No se me mueran todavía

Shutterstock / Loreanto
por Eduardo Flores

 

Todavía. Entre otras cosas porque la vida es, a poco que se haga balance, lo único que nos pertenece. Una posesión infravalorada de pellejo pa’ dentro y muy desperdiciada, así como desprestigiada, a ras de acera.

Al inicio de sus Meditaciones, el emperador Marco Aurelio tuvo a bien recordarse un considerable número de aprendizajes y maestros. El lector puede intuir que, en la forma de un texto sin pretensión de público, palpita cierto orden de prioridades. No se trata de un agradecimiento formal. El ejercicio se limita a lo íntimo. Marco Aurelio convino en hacer memoria, antes de desarrollar sus sabias conclusiones a modo de un ideario propio rico en estoicismo.

Y es hacer memoria, precisamente, lo que el peatón medio, el particular de nómina y coche en la calle, tanto tú como tu primo el de Cuenca, no está haciendo. No se me mueran todavía.

Recuerdo haber asistido al minuto y resultado de las circunstancias en que nos encontramos desde el primer momento que una noticia despertó mi curiosidad cientófila. Hoy, e inevitablemente, el hastío me ha mermado el interés, la capacidad de comprender y hasta la voluntad de acercarme a los titulares que en otra ocasión habrían sido alimento para mis agitadas neuronas. Entre el ruido y la nada, elegí la última. La fortuna mantiene lejos al bicho, no lo veo, aún no. Y sé que no quiero verlo. No se me mueran todavía.

Como el viejo Marco Aurelio, en lo que podríamos considerar mis propias meditaciones –menos sabias, desde luego-, acá donde fuera corretean los rabilargos y una amplia comunidad felina celebra el otoño a su felina manera, también me propuse enumerar aprendizajes desde los que desarrollar una lectura de este aquí y ahora tan incierto como cabrón y amenazante.

Hemos bajado la guardia. Y lo hemos hecho de una forma tan humana (estúpida) que casi no arrastra culpa. Mucho menos responsabilidad tangente. Nuestro escudo para tan soberana e impune negligencia es un dedo acusador. Nos hemos limitado a verlas venir y a señalar. Hacia arriba y hacia abajo. Porque claro, los demás siempre es hacia abajo. Arriba está la clase política, donde creemos que nacen las decisiones. Esa autoridad tan a nuestro gusto, tan bien traída siempre a nuestra sumisa necesidad –particularidad propia de buenos europeos, obscena en el caso de la españolidad- ejemplarmente descrita en Una biografía del miedo, del psiquiatra Enrique González Duro.  

Mientras tanto apuramos los minutos en las terrazas. Mientras tanto, dejamos manchar las manos. Mientras señalamos, inhalamos a pelo y sin complejos el aire que sabemos que mueve la muerte en forma de pelotita con pinchos. Y eso con el descaro que resulta una exigencia, la viga atravesada en el propio globo ocular, que no sabemos, porque no podemos, a quien dirigir. Y que normalmente se encarna en un fulano que a duras penas se mueve inquieto –porque el futuro del movimiento que le llevará o no el pan a casa respira el mismo aire viciado, está condicionado por la enfermedad y la muerte- al otro lado de una barra o, acodado en ella a nuestro lado. Poco se celebra la ignorancia, que dicen es mamá de la felicidad, de la que no se dice que es desastre a medio plazo.

Motivado por estas meditaciones, que no son otra cosa que ignorancia e incertidumbre digeridas con este puto pan nuestro  de cada día, le hablaba ayer noche a mi hijo. El amor, obviamente, llevaba la conversación a una profundidad mucho mayor en comparación a la que ya rara vez me atrevo a compartir con el siempre improbable lector de estas líneas.

Cuanto quise decirle a mi hijo se resume en una de esas cosas que servidor se puede permitir asumir como verdad: nadie puede cambiar el mundo: la revolución es un deber exclusivo del individuo. Así como aceptar la responsabilidad de la misma. Así como las restricciones que esa responsabilidad impone como obligado cumplimiento. En cuanto a lo que compete al poder legislativo, entre señal y ruido, dudo mucho que tenga que ver con nosotros. No al menos de forma directa o en exclusiva con la intención de mantenernos sanos o vivos.

Hagan el favor, no se me quieran morir todavía.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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