Primer homenaje, urgente, a Andrea Camilleri

por Luis González Carrillo

Allá por 2013 comenté las novelas que Andrea Camilleri había publicado en castellano hasta ese momento de la serie del comisario Salvo Montalbano a la que me había rendido completamente. Recupero este texto como sentido homenaje en el día de su muerte.

Todos las novelas tienen su punto, pero en La nochevieja de Montalbano, un libro que recoge veinte relatos de veinte casos distintos, me sorprendió el número nueve, titulado Montalbano se rebela, y, aun a costa de traicionar el primer deber de un comentador de libros y desvelar más de lo debido, no puedo dejar de detenerme en él.

Montalbano vuelve a casa después de haberse pasado todo el día intentando que confesara un viejo asqueroso que había abusado de una niña y la había intentado matar a pedradas. Él no consiguió la confesión, fue Mimì, su subcomisario, quien lo hizo utilizando métodos tan sutiles que se podrían considerar violencia policial, cosa que él no estaba dispuesto a tolerar en su comisaría. Volvía, decíamos, a su casa cuando se percató de que una escena que había visto por el rabillo del ojo, durante el recorrido en el coche, era en realidad el secuestro de una joven mujer. Retrocedió con su vehículo y se dispuso a buscar al todo terreno donde fue introducida la joven. Después de bastante tiempo lo encontró en las afueras de la ciudad, junto a una casa que estaba iluminada en su planta baja y primera. Montalbano cogió la pistola de la guantera, entró en la casa sigilosamente. En la cocina dos hombre están cocinando algo, no huele mal. Ve luz por el final de la escalera que asciende al primer piso. Sube con cautela, nota que pisa un líquido viscoso, en cuanto lo toca con los dedos sabe que es sangre, sigue subiendo con el corazón encogido. Cuando abre la puerta de la habitación ve el cuerpo de la mujer, desnuda, inerte, en el suelo el palo ensangrentado de una escoba con el que ha sido sodomizada. Le falta un trozo de pantorrilla y tiene las cuencas de los ojos vacías. Montalbano apenas puede contener el vómito y la rabia. Baja despacio las escaleras, oye a los dos psicópatas ofrecerse mutuamente probar sus guisos, estofado de pantorrillas y sopa de ojos. Decide que solo no los puede detener, sale de la casa, recoge un bidón de gasolina con la intención de provocar fuego en la vivienda y obligar a sus asesinos ocupantes a saltar por la ventana, será su oportunidad de detenerlos o…

Montalbano abandona la vivienda, llega hasta una cabina próxima, efectúa una llamada.

Al otro lado de la línea, en la noche romana, un septuagenario escritor descuelga. ¿Sí? Soy Montalbano, responde Salvo. El autor intenta justificar al protagonista el relato que está escribiendo uno e interpretando el otro. Que si se le acusan de buenista, que si en sus novelas hay poca acción, que si más sangre, que si se está repitiendo, bla, bla. Montalbano le corta de raíz, no sigas por ahí, Camilleri, para mí este tipo de historias son inadmisibles, si continuas con este estilo ya te puedes buscar otro protagonista. Y colgó.

Montalbano deja claro qué tipo de novela quiere protagonizar, nada de psicópatas, asesinos en serie, nada recrearse en la tortura y el dolor ajeno, nada de inventarse criminales con una infancia terrible. No, Camilleri, lee el periódico, ve la televisión, escucha la radio y observa a sus conciudadanos, de ahí salen todos sus argumentos, que a veces son más terroríficos, pero no recrea el horror por el horror.

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