Martu Garrote: ‘Resucitando el franquismo por un puñado de votos’

/ por Martu Garrote /

En los últimos meses, estamos asistiendo a un repunte de las peores y más aterradoras prácticas fascistas en nuestro país: chats de policías municipales de Madrid ensalzando a Hitler, grupos de neo nazis apaleando manifestantes en Valencia, banderas con el pollo franquista en manifestaciones que defienden el Estado de Derecho y las instituciones españolas… y de eso, tiene gran parte de culpa esta “izquierda” pija, de élites universitarias, que no vivieron el franquismo, que no combatieron contra la dictadura pero a los que no se les cae el nombre de Franco de la boca.

No negaré que siempre ha habido en España nostálgicos del Franquismo que acudían al Valle de los Caídos y grupos neonazis, más relacionados con el mundo del fútbol que con cualquier otro colectivo. Siendo adolescente, era raro el mes que no acudían los Skinheads al Ramiro de Maeztu a la caza de Punkis (los anarquistas de la época). Ya en la Universidad, en la Facultad de Derecho de Barcelona, tampoco era raro ver pasar a los ultras del C.D. Español, con sus cabezas rapadas, sus botas militares y su simbología nazi amedrentando al personal con su matonismo.

Pero hasta el advenimiento de la crisis y el surgir de los populismos cabalgando sobre la ola del sufrimiento y el dolor de los más desfavorecidos, en España, eran minoritarios, casposos, estaban mal visto y se iban extinguiendo por falta de apoyo social.

Los populistas de Podemos, insisto, universitarios nacidos y criados en democracia, disfrutando de todos los avances que el Estado del Bienestar implantado en España por los políticos del régimen del 78, que tanto critican, fundamentalmente los socialistas, a los que tanto desprecian, asentados laboralmente en la comodidad de las universidades públicas, decidieron usar el “postureo” de la lucha anti franquista, para parecer más rojos, más pueblo, más gente, más de los de abajo (ya que sus sueldos públicos están más bien por arriba).

Soy la primera en aplaudir iniciativas como la Ley de Memoria Histórica de Zapatero, sobre todo porque aún son decenas de miles los muertos enterrados en cunetas, en fosas comunes o desaparecidos, tras la represión franquista. Muertos durante la Guerra Civil, pero también después de acabado el enfrentamiento militar. Muertos que no tuvieron cuarenta años dirigiendo España a su Generalísimo, por lo que no tuvieron reconocimiento, homenajes, ni descanso en paz. Y familiares, hijos, nietos, que han vivido 70 u 80 años con el dolor de no tener una lápida donde llevar flores a sus seres queridos.

Pero de ahí a esta moda de acusar de franquista o fascista cualquier comportamiento que no nos agrade, va un mundo. Que un juez persigue un delito del Código Penal pero el que presuntamente ha delinquido es de los nuestros, el juez es un fascista. Que el presidente del Gobierno insta a aplicar el artículo 155 de la Constitución porque el Govern catalán ha declarado la independencia de una parte de España, es un fascista. Que en una tertulia televisiva se defienden posiciones de derechas, sin salirse del amparo constitucional, son unos fascistas. Que la Policía o la Guardia Civil, cumpliendo órdenes del Juez, desalojan los colegios electorales del referéndum ilegal, fascistas, fascistas, fascistas.

Ante la banalización del franquismo, aquellos que lo sufrieron, los que estuvieron en las cárceles franquistas, en el exilio o la clandestinidad, los que fueron encerrados y torturados por sus ideas, pero jamás renegaron de ellas para conseguir el beneficio de la libertad (no miro a nadie, o sí…), los que sufrieron la humillación y la amenaza, no solo sobre ellos mismos, sino también sobre sus familias por parte del régimen, han tenido que salir del silencioso retiro autoimpuesto para recordarles a tanto advenedizo que en España no hay presos políticos, que la justicia no es franquista y que el régimen del 78 es sinónimo de libertad y democracia, todo lo contrario del régimen que ellos sufrieron, el franquista.

La mejor manera de luchar contra el franquismo es dejar de utilizarlo en beneficio propio. Es reconocer que de aquella pesadilla hace ya cuarenta años que salimos y que juntos, todos los españoles, los de izquierda y los de derechas, los católicos y los ateos, los catalanes y los madrileños y los andaluces y los extremeños y los gallegos, todos, hemos construido una democracia homologable con cualquier país europeo, con unas instituciones que cumplen los estándares de separación de poderes, justicia y seguridad jurídica mínimamente exigibles y que, aunque mejorable, nuestra Constitución es una de las más modernas y completas del mundo. Para ganar al adversario político, solo hacen falta ideas, propuestas, programa, soluciones a los problemas de la gente y no resucitar fantasmas del pasado.

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