San Isidro Labrador, mozárabe pocero

 

“Su cuerpo perderá, no su cuidado.

Serán ceniza, más tendrán sentido.

Polvo será, más polvo enamorado.”

por Eduardo Madroñal

 

 

San Isidro Labrador fue un santo anómalo. En aquellos tiempos los santos procedían del clero y la nobleza, sin embargo apareció un fenómeno anómalo, un laico de origen campesino y casado, cuya mujer también se convertiría en Santa María de la Cabeza.

Se supone que Isidro nació hacia el año 1082, es decir, en pleno Mayrit, el Madrid musulmán. Los musulmanes dieron continuidad al asentamiento visigodo dándole un carácter permanente por su situación estratégica en la meseta y en especial por la abundancia de agua. Mayrit ya era conocida desde los tiempos de los visigodos por la riqueza de acuíferos que habitan el subsuelo madrileño. En 1085, Mayrit pasó de las manos musulmanas de la taifa de Toledo a las manos cristianas de Alfonso VI, Rey de León, Galicia y Castilla.

Este cambio de dominio vino acompañada de poblaciones de colonos labradores, ganaderos y artesanos de origen visigodo y berebere, los denominados mozárabes. San Isidro Labrador fue uno de esos colonos mozárabes. Hay que tener en cuenta que era una población de origen hispano-visigodo integrada en el territorio y la vida de al-Ándalus musulmán, y que alcanzaban a ser prácticamente la mitad de sus habitantes en el siglo XI.

Toda una anomalía en el santoral fue la existencia de un santo producto del mestizaje cristiano y musulmán de aquellos tiempos. Ya tenemos dos anomalías de San Isidro Labrador. Una anomalía de clase social, frente al aplastante origen social de los santos, de sectores eclesiásticos y de familias nobles, San Isidro Labrador es un sabio campesino. Una anomalía de orígenes religiosos. San Isidro Labrador integra en su santidad elementos islámicos y cristianos, se le atribuyen milagros que expresan una conciliación entre las dos religiones, y, destacadamente, demuestra con su vida, con su práctica, unos valores -el matrimonio y el trabajo esforzado- opuestos a los santos cristianos de finales del siglo XI y principios del XII, y antagónicos con la vida que tales santos llevaban.

Quizás San Isidro Labrador fue en realidad un santón musulmán de origen berebere de un Mayrit anterior a la ocupación cristiana. Un santo que fue asumido y su historia adaptada a la religión cristiana por los nuevos dueños de Madrid.

La viejísima y compleja sustancia de España, una anomalía histórica

Se puede entender esta anomalía de San Isidro Labrador si la inscribimos en la anomalía histórica española que tanto asombra a propios y extraños. No hay ninguna otra nación del mundo que haya sido capaz de producir tanta historia escrita. Desde la Reconquista a la epopeya americana, desde el sultanato omeya hasta la época imperial, desde la capital imperial de las tres culturas hasta la decadencia, desde la guerra de la independencia hasta la República y la guerra civil.

Solo existe un término para el concepto del intelectual extranjero que se dedica en exclusiva a estudiar otro país que no es el suyo. Esa palabra es hispanista, y hay por todo el mundo numerosos hispanistas. No existen “francesistas”, ni “germanistas”, ni “estadounidesistas”. Los hispanistas son miembros de las distintas élites intelectuales de países por todo el planeta que se dedican, en cuerpo y alma, durante toda su vida, a intentar encontrar las claves que expliquen los numerosos interrogantes que ofrece la historia de un país que no es el suyo pero que, al entrar en contacto con él y con su historia, les atrapa y les hechiza para siempre.

D. Claudio Sánchez Albornoz tituló su libro “España: un enigma histórico”, en el que afirmaba que el pueblo español había “acuñado una herencia temperamental que el correr de los siglos fijará, mantendrá, suavizará,… pero que constituye a la par la raíz remota de su historia y un potencial en estado latente que el curso de la vida de la comunidad permitirá a veces volver a resurgir y a veces forzará a tal resurrección”. Y Vicente Aleixandre, hablando de Lorca, dice que “sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde”. Y el propio Lorca habla del “esqueleto de aire irrompible que une las regiones de la península, (…) con sensibilidad descubierta de molusco, para recoger en un centro a la menor invasión de otro mundo, y volver a manar fuera de peligro la viejísima y compleja sustancia de España”.

Es decir, la existencia de un substrato anclado en lo más profundo de las colectividades que a lo largo del tiempo hemos ido habitando la Península y que, transmitiéndose subterráneamente a lo largo de una interminable sucesión de generaciones y a través de las más variadas coyunturas históricas, ha ido determinando lo que podríamos llamar “el modo de ser hispánico”, dando forma y contenido a nuestra historia de sucesivos modos de producción, de distintas relaciones de producción y superestructuras políticas e ideológicas que se han sucedido en los últimos 2.000 años; y manteniendo sus rasgos esenciales, aquilatándose con cada desarrollo histórico. Lo que impregna y contribuye a un desarrollo tan anómalo de los modos de producción universales en nuestro país.

El enigma histórico de España reside en ser, posiblemente, el único país del mundo (al menos de Occidente) en el que muchos de los rasgos principales que definen ese substrato ancestral no sólo han conseguido perdurar en estado práctico a lo largo del tiempo, sino que, por alguna razón que todavía se nos escapa, han tenido la fuerza necesaria para crear y dar carácter a una nación política, en el sentido moderno del término, y la capacidad de expandirse por medio mundo. Y ello, increíblemente, a pesar de ser el nuestro, desde tiempos remotos, un lugar de cruce, de mezcla, de fusión, de mestizaje de pueblos, de razas, de culturas o de idiomas, ha hallado la forma de sobrevivir en una existencia paralela a la múltiple sucesión de Estados, regímenes, modelos económicos y políticos y siendo capaz de articular, dar forma y otorgar carácter a la colectividad hispana.

Es esta pervivencia la que hace posible entender cómo, a pesar de los más de 2.000 años que los separan, no seamos capaces de encontrar ninguna diferencia significativa entre lo que representan Numancia, Covadonga, el Sitio de Zaragoza y la Defensa de Madrid. Y la actual respuesta popular, unida y solidaria, frente a la pandemia.

“Mira que el amor es fuerte;

vida, no seas molesta,

mira que sólo te resta,

para ganarte, perderte;

venga ya la dulce muerte,

venga el morir muy ligero,

que muero porque no muero.”


Eduardo Madroñal Pedraza, colaborador de La Mar de Onuba, nació el año 1951 en Madrid, el año 1951, de raíces andaluzas paternas y castellanas maternas. Fue velocista y jugador de balonmano. De una clase social, eligió otra práctica social. Fue, por el  artículo 191 del Código Civil franquista, «padre soltero» de una hija de madre desconocida. Estudió Psicología. Trabajó 7 meses como repartidor de codornices y 7 años como administrativo en Uralita. Acabó Psicología; fue profesor de inglés (6 años en colegio privado y 4 años en instituto por oposición. Con la LOGSE se cambió a orientador educativo. Anomalías se titula su tercer libro de poemas. Colabora en diversas publicaciones (De Verdad, Chispas…) en formato digital e impreso. Es militante de Unificación Comunista de España, miembro de Recortes Cero, e integrante de la Mesa Estatal por el Blindaje de las Pensiones. Profesor aprendiz, psicólogo inapropiado, orientador peregrino, demócrata distinto, patriota inusual, comunista extraño, padre inesperado, abuelo chocante, amante inhabitual, y alguna anomalía más.

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