Nubes, por Carlos Fernández

Imagen: "Nubes sobre la playa de La Bota" de José Manuel Mora Huerta
El joven escritor onubense Carlos Fernández
Carlos Fernández, ganador del Consurso de Relatos ¿Quién fue William Martin?

La Mar de Onuba publica, en primicia, el relato Nubes, con el que joven escritor onubense Carlos Fernández, se hizo con el primer premio, en la categoría juvenil, del Concurso de Relatos Cortos ¿Quién fue William Martin? de la Semana Negra de Punta Umbría.

El jurado del certamen, integrado por Juan Cobos Wilkins, Bernardo Romero, Fátima Javier, Juan Villa, Rafa Moreno, María Laso y Joaquín Cabanillas, destacó de Nubes “su atmósfera poética, la originalidad de su adaptación a la temática requerida y la sensibilidad que demuestra en las descripciones, aportando además un final sugerente y abierto.”

Las nubes van cediendo a hilos de luz tenue que descienden entrecortados, como si respiraran, colándose por las empolvadas cortinas venecianas con el aguijón del nuevo día. Aquel niño aún podía ser cualquiera: desde un temido pirata de los mares hasta el capitán de un poderoso ejército… a la luz del amanecer rojizo podría sobrevolar incluso el cielo como si fuese uno de los charranes que habitaban las dunas que tanto le gustaba frecuentar.

De momento, solo esperaba. Debía esperar a su madre para que le diese dinero para pagar la canoa y poder ir al colegio de la ciudad, donde estaba internado. Valía la pena estar despierto con cierto margen de antelación, si no su madre podría contrariarse y claro, él no quería por nada del mundo defraudarla como hizo, al parecer, su padre. Su madre siempre le repetía hasta la saciedad, como si estuviese obsesionada por reafirmarse en su postura, como única e inquebrantable autoridad de la casa, que su padre fue un borracho de tres al cuarto que les abandonó a su suerte, un borracho que no les quería.

¡Tú no tienes padre! –le decía alterada muchas veces cuando él preguntaba inocentemente, con sus grandes ojos azules, llevado por la curiosidad tan característica de los niños, cuando todavía se atrevía a preguntar, eso sí, dependiendo en todo momento del estado emocional de su madre. Con el tiempo fue aprendiendo a entenderla, o más bien a adaptarse, simplemente, a sus bruscos cambios de humor. A pesar de ello, para él su madre era una heroína y no una princesa endeble y dependiente de esas que salían en algunos cuentos que había leído. Desde luego, él también quería ser un héroe. Pero de momento, tan sólo esperaba. Muchos lunes como ese –cuando regresaba al internado –tenía que esperar casi una hora hasta que su madre llegase. En casa no podían costearse coches ni muchos menos chóferes para que le llevasen al colegio. La única opción era ir en canoa.

Las 7:58. Ningún indicio de su llegada. El niño estaba en el salón fascinado por la belleza que descubrían sus ojos. Si centraba la mirada lo suficiente podía alcanzar a ver el polvo emergiendo del suelo, que parecía evaporarse como el agua de una laguna. Sin embargo, a él le evocaba arena blanca de la playa, arena rizada al viento, la fina arena desparramada por las dunas en un delicado ejercicio de sencillez y elegancia. Imaginar aquello le hacía pensar en su padre, quien, a pesar de la insistencia de su madre por eliminarlo de su vida, no acababa de desaparecer de la suya propia, sino más bien todo lo contrario. La arena blanca le hacía volver a las historias de su abuela, en las cuales su padre, al igual que su madre, también era todo un héroe.

Su abuela siempre hablaba maravillas de su padre. Siempre le decía que desde pequeño había destacado, además de por una habilidad innata para los deportes, por su gran inteligencia, que los profesores siempre le decían que era un alumno muy disciplinado y responsable, muy bueno con los demás compañeros, que llegaría lejos, y que así fue. Con el tiempo –decía con brillo en los ojos –llegó a ostentar un cargo muy importante en la marina británica. Su abuela siempre le decía, con el orgullo de las personas que han sido vetadas a desarrollarse individualmente y ven ese deceso solventado en sus hijos, que su padre había viajado por todo el mundo en misiones importantes, ¡muy importantes!, nada menos que en la guerra –apuntaba con énfasis, abriendo los ojos.

Él cumple con un deber muy importante, con el deber de cumplir con la humanidad y hacer del mundo un mundo mejor –decía cada vez más apenada, como si realmente no se llegase a creer del todo sus palabras. Tu padre es un hombre de mundo –prosiguió –, pero volverá.

– Tu padre volverá… más tarde o más temprano volverá, tú no te preocupes. Su lugar está aquí, con vosotros. Su sangre es de arena, al igual que la tuya y la de tus antepasados. Él ama la arena de este lugar, las conchas desmenuzadas y relucientes de la orilla con la bajada de las mareas, las boyas aceitosas de los barcos pesqueros, el sonido de la canoa al llegar al muelle dando bandazos al agua…desde pequeño, cada verano, se dejaba envolver por el hechizo de esta tierra de sueños infinitos, de esta flecha de arena, como la llaman las gentes del pueblo. Le gustaba mucho… sobre todo la ría, los eternos baños en la ría todas las mañanas… –dijo en pasado, como si su hijo ya solo formase parte de uno de sus tantos recuerdos, de uno de sus recuerdos más preciados e implacables.

Ven, acércate, mete las piernas dentro de la mesa que va haciendo frío.

Ambos estaban en el salón, en un salón muy espacioso, frente a la chimenea apagada. Era una estancia llena de cuadros de paisajes de costa y con una pequeña estantería repleta de libros, de los cuales uno de ellos, “Coplas a la muerte de su padre”, le había causado una especial impresión, quedándosele impreso en la memoria con la facilidad con la que calan en el subconsciente las canciones populares. Era una noche fría de septiembre, una de las últimas noches del verano, y de las últimas noches que pasaría con su abuela.

– De pequeño a tu padre le fascinaban las historias de sus antepasados, al igual que a ti. Tu bisabuelo fue uno de los primeros ingleses en asentarse en este pueblo. Esta casa puede tener alrededor de cincuenta años. Así, ha ido pasando de generación en generación, y ahora os toca a ti y a tu madre –dijo con una sonrisita apagada e inverosímil. Tu padre volverá, y es por ello que debéis estar aquí, hijo, ¿entiendes? en cambio tu abuelo y yo debemos marcharnos de nuevo a Gales –concluyó.

Se levantó del butacón negro, apoyando su única pierna en el suelo, y cogiendo las muletas fue hacia la cocina y, al poco tiempo, volvió con un pedazo de pan y un trozo de queso. A él le encantaba ir a la casa de su abuela, no solo por las apasionantes historias que, de vez en cuando, le contaba, sino por todo lo que le ofrecía de comer, muchísimas cosas, entre otras, los picadillos de pescado, los bombones que traía de Gales, los enormes bocadillos de queso que se zampaba, etc.

Al irse, en el marco de la puerta, su abuela le dio un sobre con dinero como solía hacer otras veces en su costumbre por echarles una mano económicamente. En cuanto llegues dáselo a tu madre. Guárdalo bien en el bolsillo, palomito –le dijo acariciándole la cabeza cariñosamente. El niño bajó las escaleras y salió corriendo en dirección a la ría, bordeándola hasta llegar al barrio de los pescadores. Atrás quedaba la casa de su abuela difuminándose a cada paso que daba, quedándose finalmente en polvo, el polvo que ahora contemplaba desde el salón.

Mientras recordaba las historias de su abuela, cubriendo los ángulos muertos de aquel salón donde tantas veces había charlado con ella, los rayos de sol comenzaron a entrar con más intensidad. Había mucha claridad, una suerte de luz de mañana de verano muy propia del sur de Andalucía. El día comenzaba a rodar y aquel niño hurgaba en la estantería, de puntillas, distraído entre los viejos libros de su abuelo. La mayoría estaban carcomidos por el tiempo, además de estar agujereados por las polillas que danzaban de mueble en mueble y que solían dejar caer algún que otro bocado a modo de prueba. Entre otros libros había un poemario de Jorge Manrique, un libro sobre las minas de río tinto, y sobre todo una gran colección de clásicos griegos.

A fuera la melodía del afilador comenzaba a acercarse. A él solía gustarle, le incitaba a despertarse y a vivir aventuras, como todo niño en proceso de descubrir mundo. De tal manera despertó en él una chispa de ilusión, como un click del mecanismo de felicidad de su subconsciente. Se acercó a la terraza y mirando por la cortina, se detuvo por un momento en las adelfas de la casa de su vecino, en vaivén con el viento que empezaba a levantarse, insinuándose como un verdadero enigma. De forma casi instintiva comenzó a cantar, como si fuese un ritual, letanías propias de juegos de niños. Se llevó las manos a las mejillas –en un gesto nervioso –y empezó a corretear en círculos mientras seguía tatareando.

Aquel niño parecía haber olvidado el colegio; sin embargo, un brusco sonido irrumpió de repente en sus acrobacias. ¡Pluff! parecía el impacto de un plato de cocina, seguido de varios gritos:

– ¡Mierda!, ¡mierda! eres imbécil niño, ¡como tu padre!, ¿dónde estás? ¡contesta! –continuaba gritando. El pasillo se había transformado en trincheras de guerra, a viva voz. Cundía el pánico.

– ¿Qué haces que no estás ya en el colegio? Te he escuchado. ¡Dejé el dinero en la encimera!

Rápidamente, el niño se dirigió a su cuarto. Su mirada tornó seria y preocupada. Abrió el cajón de su mesilla de noche y sacó una piedra gris que, el año pasado, en verano, había encontrado en la ría; y como si fuese un ser querido la colocó en la cama y extendió las sábanas sobre sí para protegerse. Una vez su abuela le dijo que su cama era una dulce nube de algodón de azúcar. Encima de ella podría sobrevolar los lugares más recónditos de su pueblo, de toda la ciudad, e incluso del mundo entero, al igual que su padre. Cada vez estaba más convencido de ello. Pensaba en ir a una ciudad de chocolate y a la isla de los dinosaurios de galleta y a la ría de golosinas de todos los sabores. Su madre continuaba vociferando, lanzando improperios a diestro y siniestro mientras le pegaba, pero él ya no estaba allí, estaba abrazado a su preciada piedra pizarra, surcando los cielos en un bebé dragón escupe fuego.

El lunes de la semana siguiente logró hacerse con el dinero de la encimera y coger la canoa. Por el camino se encontró a su amigo Javier con sus padres. La familia de Javier era una familia de origen humilde –una  familia de pescadores del pueblo –, pero estaban muy unidos, lo que siempre le dio qué pensar. A veces se proyectaba paseando con su padre y su madre juntos, recreando esa misma escena, o yendo a cenar, o paseando por la playa; y en esos momentos se veía incapaz de concebir a su padre como el ogro que le había descrito su madre, sino más bien como un hombre valiente salido de las historias de su abuela.

– Oye, ¿te has enterado? –le preguntó Javier con una gran viveza en los ojos, pletórico, sin esperar respuesta. Prosiguió precipitadamente: hace unos días apareció un soldado de la armada británica en la playa. Me dijiste que tu padre también está en la armada, ¿no? –volvió a preguntar con curiosidad. Mi padre dice que aquí siempre aparecen restos de la guerra, pero que nunca había aparecido una persona, ni mucho menos un miembro del ejército, ¿verdad, papá? –dijo levantando la cabeza y alzando un poco el tono.

– ¿Verdad el qué, hijo? –dijo el padre sin prestar mucha atención. Javier le repitió la pregunta tartamudeando un poco, preso de la emoción contenida que le despertaba aquel suceso.

– Ah, sí. Lo encontramos el viernes “el Portugués” y yo en la bota. Por lo que se dice puede tratarse de alguien importante, pero vamos, tampoco hay que dejarse llevar por las habladurías de las gentes del pueblo. Apenas nadie sabe nada. Pero aquí las noticias corren como la pólvora.

Seguramente habrá pasado a disposición del cónsul –dijo de mala gana como hablándose para sí, dejando entrever una clara connotación negativa hacia el consulado alemán. Cambió el tono: desde luego, aquí que nunca pasa nada, es verdaderamente sorprendente, ¿verdad, chicos? –dijo mirando a los niños sonriendo, siguiéndoles el juego de aquella misteriosa aparición.

Aquella noticia despertó en el niño una curiosidad abrumadora. Comenzó a ponerse nervioso, retorciéndose los dedos discretamente, por debajo de la cintura, como acostumbraba a hacer cuando se encontraba con gente de por medio. Siguieron caminando a la sombra de los enebrales hasta llegar al muelle y Javier y su familia, una vez allí, se desviaron hacia la lonja. Mientras esperaba, tuvo ganas de salir corriendo hacia la playa en dirección a la bota por si todavía podía averiguar algo. Sin embargo, algo le decía que aquello no tenía sentido, por lo que, tras unos minutos, acabó por contenerse.

 Al cabo de un tiempo llegó al colegio. Tenía cita con el director, quien se había volcado en él desde que llegó al nuevo colegio. Veía en el chico una gran capacidad, pero intuía que las cosas no iban bien en su casa y, sin saber bien el por qué, poco a poco fue acercándose más a él. Realmente no es que tuviese una cita con el director, sencillamente fue a buscarle en cuanto tuvo tiempo libre, interrumpiendo una intrépida clase de dinosaurios y prehistoria. Sonó su nombre y sus compañeros volvieron la mirada hacia atrás. Parecían lobos en la oscuridad, acechándole. A decir verdad tanta atención le abrumaba.

Entró en una gran sala llena de dibujos en la pared, de garabatos de otros niños, y el director empezó a hablar con él de forma pausada con la intención de que así respondiera más fácilmente a sus preguntas. El niño miraba por la ventana. El día se cerraba bruscamente, ofreciendo un cielo denso y gris. Apenas echaba cuenta. Imaginaba a su padre de pie en la orilla, firme, mirando al mar con su uniforme de la marina.

Su conciencia estaba impregnada de nubes. Por muchas preguntas que le hizo, nadie supo encontrar nunca la ubicación del mundo en el que vivía.

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