Historia de una jodida piruleta

«Esta es la historia de una jodida piruleta que jodio mi vida, y la de mi hija, durante unos días; la historia de una prueba absurda que no prueba absolutamente nada; la historia de un test sancionador cuya eficacia y veracidad es nula; la historia de una Administración Pública que, siendo consciente de que es así, sigue usando, a través del benemérito cuerpo, este injusto sistema».
por Gustavo Tabasco Megal

Martes, 12 de diciembre de 2023. Ahora que llegan las Navidades y, con ellas, una nueva campaña de la Guardia Civil de control de alcohol y de estupefacientes al volante… ¿qué pensarías si, tres días después de haber tomado dos copas, la Guardia Civil te realiza un test de alcoholemia y, sin haber vuelto a beber con posterioridad, este test resulta positivo? Es más, ¿cómo actuarías si, tras años sin beber, eres sometido a ese mismo test y su resultado también es positivo? Pues bien, esto último es lo que me sucedió a mí en primera persona el día 21 de octubre, a las 13 horas, en Quintanar de la Orden. Sólo existe una diferencia, afortunadamente, y como no podía haber sido de otra manera, el resultado del test de alcoholemia fue negativo. Pero, ¡oh, sorpresa!, el posterior test de estupefacientes, que también me fue realizado, sí dio positivo, concretamente en THC. Nada anómalo si no tienes en cuenta que no había consumido NINGUNA sustancia que contuviese dicho principio activo del cannabis. Ni en ese momento, ni horas, ni días, ni meses… antes.

El momento vivido (sufrido sería más exacto) fue un cúmulo de despropósitos surrealistas y tragicómicos. Durante la mañana descrita en este relato conducía, acompañado de mi hija, desde Cuenca hacia Alcázar de San Juan; el día anterior había sido su cumpleaños y nos dirigíamos a celebrarlo con su abuela. Ya casi en destino, habiendo cubierto el 80% de los 150 km que comprendían nuestro trayecto, en la rotonda de salida/entrada al municipio toledano de Quintanar de la Orden, los señores agentes de la Benemérita nos dieron el alto para someterme, previo solicitud de mi consentimiento, a pruebas de alcoholemia y de consumo de drogas. Evidentemente, mostré mi total disposición a someterme a dichas pruebas dado que, más allá de ser mi obligación, nada me hacía temer realizar estos análisis. Siguiendo las instrucciones del agente que se dispuso a realizar el control, realicé en primer lugar la prueba de alcoholemia, resultando su análisis 0,0. Tras esto, y previas explicaciones del agente, empecé con la prueba de estupefacientes (chupa que te chupa la maldita y absurda piruleta). Teóricamente, este inútil test posee un «chivato» que, tras ser chupado e impregando en saliva durante varios minutos, torna a azul, indicándose así que es el momento en el que la prueba debe ser introducida en el laboratorio portátil con el que cuenta el vehículo de los señores agentes de tráfico. Pues bien, en mi caso, el «chivatito» en ningún momento tornó al azul indicado. Por más que chupé, salivé y removí por toda mi boca la jodida piruleta, en ningún momento adquirió la coloración indicada con anterioridad por el agente. Es decir, en ningún momento mi «piruleta» indicó estar preparada para ser introducida en el laboratorio portátil. Aún así, habiendo trascurrido desde el inicio de la prueba cerca de 15 minutos (mucho más tiempo de lo normal), tras haber impregnado con litros de babas el cacharrito, el señor agente decidió que la espera ya había sido suficiente, solicitándome que le diera la baboseada prueba para introducirla en la «máquina de la verdad» (o así debiera ser). Tras otra espera de aproximadamente 5 minutos aparecieron los resultados. ¡Oh, sorpresa! Negativo en cocaína, anfetaminas, opiáceos, alucinógenos; POSITIVO en THC.

El propio agente, al ver el estado de mi hija, habla con ella para explicarle que «tal vez el test esté mal, ¡que falla en muchas ocasiones!» (algo que me reiteraron innumerables veces a mí mismo con anterioridad y posterioridad durante el control). Es decir, ellos mismos (como el resto de la humanidad) son plenamente conscientes de que estas pruebas son una puta mierda que no vale absolutamenten para nada. ¡¡¡Pero de qué demonios estamos hablando; una prueba sancionadora que genera falsos positivos frecuentemente!!!

«¿Coooooómo? ¡Es imposible!», exclamé mientras dirigía mi mirada incrédula hacia los atentos ojos de mi hija, quien no perdía ripio de lo que desde un inicio allí sucedía. Hablo con el agente para mostrar mi incredulidad. Le intento convencer de que es imposible que el resultado obtenido sea ese. Le intento hacer ver que él mismo, con quien llevo ya compartida más de media hora, es testigo de que en mí no existe señal alguna psicofísica que otorgue veracidad a dicho positivo. Y, evidentemente, nada consigo, con ellos es imposible razonar, se someten a un protocolo absurdo como si de autómatas se tratasen. Absorto, aturdido ante lo que estaba viviendo, confundido con la situación… me introduzco en mi vehículo para explicarle a mi hija lo que allí estaba pasando. El drama y los nervios aumentan. Ella, entre lágrimas, me acusa de ser ¡un porrero!, «la máquina lo dice». Su indignación era tal que me comunica que ya no quiere realizar festejos de ninguna clase por su cumpleaños. Vuelve a aparecer el benemérito agente para explicarme la sanción (1000 € y -6 puntos del carnet) y para informarme de que mi carnet queda inhabilitado durante las siguientes 8 horas. El propio agente, al ver el estado de mi hija, habla con ella para explicarle que «tal vez el test esté mal, ¡que falla en muchas ocasiones!» (algo que me reiteraron innumerables veces a mí mismo con anterioridad y posterioridad durante el control). Es decir, ellos mismos (como el resto de la humanidad) son plenamente conscientes de que estas pruebas son una puta mierda que no vale absolutamenten para nada. ¡¡¡Pero de qué demonios estamos hablando; una prueba sancionadora que genera falsos positivos frecuentemente!!!

Ante lo insólito y surrealista de lo que allí acontecía, solicito un contranálisis sanguíneo en el centro de salud de la localidad. Era conocedor de que deben facilitar la posibilidad de realizar dicha prueba en el caso de ser solicitada, y así procedo. No obstante, el otro agente, el más mayor, intenta disuadirme mediante absurdas charlas de que así lo haga.

Prosiguen los llantos y las malas caras de mi hija, los comentarios absurdos de los señores agentes, las llamadas telefónicas en busca de ayuda (estamos a 30 km de Alcázar, donde debiéramos llegar a la hora de comer). Localizo a 2 altruistas amigos y, tras comentarles la situación, vienen a por nosotros acompañados de sus hijos; necesito que uno de ellos conduzca mi coche.

Mientras esperamos el auxilio, me hago consciente de que mi vehículo interfiere en la buena circulación de la vía y del control que aún sigue activo. ¡ATENCIÓN AL DISLATE! Informo a los agentes de que mi vehículo entorpece la correcta circulación y la detención de los coches a los que ellos aún siguen parando en el control. Les sugiero la posibilidad de retirarlo al camino contiguo a la vía. Estupefacto, le escucho decir a uno de ellos que «sí, por favor, retírelo al camino». Yo, que soy muy obediente, ante los mandatos de nuestras fuerzas de la ley y del orden, ejecuto con pericia, eficacia y rapidez la maniobra que dejaría mí vehículo bien aparcado, eliminando las molestias que antes ocasionaba. ¡¡¡Pero vamos a ver, señores, YO NO DEBÍA HABER MOVIDO MI COCHE!!! Ustedes mismos me habían notificado previamente que mi carnet quedaba «secuestrado» durante las siguientes 8 horas por estar «fumao» (motivo por el cual pedí auxilio a mis colegas que ya se encontraban camino hacia nuestro rescate). Realizo un nuevo contraanálisis que enviarán a laboratorio. Visto lo visto hasta el momento, me fío un carajo de esta segunda prueba, cuyos resultados tardarán semanas en llegar. Cada vez tengo más claro que quiero realizarme el análisis de sangre del que siguen intentando disuadirme.

Ante lo insólito y surrealista de lo que allí acontecía, solicito un contranálisis sanguíneo en el centro de salud de la localidad. Era conocedor de que deben facilitar la posibilidad de realizar dicha prueba en el caso de ser solicitada, y así procedo. No obstante, el otro agente, el más mayor, intenta disuadirme mediante absurdas charlas de que así lo haga.

Nada tenía sentido. Vuelvo a intentar reconducir la situación. Consciente de que el test realizado no había cumplido la premisa de la tinción del «chivato» pido repetir la prueba. Ahora sí que obtengo un negativo, negativo a volver a hacerme otro test, «ya le hemos realizado uno».

Llegan por fin mis colegas, Natha y Pili. Luna (mi hija), que lleva ya tiempo sin dirigirme la palabra, y la mirada, se sube a su coche. Pili se la lleva a Alcázar a casa de su abuela (tenemos, teóricamente, sí la Benemérita lo permite, una comida pendiente con ella). Mi amigo, Natha, se queda allí conmigo, cual fiel escudero (chófer), del presunto porrero.

Finalmente se atiende a mí petición y vamos hasta el centro de salud de Quintanar, donde me sacarán sangre para enviar al laboratorio. Una vez allí, escoltado por los agentes, se me realiza la extracción y, tras rellenar y firmar la abundante documentación necesaria, obtengo por fin mi pseudo-libertad (ya me quedan solo 7 horas para poder volver a conducir).

¡Gracias, Nathanael PM, por conducir mi coche hasta Alcázar!
¡Gracias, Pilar Galindo, por recoger y acercar a Luna con la abu!

Pero claro, aquí no acaba este dislate. Ahora debemos volver hasta Nambroca (mi lugar de residencia).Tras comer con Luna y con mi madre (también atónita ante lo acaecido) otros 2 colegas toledanos, Ana y Juan, se desplazan hasta Alcázar de San Juan para facilitarnos un retorno legal hasta casita.

¡Gracias, Ana PH y Juan Ignacio Gómez Giráldez por retornarnos al hogar!

Ahora ya de vuelta, tras haber tenido que enmarronar a media comunidad autónoma, sólo me queda rumiar la impotencia sufrida ante una situación de indefensión legal que jamás había vivido hasta el momento. Días de no saber qué coño había pasado; días de pánico al conducir ante la posibilidad de enfrentarme a otro nuevo control; días de insomnio y elucubraciones absurdas; días de constantes consultas a «Mi DGT» (app de la DGT donde aparecen todos tus datos y posibles multas); días de espera por el absurdo de una jodida piruleta…

¡Olé los huevos de la administración! Lo que vienen a manifestar en su resolución es que, con los datos obtenidos durante el control, no pueden acreditar que me había drogado. ¡Impresionante! No dicen, «¡lo sentimos, te realizamos una prueba que somos conscientes que es una mierda!». ¡Qué poca vergüenza!

Y finalmente, habiendo trascurrido un mes desde la fecha de la sanción (el protocolo administrativo de estas multas suelen notificarse en el plazo máximo de 2 semanas) recibo una carta de la DGT.

Resultado: Sobreseimiento del citado informe (por canales extraoficiales consigo enterarme de que los 2 test enviados al laboratorio han resultado negativos, como no podía haber sido de otra forma).

Pero no penséis que el documento contiene disculpas de cualquier tipo o la mención a alguna compensación económica por los daños cuasados (tiempo retenido, supresión del carnet de conducir, movilización de 4 personas para poder volver a mi domicilio, grave deterioro de mi imagen ante mi hija,…). No. ¡Olé los huevos de la administración! Lo que vienen a manifestar en su resolución es que, con los datos obtenidos durante el control, no pueden acreditar que me había drogado. ¡Impresionante! No dicen, «¡lo sentimos, te realizamos una prueba que somos conscientes que es una mierda!». ¡Qué poca vergüenza!

En fin, esta es la historia de una jodida piruleta que jodio mi vida, y la de mi hija, durante unos días; la historia de una prueba absurda que no prueba absolutamente nada; la historia de un test sancionador cuya eficacia y veracidad es nula; la historia de una Administración Pública que, siendo consciente de que es así, sigue usando, a través del benemérito cuerpo, este injusto sistema.

Y, señores, que les quede claro. Soy el primer interesado en que las personas bajo los efectos del alcohol y de otros estupefacientes sean sancionados. Ahora bien, busquen sistemas efectivos. No hagan a los conductores que circulan «legalmente» pasar malos ratos como los que yo viví. No se trata de saber si una persona es consumidora o no lo es, se trata de saber si en ese momento sus capacidades psicofísicas se encuentran afectadas y deterioradas. No usen una prueba que genera FALSOS POSITIVOS.

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