‘Los dinosaurios’, por Nico Ferrando

por Nico Ferrando

 

Martes, 24 de marzo de 2026. El 24 de marzo de 1976, hace ahora cincuenta años, Argentina sufrió uno de los mayores quiebres de su historia contemporánea: el golpe de Estado que interrumpió el orden constitucional e inauguró una dictadura cívico-militar marcada por el terrorismo de Estado. Aquella madrugada no solo fue el fin de un gobierno, sino el comienzo de un sistema basado en la represión, la censura y la desaparición forzada de personas. Miles de argentinos fueron secuestrados, torturados y asesinados en un entramado clandestino de violencia que aún hoy proyecta su sombra sobre el país.

Aquel régimen, que se prolongó hasta 1983, no fue un fenómeno aislado. Formó parte de un engranaje geopolítico más amplio, el llamado Plan Cóndor, mediante el cual diversas dictaduras latinoamericanas coordinaron la represión con el respaldo de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría. Este aspecto, a menudo olvidado en el relato cotidiano, resulta clave para entender no solo la dimensión política de la tragedia, sino también su impacto económico. Fue durante esos años cuando Argentina inició un proceso de endeudamiento externo que condicionaría su desarrollo durante décadas.

Pero si algo define aquel tiempo no es solo la violencia institucional, sino el clima cotidiano de miedo. La dictadura no solo perseguía militantes o activistas: extendía su sombra sobre la vida diaria, sobre los vínculos personales, sobre la cultura. Se podía desaparecer por pensar distinto, por escribir, por cantar, o simplemente por estar en el lugar equivocado. La arbitrariedad era norma, y la incertidumbre, una forma de vida.

En ese contexto, la música se convirtió en un refugio y, al mismo tiempo, en una forma de resistencia. El rock argentino, particularmente, fue objeto de censura y persecución. Ser joven, llevar el pelo largo o cantar letras incómodas podía bastar para ser considerado sospechoso. Sin embargo, algunos artistas lograron decir lo indecible mediante metáforas, insinuaciones y una inteligencia poética que burlaba la vigilancia del régimen.

Entre ellos destacó Charly García, cuya obra durante aquellos años constituye uno de los testimonios más lúcidos de la época. El 26 de diciembre de 1982, aún bajo la dictadura, presentó en vivo una canción que con el tiempo se convertiría en un himno: Los dinosaurios. Incluida posteriormente en su álbum Clics modernos (1983), la pieza es una denuncia directa —aunque velada— de las desapariciones forzadas.

La primera estrofa es tan sencilla como devastadora:

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Los cantores de radio pueden desaparecer

Los que están en los diarios pueden desaparecer

La persona que amas puede desaparecer

No hay artificio retórico que suavice el golpe. La repetición del verbo “desaparecer” convierte la canción en una letanía del horror cotidiano. No se trata de cifras ni de discursos políticos, sino de rostros concretos: amigos, voces conocidas, seres queridos. La violencia se vuelve íntima, doméstica.

Y después, la confesión, casi susurrada:

No estoy tranquilo, mi amor

Hoy es sábado a la noche

Un amigo está en cana

Oh, mi amor, desaparece el mundo

Aquí la historia deja de ser colectiva para hacerse personal. El miedo entra en casa, se sienta a la mesa, se instala en la noche del sábado. La normalidad se rompe. La vida cotidiana queda atravesada por una amenaza invisible pero omnipresente.

La grandeza de Los dinosaurios reside en su capacidad para condensar una época en apenas unos versos. La metáfora final —“los dinosaurios van a desaparecer”— alude a los propios responsables del régimen, proyectando una esperanza: la de que ese poder, aparentemente indestructible, terminaría por extinguirse. Y así ocurrió, al menos formalmente, con la recuperación de la democracia en 1983.

Argentina fue, de hecho, uno de los pocos países del mundo que juzgó a los responsables de la dictadura en los años posteriores. El Juicio a las Juntas marcó un hito internacional en la defensa de los derechos humanos. Durante décadas, el país construyó una política de memoria que buscaba evitar el olvido y garantizar que aquello no volviera a suceder.

Sin embargo, medio siglo después del golpe, la sensación es inquietante. Lejos de consolidarse una memoria colectiva sólida, parecen resurgir discursos que relativizan o niegan la magnitud de lo ocurrido. La historia, que debería ser una advertencia, corre el riesgo de convertirse en un campo de disputa ideológica.

Resulta difícil no establecer paralelismos con el presente. La elección de Javier Milei, con posiciones que han sido calificadas como negacionistas respecto a la dictadura, refleja un cambio profundo en la sociedad argentina. No se trata solo de una alternancia política, sino de una transformación en la forma de interpretar el pasado. La memoria, que durante años fue un consenso, comienza a erosionarse.

Quizá parte de la explicación se encuentre en el desencanto económico. Argentina lleva décadas atrapada en ciclos de crisis, inflación y endeudamiento. En ese contexto, no resulta extraño que amplios sectores de la población prioricen soluciones inmediatas, aunque estas impliquen revisar o incluso cuestionar consensos históricos.

El libro Fascismo Cosplay, de Luis Ignacio García, apunta precisamente en esa dirección: describe a Argentina como un laboratorio donde se ensayan políticas regresivas bajo la promesa de una prosperidad que nunca termina de materializarse. La sociedad, en este proceso, parece haber resignado parte de su memoria a cambio de expectativas económicas que se desvanecen una y otra vez.

Es aquí donde la metáfora de Charly García adquiere una nueva dimensión. Los “dinosaurios” no son solo los militares de los años setenta. Son también las formas de pensar, los discursos y las estructuras que creíamos superadas, pero que reaparecen bajo nuevas máscaras. No regresan de la misma manera, pero conservan una esencia reconocible.

La historia no se repite de forma idéntica, pero sí rima. Y cuando lo hace, suele encontrar a las sociedades desprevenidas, confiadas en que ciertos límites ya no pueden volver a cruzarse.

Por eso, al escuchar hoy Los dinosaurios, la canción no pertenece únicamente al pasado. Es también una advertencia para el presente. Nos recuerda que la democracia no es un estado permanente, sino una construcción frágil que requiere vigilancia, memoria y compromiso.

Me gustaría poder afirmar que hemos aprendido de la historia. Que aquellos años oscuros quedaron definitivamente atrás. Pero la realidad invita a la cautela. Porque, de algún modo, parece que nos preparamos para repetirla —aunque sea bajo otras formas, con otros nombres, con otros protagonistas.

Quizá Charly García no imaginó que aquellos dinosaurios podrían volver en el siglo XXI. O tal vez sí. Tal vez por eso escribió esa canción: no solo para contar lo que estaba pasando, sino para advertir de lo que podría volver a pasar.

Y es que, al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿han desaparecido realmente los dinosaurios, o simplemente han aprendido a disfrazarse?

J. Nicolás Ferrando es fundador y director de Artelibro, una editorial que ha publicado un total de 85 libros y cuyo lema es la recuperación de lugares y personajes singulares. En su catálogo destaca la colección «21 distritos, 21 libros» en la que se puede encontrar un libro por cada uno de los distritos de Madrid. Colabora habitualmente con medios como La Mar de Onuba, El Mundo Financiero o ElConstitucional.es.

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