante algo mucho más arriesgado: una obra que recoge su universo, parte de uno de los proyectos que dejó inacabados y se pregunta, de alguna manera, qué historias habría podido seguir contando Lorca si no lo hubieran asesinado.
La película entrelaza tres historias situadas en 1932, 1937 y 2017. Tres tiempos distintos unidos por el deseo, el dolor, la identidad, la memoria y las heridas que una generación transmite a la siguiente. Su punto de partida es La bola negra, aquel proyecto teatral del que Lorca apenas pudo dejar unas páginas antes de morir. Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero convierten ese material incompleto en el germen de una película de enorme ambición, que dialoga también con La piedra oscura, la magnífica obra de Conejero sobre Rafael Rodríguez Rapún, vinculado sentimentalmente a Lorca y miembro de La Barraca.
Uno de los grandes aciertos de la película consiste precisamente en no intentar completar a Lorca como si alguien pudiera escribir por él. Hace algo mucho más interesante: utiliza el vacío que dejó su muerte. Nos obliga a pensar en todas las obras que no llegaron a existir, en los personajes que nunca nacieron, en los versos que jamás fueron escritos y en las historias que quedaron suspendidas aquella madrugada de agosto de 1936. Cuando se asesina a un creador no se mata solamente a una persona; se destruye también una parte del futuro que llevaba dentro.
Y La bola negra habla igualmente de quienes durante décadas tuvieron que esconder lo que eran. Las tres historias permiten contemplar cómo el miedo, la represión y el silencio cambian de forma con el paso del tiempo, pero también cómo determinadas heridas sobreviven de una generación a otra. Ahí la película deja de ser únicamente lorquiana para convertirse en una reflexión sobre la libertad y sobre el precio terrible que supone obligar a un ser humano a negar su propia identidad.
Todo ello está contado con una extraordinaria potencia visual. Hay imágenes de una belleza difícil de olvidar, momentos de enorme crudeza y otros profundamente poéticos. Sus más de dos horas constituyen una apuesta cinematográfica poco frecuente, acompañada por un reparto en el que conviven intérpretes consagrados como Penélope Cruz, Glenn Close y Lola Dueñas con nombres de generaciones más jóvenes como Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes o Guitarricadelafuente. Pero por encima de todos ellos sobrevuela continuamente alguien que no necesita aparecer para estar presente: Federico García Lorca.
No sorprende que la película haya comenzado ya a recibir reconocimientos. Javier Calvo y Javier Ambrossi obtuvieron el premio a la mejor dirección en Cannes y La bola negra recibió posteriormente el Premio del Público Ciudad de San Sebastián, con una puntuación de 9,40. Son reconocimientos importantes para una película que demuestra que se puede hacer un cine español ambicioso, arriesgado y profundamente conectado con nuestra memoria.
Creo que llegarán más premios y galardones. Pero, aun siendo importantes, no serán lo fundamental. El mayor triunfo de será conseguir que miles de espectadores, especialmente los más jóvenes, vuelvan a preguntarse quién fue Federico García Lorca, busquen sus poemas, lean sus obras teatrales y comprendan por qué, nueve décadas después de su asesinato, continuamos hablando de él.
Y también que comprendan algo todavía más importante: los derechos y las libertades nunca deberían considerarse definitivamente conquistados. La historia demuestra con demasiada frecuencia que pueden retroceder cuando el miedo, la intolerancia y el odio vuelven a instalarse en una sociedad. Por eso resulta especialmente pertinente una película que reivindica el derecho a amar, a crear y a vivir sin esconderse.
Federico García Lorca fue asesinado. Esa es una verdad histórica imposible de modificar. Pero sus asesinos fracasaron en aquello que seguramente pretendían conseguir: hacerlo desaparecer.
No pudieron.
Cada vez que alguien representa La casa de Bernarda Alba, recita el Romancero gitano, descubre los Sonetos del amor oscuro o entra en una sala de cine para ver La bola negra, Federico vuelve a vivir.
Y mientras siga ocurriendo, Federico García Lorca será inmortal.
J. Nicolás Ferrando es fundador y director de Artelibro, una editorial que ha publicado un total de 85 libros y cuyo lema es la recuperación de lugares y personajes singulares. En su catálogo destaca la colección «21 distritos, 21 libros» en la que se puede encontrar un libro por cada uno de los distritos de Madrid. Colabora habitualmente en medios como La Mar de Onuba, El Mundo Financiero o ElConstitucional.es.

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