Sánchez, Franco y su Baraka

Como si no hubieran transcurrido ya 43 años, desde que la dama de la guadaña obligara al general a abandonar el servicio activo.

Jürgen Habermas, uno de los grandes filósofos de nuestro tiempo, nos previene del riesgo de acudir al arsenal de las soluciones, sin un previo análisis de los fenómenos complejos. Desde esa perspectiva, y como la política es inseparable de la frecuentemente compleja realidad donde mora, es difícil entender el porqué de tantos yerros y rectificaciones del presidente Sánchez.

Franco es el paradigma del dislate presidencial. Sánchez, cuando la figura del dictador parecía estar en el abismo de lo infinito sepultada bajo el manto del olvido, ha logrado que aquélla resucite y aparezca más viva que nunca en el debate político nacional. Como si no hubieran transcurrido ya 43 años, desde que la dama de la guadaña obligara al general a abandonar el servicio activo. Resultan ya grotescos tantos anuncios sucesivos de plazos para extraer sus restos del Valle de los Caídos.

A su falta de un buen hervor, el presidente añade la ausencia del profundo análisis previo de los fenómenos complejos, recomendado por el filósofo alemán
Por Decreto-ley 10/2018, de 24 de agosto, se añadía a la Ley de la Memoria Histórica (ley 52/2007, de 26 de diciembre) un apartado 3 al artículo 16: “En el Valle de los Caídos sólo podrán yacer los restos mortales de personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil española, como lugar de conmemoración, recuerdo y homenaje a las víctimas de la contienda”. Las eminencias monclovitas pensaban que, ascendiendo a Franco al rango de “okupa” de Cuelgamuros ―ya que falleció en la cama 36 años después del final de tal guerra―, era obligado desahuciarle.

Personalmente, el lugar de reposo de Franco me parece circunstancial.  Pero aquellos sabiondos no recordaron que, en la naturaleza, frecuentemente resulta más fácil sacar que meter (con perdón); o, si quieren, exhumar que volver a inhumar. Y que antes de abordar lo primero a frotamiento duro, debería haber estado resuelto lo segundo. Capital fallo de planeamiento que los nietos del finado aprovecharon para legítimamente decidir que, si al final Franco fuera exhumado, le enterrarían en una tumba de su propiedad en la cripta de la Almudena. Decisión que sorprendió nuevamente al Gobierno porque, en la catedral madrileña, Franco tendría una mayor relevancia que en el Valle.

Un toro difícil de torear, mientras la jerarquía eclesiástica española sonreía apalancada en el burladero. Por eso, en búsqueda de enchufe superior, Sánchez envió a la vicepresidenta, Carmen Calvo, al Vaticano. Y allí, en el ruedo de San Pedro, doña Carmen, de Cabra (Córdoba), de azabache, a porta gayola y sin el siempreaconsejable acompañamiento de mozo de espadas diplomático, se encerró con el cardenal Parolin. Un chaval en el escalafón de papables quien, a su calidad de secretario de estado vaticano, añade más de 30 años como miembro del servicio diplomático de la Santa Sede. Vaya, el “sursum corda” de la diplomacia; un fenomenal morlaco de capa negra y morrillo escarlata que, además, como diría mi admirado Antonio Burgos, sabe latín.

Cuando la figura del dictador parecía estar en el abismo de lo infinito sepultada bajo el manto del olvido, ha logrado que aquélla resucite y aparezca más viva que nunca en el debate político nacional.
Y, claro, doña Carmen, como ya le sucedió a don Quijote, se topó con la Iglesia, amigo Sánchez. Tras el lance, aquélla anunció ilusionada que había logrado que la Iglesia pactara que Franco no fuera reinhumado en la catedral de la Almudena. Algo que fue fulminante e inéditamente desmentido por el Vaticano. El cardenal arzobispo de Madrid, don Carlos Osoro, actuó de puntillero: “es un asunto para resolver entre el Gobierno y la familia Franco”.

Sánchez, tan “pertinaz” como las sequías del franquismo, continúa persiguiendo el hermético y definitivo entierro de Franco. Y así planea otra nueva reforma de la Ley de la Memoria Histórica, que va a tener más remiendos que una taleguilla de cuarta mano. Y no sería extraño que fuera nuevamente revolcado. Porque le pierden las prisas. Y, con prisas, más que lidiar se es toreado.  Quizás mejor haría ―como me apunta un guasón amigo desde el Puerto―, enviando a su viajero y muñidor copresidente, el podemita Pablo Iglesias, a negociar el asunto con los Franco.

Sánchez cada vez se parece más a Franco. No solo por la “pertinacia” apuntada, sino también por su acusada propensión a gobernar por Decreto. A su falta de un buen hervor, el presidente añade la ausencia del profundo análisis previo de los fenómenos complejos, recomendado por el filósofo alemán. En fin, no acaba de percatarse que se está enfrentando con el que quizás sea el más complejo fenómeno del siglo XX español. Que no es Franco, sino su baraka.


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