
Domingo, 15 de marzo de 2026. Cuando creí ya estar completamente recuperado de la particular y bochornosa verborrea de Javier Milei tras mi reciente viaje a Argentina, vuelvo a encontrarme con ella amplificada y, si cabe, más estridente. Aquella experiencia me dejó una sensación difícil de describir: una mezcla de sorpresa, incredulidad y cierta fatiga ante un estilo político que parece alimentarse precisamente de eso, del exceso. Un exceso de palabras, de gestos, de provocaciones y de declaraciones que buscan el impacto inmediato más que la reflexión serena.
La verborrea de Milei, que ya de por sí resulta llamativa, se amplifica sin duda cuando se escucha a sus escuderos más fieles. Entre ellos destacan su omnipresente hermana, convertida en figura clave de su entorno político, y algunos aliados que parecen competir por ver quién eleva más el tono. Un caso evidente es el de Patricia Bullrich, quien se empeña en rivalizar en dureza con el propio mandatario argentino. En ese intento por mostrarse aún más firme, su discurso acaba dinamitando, quizá sin pretenderlo, las opciones de una derecha tradicional que parece cada vez más arrinconada en muchas democracias occidentales.
Este fenómeno no es exclusivo de Argentina. En buena parte del mundo asistimos a una transformación profunda de los espacios políticos conservadores. Allí donde antes predominaban discursos moderados o institucionales, hoy se abre paso una retórica más agresiva y simplificadora que encuentra terreno fértil en tiempos de incertidumbre social y económica. En ese contexto, Milei se presenta como una figura disruptiva, capaz de captar la atención mediática y de movilizar a sectores desencantados con la política convencional.
Pero la atención constante tiene un precio. Y ese precio es, en muchas ocasiones, la degradación del debate público. Cuando el tono político se convierte en espectáculo permanente, el espacio para la discusión razonada se reduce. Las ideas se simplifican hasta convertirse en consignas, los adversarios se transforman en enemigos y la política pierde parte de su vocación de servicio público para convertirse en una especie de escenario donde lo importante es quién grita más fuerte.
La reciente visita de Milei a Madrid ha vuelto a demostrar hasta qué punto su estilo político depende de ese mecanismo de provocación constante. Su encuentro con Santiago Abascal y sus declaraciones sin matices en defensa de Donald Trump se inscriben en esa lógica de alineamientos internacionales que buscan reforzar una narrativa común entre líderes que comparten una misma forma de entender la política: confrontativa, emocional y profundamente polarizadora.
En ese escenario, Milei parece sentirse cómodo. Su comportamiento, más cercano al de una celebridad que al de un dirigente institucional, busca el aplauso fácil y el impacto inmediato. Se presenta a sí mismo como una especie de estrella de rock política, rodeado de seguidores entusiastas que celebran cada una de sus intervenciones como si se tratara de un concierto. Sin embargo, detrás de esa puesta en escena hay también una preocupante banalización del lenguaje político.
Cuando un líder se dirige a su público con arengas cargadas de furia verbal, el discurso pierde matices y se convierte en un instrumento de agitación. La historia europea, que ha conocido episodios trágicos derivados de la radicalización política, debería servir como advertencia. Los discursos incendiarios, incluso cuando nacen en contextos democráticos, pueden alimentar dinámicas que erosionan la convivencia y debilitan las instituciones.
Conviene recordar que algunos de los movimientos políticos más destructivos del siglo XX llegaron al poder por vías democráticas. Los nazis llegaron así. Esa realidad histórica debería invitarnos a reflexionar con serenidad sobre la importancia de preservar una cultura política basada en el respeto, la pluralidad y la responsabilidad institucional. No se trata de comparar contextos ni de equiparar situaciones, sino de recordar que el lenguaje político nunca es inocente.
En el caso de Milei, el problema no es únicamente su ideología o su programa económico, que pueden ser legítimamente discutidos dentro del pluralismo democrático. El problema es el tono. Ese tono agresivo y permanente que convierte cada intervención en una batalla y cada discrepancia en una afrenta personal. Cuando el liderazgo se construye sobre la provocación constante, el riesgo es que la política termine transformándose en un terreno de confrontación sin límites.
Por eso, tras mi experiencia reciente escuchando de cerca esa retórica desbordada, confieso sentir cierta saturación. La política necesita pasión, sin duda, pero también necesita mesura. Necesita dirigentes capaces de inspirar confianza, no solo entusiasmo momentáneo. Necesita palabras que construyan, no únicamente palabras que dividan.
Dentro de poco volveré a Argentina. Es un país fascinante, lleno de talento, de creatividad y de una energía social extraordinaria. Pero, si algo desearía antes de regresar, es poder olvidarme por un tiempo del ruido ensordecedor que rodea a su actual presidente. Después de haber escuchado tanto discurso inflamado hoy en Madrid, confieso que siento haber tenido ya demasiada ración de Milei.
J. Nicolás Ferrando es fundador y director de Artelibro, una editorial que ha publicado un total de 85 libros y cuyo lema es la recuperación de lugares y personajes singulares. En su catálogo destaca la colección «21 distritos, 21 libros» en la que se puede encontrar un libro por cada uno de los distritos de Madrid. Colabora habitualmente con medios como La Mar de Onuba, El Mundo Financiero o El Constitucional.
@jnicoferrando

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