La izquierda se hizo con el poder el 4D-77 en Andalucía

por Pepe Fernández

 

Sábado, 4 de diciembre de 2021. ¿Por qué los partidos políticos fueron capaces de sacar a más de un millón de andaluces a las calles el 4 de diciembre de 1977? Para intentar responder a esta pregunta es necesario contextualizar lo que sucedía en el arranque de la transición española y recordar qué fuerzas políticas la impulsaron , cómo, por qué y  para qué.

Adolfo Suárez al frente de la UCD presidía el gobierno. Una de sus primeras decisiones más audaces fue el restablecimiento de la Generalitat de Catalunya. Hombres cercanos al presidente como Carlos Sentís, Luis Ortiz o Pepe Meliá, entre otros, desde finales del 76,  estaban viajando a San-Martín-Le-Beau, en el centro de Francia (departamento Indre y Loira), de parte de Suárez para negociar en la residencia de Josep Tarradellas el regreso del presidente de la Generalitat  tras un duro exilio de décadas.

Fue un proceso largo, no exento de tensiones y  Tarradellas no estaba solo, aunque siempre se situó por encima de la lucha partidista. Los «catalanes del interior» estaban con él, pero el veterano dirigente de ERC, que se seguía considerando un hombre de izquierdas pero sin partido, nunca cedió por cumplir solo con su viejo sueño de volver a la Plaça de Sant Jaume, ocupada entonces por Juan Antonio Samarach como presidente de la Diputación de Barcelona; el mismo Samaranch que se adelantó meses antes y rotuló el Palau con su nombre histórico de «Generalitat de Catalunya», el mismo rótulo que figura actualmente sobre el portalón.

Tarradellas nos contó a un reducido grupo de periodistas del semanario Presencia, que viajamos a entrevistarle «en exclusiva» en Francia  en la que fue su primera gran entrevista pública -primera semana de marzo del 77-   que le importaba más el contenido de las competencias a ejercer que la parafernalia y el boato que suponían restaurar la Generalitat y su consiguiente vuelta del exilio.

El President tenia muy clara una cosa, según confesó aquel día : «Cuando yo pido el restablecimiento de la Generalitat, que quiere decir mi vuelta a Cataluña, y quiere decir la instalación de un gobierno, no pongo condiciones que sé que no podrían ser aceptadas«, una filosofía que de haberse aplicado en la actualidad seguramente no nos hubiese llevado a donde estamos. Pero, desde luego, lo que no quería Tarradellas era un gobierno sin competencias, con meros figurantes y citaba lo sucedido cuando Prat de la Riba como ejemplo no deseable. Mientras en Francia se diseñaba el futuro de Cataluña (también el de España), los catalanes del interior, impulsaron un primer 11 de septiembre  – Diada de Catalunya de 1977– de gran impacto popular en las calles de Barcelona. A esas alturas  todo estaba acordado y casi cerrado entre Madrid  y San Martín para que el 23 de octubre Tarradellas proclamase desde el balcón del Palau aquella famosa frase de «Catalans, ja soc aquí».

‘Diadas’ en Barcelona y Valencia

El 9 de octubre de ese año, los valencianos, también celebraron su fiesta de la comunidad. Los gallegos igualmente aspiraban junto a los vascos y catalanes a lograr su autonomía. El hecho diferenciador de tres idiomas propios les daba entonces una especie de plus que casi nadie discutía, incluso se veía lógico respetar esa singularidad. En los medios de comunicación de la época, además de los crímenes diarios de ETA, no se hablaba de otra cosa que del tiempo de las autonomías que llamaban a la puerta de la nueva España . Mientras, en Andalucía, fundamentalmente las organizaciones mayoritarias de la izquierda, se estaban dando cuenta de la llegada de un tren, a gran velocidad, que la comunidad más extensa de España  no debía perder y quedarse una vez más en el andén de la estación, a seguir esperando la salida de «el catalán», nombre popular del tren que llevó a Barcelona a decena de miles de andaluces desde Sevilla, condenados a la emigración forzosa y a convertirse en  «charnegos» de los que escribió Paco Candel.

Pepe Rodríguez de la Borbolla

Fue en este escenario crucial cuando un político socialista, con sonoro apellido familiar en el callejero sevillano, a la sazón secretario de Organización del PSOE en Sevilla, José Rodríguez de la Borbolla y Camoyán,  después de mucho sopesarlo, creyó que sería una buena idea celebrar una gran manifestación para decir alto y claro «Gobierno, escucha, la autonomía es nuestra lucha»; de misma forma que ya hacían las denominadas comunidades históricasPepote en esos meses hablaba mucho con su amigo Josep María Triginer, líder del PSOE en Catalunya, antes de desaparecer la federación socialista en su convergencia con el PSC de Raventós y Obiols. Había pues suficiente información en Sevilla como para saber por donde iba el aire de la renovación del Estado. El PSOE a nivel federal – aún no existía la federación andaluza– hacía tiempo que estaba en la cuestión autonómica y constitucional, dirigida fundamenten por Alfonso Guerra, pese a su fama de poco autonomista. De hecho, Rafael Escuredo no solo se puso en huelga de hambre antes del 28F contra la UCD que se negaba a dar una fecha para el referéndum legal, también contra la línea de su partido que entonces no consideraba viable la aventura andaluza del 151, en virtud de un pacto no escrito con la UCD. El eco nacional e internacional de la huelga del presidente preautónomico, en un sofá de skay verde en el Pabellón Real y los sondeos de consumo interno, hicieron cambiar al PSOE, encabezar la operación andaluza y romper unilateralmente el pacto de Estado  alcanzado por Guerra con Fernando Abril Martorell y la UCD.

Convocar con éxito una gran demostración popular en las calles, evidentemente, debía contar con el apoyo de las otras fuerzas políticas y sindicales de la izquierda, la mayoría no parlamentarias, que en aquel momento tenían un gran poder de convocatoria y capacidad de agitación social con una militancia curtida y activa en la lucha contra la dictadura y particularmente contra la explotación jornalera de los señoritos cortijeros que vivían y pagaban sus impuestos en Madrid.

La izquierda unida, jamás será vencida

Una de las pocas imágenes halladas de José Benitez Rufo

Lo primero que Borbolla hizo fue establecer una serie de discretas reuniones, con un calendario táctico y estratégico de menor a mayor. Se trataba de convencer primero a los grupos más pequeños para que, al final, el más fuerte no tuviese más remedio que sumarse sin demasiadas condiciones. En aquel momento, ese partido, era el PCE de Santiago Carrillo. presidido por uno de los hermanos Benítez Rufo, José.

En la calle Imagen de Sevilla, donde estaba la sede de otros comunistas, los del PTE, se reunió con el entonces Secretario General Antonio Zoido Naranjo. No fue difícil ponerse de acuerdo, el PTE que lideraba Eladio García Castro llevaba tiempo impulsando en los ayuntamientos  el uso de la bandera andaluza.  También se puso de acuerdo con Juan Ceada, que años después sería alcalde socialista de Huelva y que en aquellos momentos lideraba la ORT en Andalucia, obteniendo el apoyo de los muy ruidosos revolucionarios.  Habló con el PSP de Tierno Galvan, con su representante entonces, Angel Ojeda Avilés, consejero de Hacienda posteriormente, hoy empresario encartado en los cursos de formación. Otro tanto hizo con el PSA, a través de Luis Uruñuela  y Juan Carlos Aguilar para, finalmente, sentarse con el PCEel partido por excelencia, el que gozaba de una capacidad de organización muy importante y una historia contrastada de lucha clandestina contra la dictadura, por cierto, especialmente represora y dura en Andalucía.

La reunión de Pepote Borbolla con el entonces presidente del PCE en Andalucia, José Benitez Rufo (Ramiro en la clandestinidad), supuso el cierre de  la ronda que lograba agrupar a toda la izquierda en favor de la lucha autonomica. Mirada aquella operación con la perspectiva de cuarenta años hay que concluir que aquel fue un paso muy importante para el futuro. Aquella alianza de unidad en favor de la autonomía se mantendría más o menos estable hasta el 28F. Despues cada mochuelo se fue a su olivo a pelear por los escaños. La unidad de acción entorno a la autonomía, fue una de las claves del éxito, sin duda.

Incorporar posteriormente a otras fuerzas políticas, especialmente a la gubernamental UCD, no resultó difícil porque bajo ningún concepto Suárez y sus barones querían dejar la bandera de la autonomía andaluza en manos de la izquierda o de Manolo Clavero, ya tenían bastante con los nacionalistas  catalanes y vascos que dominaban electoralmente sus territorios. Además, gran parte del generalato golpista no lo hubiese permitido. En la cafetería de oficiales de la Capitanía General de Sevilla, generales y coroneles de la época, hacían chanzas y bromeaban sobre los de «la bandera del Betis».

No debemos obviar que no solo se estaba fraguando la manifestación de Sevilla, la más importante junto a la de Málaga, también para el resto de las seis capitales andaluzas. Al final, todas las fuerzas firmantes del Pacto de Antequera entraron en  la operación en el marco de la  «platajunta», que se reunía habitualmente en el despacho laboralista que fue de Felipe González en la calle Capitan Vigueras de Sevilla. Formalmente todo se bendijo desde la Asamblea de Parlamentarios Andaluces nacida tras el 15J constituyente. La verdad es que la iniciativa acabó asumida por la sociedad civil en general, ideologías al margen, donde cada manifestante exigió ese día en la calle a su forma y manera lo que le salió del alma.


Una cabecera copada por la izquierda

Esta es la cabecera «política» de la manifestación del 4D en Sevilla, copada por los dirigentes más destacados de la política andaluza y española de la transición. Como se puede observar la presencia de la izquierda fue infinitamente superior a la del centro derecha. Quince de izquierdas y cuatro de centro se contabilizan en estas fotos. En las imágenes aparecen Juan Ceada (ORT), Carmen Llopart (UCD), José Manuel Tassara (UCD), Soledad Becerril (UCD), Fernando Soto (PCE)
José de la Peña Cámara (PSOE), Francisco García Borbolla (PSOE), Alfonso Guerra (PSOE), Jaime García Añoveros (UCD), Luis Yáñez (PSOE), Manuel Benítez Rufo (PCE), Alfonso Lazo (PSOE), Rafael Escuredo (PSOE), Plácido Fernández Viagas (PSOE), Ana María Ruíz Tagle (PSOE), Enrique Martínez Lagares (UGT), Eladio García Castro (PTE), Miguel Angel Pino (PSOE), Curro Rodriguez (PSOE). (Se admiten nombres de otras personas no identificadas para completar)

Lemas para una manifestación

Para poder organizar tan importante y complicada manifestación, ocho en toda la región, los partidos de izquierda, que eran los mejor organizados, controlaron la uniformidad institucional de los actos hasta el más mínimo detalle y para ello se crearon unas comisiones llamadas técnicas pero que en realidad eran eminentemente políticas, recuerda quien era la voz cantante del PSOE en la comisión de Sevilla, Curro Rodriguez. hoy presidente del consejo de la RTVA.

La denominada “comisión técnica” creada para la organización en Sevilla, fue la que determinó hasta el más pequeño detalle sobre cómo debería funcionar todo. Con un espectacular servicio de orden puesto por los partidos, fundamentalmente de la izquierda; hasta las consignas que había que corear en la marcha o escribir en las pancartas estuvieron determinadas y fijadas de antemano por la comisión.

Lemas y consignas aprobados por la Organización de la manifestación del 4D: “Autonomía, ahora”, “Autonomía para Andalucía”, “Gobierno, escucha, la autonomía es nuestra lucha”, “Evasores no”, “Inversión en la región” y “Andalucía, levanta, tu eres la esperanza”.

Por ese sentido de unidad y de fiesta hubo algunas aportaciones económicas privadas para sufragar los gastos generados. Un ejemplo: en Córdoba se barajó un presupuesto cercano a los tres millones de pesetas para costear banderolas, un millón de octavillas y 500 metros de bandera andaluza. El Banco de Granada donó 25.000 ptas. en la ciudad que le daba su nombre comercial. La banca estuvo de perfil y como siempre escasamente generosa.

La Iglesia echó las campanas al vuelo

Monseñor José María Cirarda

La Iglesia católica también se sumó a la convocatoria y el cardenal Arzobispo de Sevilla, José Mª Bueno Monreal, autorizó al Cabildo que las 25 campanas de la Giralda repicaran tres veces, como en las grandes solemnidades, durante la celebración de la manifestación en Sevilla.

El vasco José María Cirarda Lachiondo era el obispo de Córdoba. Lo había sido previamente en Santander donde tuvo como auxiliar al polémico obispo Setién, después obispo de San Sebastián donde llegó a prohibir funerales para los guardias asesinados por ETA. El prelado cordobés fue más allá el 4D andaluz y en una declaración pública anunciaba que se unía “de corazón” a la jornada y recordaba a todos sus fieles la palabra de Juan XXIII sobre la convivencia de las minorías étnicas y los pueblos dentro de un mismo Estado.  El Obispo, que era el único testigo español vivo del Concilio, pedía a sus sacerdotes que “eleven preces poniendo de intercesora a la Inmaculada, para que el Señor nos ayude a alcanzar para Andalucía el pleno desarrollo, no solo de su vida religiosa, sino también de la económica y social en la justicia y en la equidad dentro de la unidad de España”.

Precisamente el día cinco de diciembre, un día después del estallido autonomista andaluz del 4D, se daba a conocer públicamente la composición del primer gobierno provisional de la Generalitat presidida por Josep Tarradellas i Joan.

Un clima similar a la Cataluña de hoy

Para que se hagan una idea las generaciones que no vivieron aquellos años, el ambiente en Andalucía de esos días podría semejarse mucho, salvando medios, distancias o rencores acumulados, al que se vive actualmente en Cataluña;  aquí sin odios ni deseos secesionistas porque no se iba contra nadie en concreto. Solo se pedía autonomía para Andalucía, la misma exactamente que en esos mismos días le empezaban a dar a Cataluña desde Madrid.

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Nadie protestó sobre las banderas al viento el 4D. Todas eran andaluzas. Normal, era el primer Día de Andalucía

Precisamente el día cinco de diciembre, un día después del estallido autonomista andaluz del 4D, se daba a conocer públicamente la composición del primer gobierno provisional de la Generalitat presidido por Josep Tarradellas i Joan. Entre sus consejeros “sin cartera” figuraban Jordi Pujol (CDC), Joan Raventós (PSC), Antoni Gutiérrez (PSUC), Carlos Sentís (UCD) y José Mª Triginer (PSOE), cabezas de fila todos ellos de los grandes partidos. En las carteras  con contenido del ejecutivo pusieron consellers, técnicos o especialistas de todas las fuerzas políticas. Fue un govern de concentración.

El mismo domingo día 4, en Galicia, se manifestaron unas 300.000 personas pidiendo también su autonomía. Algo que nos ponía de entrada a los andaluces en la parrilla de salida de la carrera de las llamadas comunidades históricas, carrera autonómica truncada en Galicia y Andalucía cuarenta años atrás por el estallido del 18 de julio del 36. Aquella explosión popular del 77 fue el primer paso de Andalucía para optar, confiada, por la vía más compleja y difícil que legalmente otorgaba la Constitución para lograr una rápida autonomía a través del articulo 151. El 4D brotó una semilla, sembrada tras la muerte del dictador, de un gran árbol que dio sus primeros frutos el 28F, tras dos años de irresistible crecimiento y fortalecimiento.

Con la Constitución, pero… ¿y Almería?

Andalucía hizo su arriesgado proceso autonómico siempre dentro del marco de la Constitución. Su espíritu – que no su texto- fue ligeramente «magreado o magullado» por el resultado adverso de Almería. Aquella solución, vendida entonces por Clavero que ya era ex ministro  y Rafael Escuredo como presidente preautonómico a Felipe González en un almuerzo privado, supuso modificar la ley que taponaba la solución de Almería y Andalucía en su conjunto. Algo que no significó ningún trauma porque, verdaderamente, los andaluces en general se lo habían ganado a pulso, se habían pronunciado masivamente por el SI en toda la región, y todo ello sin salirse de los cauces constitucionales. Y, además, pudo constatarse que casi todos los censos electorales, especialmente los de Huelva, Jaén y Almería, no estaban actualizados y en los mismos aparecían miles de personas ya fallecidas. González les compró la solución legislativa y el PSOE se puso de acuerdo con lo que iba quedando de la UCD para sacarlo adelante, aunque al final formara parte del teatrillo para la puesta en escena del desbloqueo último el papel del PSA de Rojas Marcos en la famosa escena del sofá con Martín Villa y que tanto le criticaron los socialistas.

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Rojas Marcos, Uruñuela y Arredonda, la troika andalucista que un año después del 4D del 77 obtuvo cinco escaños en el Congreso. Ellos capitalizaron la figura y la herencia política de Blas Infante

Pero volvamos a lo que sucedía dos años, dos meses y veinticuatro días antes del 28F.

Partiendo del núcleo de donde oficialmente nació la puesta en marcha del 4D, la Asamblea de Parlamentarios Andaluces, sería injusto no insistir en reconocer la importancia y el peso específico que los muchos partidos políticos, en general y fuerzas sindicales a ellos vinculadas, tuvieron en esa primera gran movilización de los andaluces en las calles. Incluida por supuesto la UCD que, en esos momentos, medio controlaba el aparato residual del franquismo administrativo que permanecía intacto en casi toda España. Solo los de la “revolución pendiente”, José Antonio Girón de Velasco, Blas Piñar, y otros ilustres fascistas del generalato como los  tenientes generales Santiago Díaz de Mendívil y Carlos Iniesta Cano, que junto a la ultraderecha del sindicalismo vertical, se echaron al monte contra Adolfo Suárez y sus reformas, al que consideraban un perjuro y un traidor al testamento y obra política de Franco.  Por cierto, los mismos calificativos e insultos que empleaban a cara descubierta contra el Rey Juan Carlos desde las páginas de El Alcázar, órgano oficial de la confederación de ex combatientes y del semanario Fuerza Nueva controlado por el notario de extrema derecha Blas Píñar López.

No debe olvidarse que a esas alturas del calendario de la recién nacida transición política española, el ministro para las Regiones, el catedrático sevillano Manuel Clavero Arévalo, estaba preparando ya su cafetera autonómica para lo que luego se llamaría el “café para todos”. Una verdad a medias porque los primeros cafés no fueron en realidad para todos; fueron para Cataluña, Euskadi y para la inesperada Andalucía, la única que pelearía, voto a voto, por su autonomía del 151 sin beneficiarse de su historia como pueblo con personalidad propia. A las demás autonomías les tocaría la vía descafeinada o más lenta contemplada en el artículo 143 de la CE.

Seis meses antes del 4D, en las constituyentes del 15 de junio,  ganó el PSOE las elecciones en cinco provincias andaluzas. La UCD venció en tres, Almería, Granada y Huelva.   El PCE obtuvo cinco escaños, uno de ellos para el poeta de El Puerto, Rafael Albertí, que encabezó la lista comunista por Cádiz. Y el PSP obtuvo un diputado también por Cádiz. Al margen de los partidos con representación parlamentaria, había muchas más formaciones políticas en una sociedad muy atomizada con la que había que contar. Por ejemplo el Partido Socialista de Andalucía (PSA) cuyos fundadores supieron fabricar una atractiva marca con gran visión de futuro, todo ello rebuscando en la historia de las Juntas Liberalistas y adaptándolas al momento que se vivía. Fue cuando descubrieron a Blas Infante y su herencia política que de inmediato adoptaron como propia. Un hecho que, sin duda, marcaría muchas de las cosas que estaban por suceder el los años futuros.

El PSA, amenaza para el PSOE

Al margen de las ideologías al uso, como un amenazante partido escoba que barría tanto por la izquierda como por la derecha, una formación nueva que se presentaba como andalucista y nacionalista, iba ganando adeptos y simpatías por todos los rincones, capitalizando casi en exclusiva el ansia de los andaluces por tener su autonomía, sus símbolos y todos sus avíos, como los catalanes y vascos; colocarse de verdad en los primeros vagones del nuevo estado autonómico que estaba partiendo. Fue tal el impulso conseguido por la formación del PSA que casi un año después,  el  1 de marzo del 79, lograba la proeza de cero a cinco diputados en el Congreso con casi 326.000 votos. Algo que inquietó y mucho al PSOE que vio amenazada su expansión y consolidación como partido hegemónico en Andalucía, una circunstancia que marcaría decisivamente lo que acabaría sucediendo en el escenario político andaluz de la transición. El PSOE se comió, muy lentamente durante años, saboreándolos, a casi todos los cuadros de aquel andalucismo que tanto llegó a crecer en los 70/80.

Un repaso a la extensísima agenda de mítines, actos y conferencias de la época confirma la fuerte implantación y capacidad de movilización del partido que lideraban Alejandro Rojas Marcos, Luis Uruñuela y Miguel Ángel Arredonda. El PSA, que en su decadencia perdió la ‘S’ y se llamó PA, fue el partido de Pepe Aumete, José María y Diego de los Santos, Manuel Ruiz Lago y de tantos otros, apoyados entusiásticamente por intelectuales, escritores, periodistas, artistas y cantautores. Uno especialmente significativo fue Carlos Cano quien con coplas como “La murga de los currelantes” resumía cantando, a finales de los 70, las demandas autonomistas andaluzas del momento, con la emigración forzada al fondo.

El PSOE, que a esas alturas ya padecía internamente sus días y noches de cuchillos largos y tensiones internas, fue el primero en darse cuenta el 4D de la importancia social y política que el andalucismo iba adquiriendo en destacados núcleos urbanos y comarcas concretas, especialmente en las provincias de Cádiz y Sevilla.

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No todos los lideres políticos encabezaban la manifestación.  Borbolla estuvo junto a los niños que portaban la bandera de Blas Infante, zona izquierda de la imagen, de perfil

El 4D los gritos que en la Plaza Nueva interrumpieron el discurso unitario leído por Alfonso Guerra desde el balcón del ayuntamiento de Sevilla, fueron rápidamente identificados en su procedencia política al exigirle a gritos al número dos del PSOE que hablase en andalú. Incluso antes del mismo 4D ya se habían producido unas primeras andanadas del PSOE al PSA, precisamente en los preparativos de la manifestación del 4D en Sevilla, en el seno de aquel comité que definían como técnico.

Bandera de Blas Infante: si la trae el PSA, no se acepta

La primera bronca fue a cuenta de la bandera que fue de Blas Infante. La enseña  que le acompañó en todos sus actos y mítines en vida y que la familia del notario asesinado quiso entregar al PSA para que a su vez la pusiese a disposición de la organización y que abriese la manifestación de Sevilla portada por niños y niñas.

El PSOE llevaba muy mal eso de que los andalucistas hubiesen descubierto en los baúles de la casa de los Infante la bandera blanquiverde y el himno de Andalucía, armas que se consideraban poderosas y políticamente letales en manos de aquel despertar de los andaluces y que muchos traducían como un nacionalismo incipiente, de esos que crecen y crecen con gran rapidez entre el analfabetismo, la desesperación y la incultura de un pueblo como aquel del 77. De ahí que el PSOE se opusiera frontalmente a la operación de la bandera de Blas Infante en la manifestación, porque llegaba de la mano del PSA. Así de simple.

No obstante,  el PSA daba su importancia  a los símbolos del andalucismo histórico y antepuso al dolor de muelas que les supuso la posición del PSOE y algún otro partido contrarios a que Rojas Marcos fuese el depositario de la histórica y simbólica blanquiverde.

En un comunicado emitido por la familia Infante podía leerse: “ Escogimos la persona de Alejandro Rojas Marcos por ser miembro de la Secretaría General del PSA, partido de obediencia andaluza, y por haber sido el portavoz de este partido en el primer mitin político en que se utilizó la bandera de Andalucía” (…) “Sin embargo, el PSA nos ha rogado que utilicemos otra vía, ante la actitud de los restantes partidos de no permitir la presencia de la bandera de Blas Infante si esta llegaba a los niños a través del PSA”.

En consecuencia, la familia del ideólogo del andalucismo, “aunque no comprende esta actitud, pero aceptando la sugerencia del PSA, ha decidido que la bandera sea entregada directamente por nosotros mismos a los niños en el preciso momento de iniciarse la manifestación”. Y así sucedió.

Por cierto, la histórica bandera y la docena de niños que la portaban fueron protegidos durante gran parte del recorrido por los escoltas de Santiago Carrillo, que se ofrecieron para esa labor tras recibir la alerta de que la extrema derecha preparaba un boicot activo al final del recorrido de la manifestación.

Entre el himno de Infante y ‘Los Campanilleros’ de la Niña de la Puebla

Pero además de problemas con la bandera, también lo hubo con el himno. Como ya se indicó más arriba, en la denominada comisión técnica se perfilaba hasta el último detalle del desarrollo de la manifestación. Llegó el momento de determinar qué música debía sonar al final del acto, una vez Alfonso Guerra hubiese terminado su discurso en nombre de todos los convocantes, desde el balcón del Ayuntamiento de Sevilla.

Los andalucistas, como no, plantearon de inmediato que fuese el Himno de Andalucía el que cerrara el acto, a lo que algunos de los presentes preguntaron, no exentos de guasa, que qué era eso del himno de Andalucía.

La representación del PSA, a través de Manuel Fernández Floranes, explicó a todos que era el himno de Blas Infante, pero en aquellos momentos muchos creían que el tal Infante era “un invento partidista” de Alejandro Rojas Marcos y de sus colegas del PSA.

Fue el representante del PCE en la reunión, el abogado Antonio Falcón Romero, quien planteó una solución final de síntesis proponiendo que sonaran dos músicas en vez de una. Propuso que antes del himno se pusiese  “Los campanilleros”, que la Niña de la Puebla había popularizado magistralmente, una idea que  todos  aceptaron y consensuaron. Pero a la hora de la verdad solo sonó el himno de Blas Infante.

¿Qué había pasado? Pues algo tan sencillo como que  Fernández Floranes fue el que quedó encargado de las tareas de megafonía y, por lo que contó después,» falló» el equipo y no se pudo escuchar por razones “técnicas” aquella popular canción que arranca “en los campos de mi Andalucía…” .

Si sonó el “andaluces levantaos…” en la primera versión grabada meses antes en Sevilla, editada por el PSA y producida por Ignacio Martínez, con arreglos de Carlos Cano, Rafael Molina y Francisco Luis Miranda e interpretada por la Coral Polifónica Heliópolis de Sevilla. 

El autor de la letra fue el propio Blas Infante y la música del Maestro Castillo, inspirada en unos cantos de siega de Ecija. La gente no se enteró de la pirula de Fernández Florares, al contrario, se vio como lo más normal del mundo que se acabase con el himno (entonces) de Blas Infante, la primera vez que lo oían una inmensa mayoría de andaluces.

Pepe Fernández es editor y director de Confidencial Andaluz
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