
Lunes, 6 de febrero de 2026. Una de las sorpresas más gratas de este viaje que estoy realizando a Argentina fue visitar la Casa Museo de Manuel de Falla, situada en la localidad de Alta Gracia. Allí, en un rincón sereno de la provincia de Córdoba, el genial compositor pasó sus últimos cuatro años en un exilio voluntario, profundamente consternado por los desmanes de la Guerra Civil española y por el inicio de la sangrienta Segunda Guerra Mundial. No fue una huida precipitada ni un gesto político explícito, sino una retirada interior: la búsqueda de un espacio de recogimiento donde preservar la dignidad personal y la coherencia ética frente al estruendo de la violencia.
El chalet conocido como Los Espinillos traslada de manera indefectible a aquel tiempo convulso que el gran músico decidió vivir en paz. El visitante recorre estancias austeras, casi monacales, donde se conservan sus muebles, algunas de sus pertenencias y hasta su máscara mortuoria, fiel reflejo de un rostro cansado por el tiempo que le tocó vivir.
Falla eligió este enclave porque estaba aquejado desde hacía muchos años de tuberculosis. La vivienda está preparada para ello, ya que se encuentra rodeada de naturaleza y recibe abundante luz solar en varias de sus estancias. Los baños de sol eran uno de los pocos remedios con los que se contaba entonces para combatir esta enfermedad mortal.
Antes de llegar a Argentina, Falla había atravesado décadas decisivas para la música española. Nacido en Cádiz en 1876, su trayectoria se forjó entre la tradición popular andaluza y una modernidad que encontró en París su laboratorio privilegiado. Allí vivió su época más brillante, compartiendo afinidades y debates con figuras esenciales de la música europea: Isaac Albéniz, Claude Debussy, Maurice Ravel, Igor Stravinsky y Joaquín Rodrigo. Aquellos años parisinos consolidaron un lenguaje propio, depurado y esencial, donde el folclore se elevaba a categoría universal sin perder su raíz.
En ese ambiente de efervescencia artística, Falla colaboró con Serguéi Diáguilev y sus célebres Ballets Rusos, experiencia decisiva para obras como El sombrero de tres picos. La música de Falla, lejos del costumbrismo superficial, proponía una España interior, rítmica y simbólica, capaz de dialogar con las vanguardias europeas sin complejos. Esa altura estética explica, en parte, el golpe moral que supuso para él la deriva violenta de su país natal.
Sin embargo, el periodo creativo que más me llama la atención —y que he tratado tangencialmente en uno de mis libros— es el de su colaboración con María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, de donde nació El amor brujo, su obra cumbre. En sus memorias, Lejárraga retrata con precisión cómo convivió con el insigne músico y cómo se rompió su relación profesional, en gran medida por el excesivo religiosismo de Manuel de Falla. Esta faceta se ve reflejada en la abundancia de imágenes religiosas que conservaba y en un libro de oraciones que hoy se expone en el museo.
La Guerra Civil española fue una herida que nunca llegó a cerrar. Uno de los acontecimientos que más lo marcó fue el asesinato de su amigo Federico García Lorca. Pese a la diferencia de edad, ambos habían colaborado y compartido una sensibilidad común hacia lo popular entendido como fuente de modernidad. Las fotografías que cuelgan en una de las salas del museo retratan esa amistad prolongada en el tiempo, abruptamente truncada por la barbarie. Lorca simbolizaba para Falla no solo la pérdida de un amigo, sino el asesinato de una España creativa, plural y luminosa.
Tras la guerra, el compositor se encontró ante una encrucijada. Permanecer en España suponía aceptar honores oficiales que chocaban con su conciencia; marcharse implicaba el desarraigo. Optó por un exilio interior y exterior a la vez. En 1939, invitado por instituciones argentinas, viajó a Buenos Aires y poco después se instaló en Alta Gracia. Allí encontró un clima propicio para la introspección, lejos de los focos y del ruido político, pero nunca ajeno al dolor por lo perdido.
Franco le bloqueó el cobro de los derechos de autor para obligarle a regresar, pero Falla prefirió pasar estrecheces. Estas fueron mitigadas por el gran mecenas cultural catalán Francesc Cambó, quien pagó la mayor parte del alquiler de Los Espinillos sin que el músico llegara a saberlo. Falla firmó un contrato por un precio muy reducido, mientras Cambó mantenía un acuerdo paralelo con el propietario. Una forma de ayudarlo sin menoscabar su dignidad.
En Los Espinillos, Falla llevó una vida retirada, marcada por la espiritualidad y el trabajo lento. Continuó revisando proyectos, especialmente su ambiciosa cantata escénica Atlántida. La obra, concebida como síntesis de su pensamiento musical y moral, quedó inconclusa a su muerte y sería completada posteriormente por sus discípulos. Ese inacabamiento dialoga simbólicamente con el propio exilio: una obra suspendida, como la España que Falla soñó y que nunca llegó a ver reconciliada.
El museo conserva partituras, cartas y objetos cotidianos que revelan la dimensión humana del compositor. No hay ostentación, sino silencio. Una cama sencilla, un piano discreto, un baúl negro, una cocina modesta y un baño austero: todo habla de una ética de la contención. Falla rechazó privilegios, declinó regresar a España incluso cuando se le ofrecieron condiciones favorables y mantuvo hasta el final una coherencia personal que hoy resulta casi heroica.
Caminar por las habitaciones de Los Espinillos es recorrer también la historia de un siglo herido. El exilio de Falla no fue el del militante ni el del propagandista, sino el del artista que no puede crear en medio del odio. Argentina le ofreció hospitalidad y respeto; él respondió con gratitud y con una lealtad silenciosa a sus principios. Murió en 1946, lejos de su tierra, pero no lejos de su música, que siguió resonando como un puente entre culturas y generaciones.
Visitar la Casa Museo de Manuel de Falla en Alta Gracia es, en definitiva, una experiencia que trasciende la mera admiración artística. Es una lección de dignidad, de resistencia moral y de fe en la cultura como refugio último frente a la barbarie. En tiempos de ruido y polarización, la figura de Falla —austera, firme, esencial— nos recuerda que el verdadero exilio no siempre consiste en cruzar fronteras, sino en mantenerse fiel a uno mismo.
J. Nicolás Ferrando es fundador y director de Artelibro, una editorial que ha publicado un total de 85 libros y cuyo lema es la recuperación de lugares y personajes singulares. En su catálogo destaca la colección «21 distritos, 21 libros» en la que se puede encontrar un libro por cada uno de los distritos de Madrid. Colabora habitualmente con medios como La Mar de Onuba, El Mundo Financiero o El Constitucional.


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