Ni causas, ni azares, ni luchas

por Eduardo Flores

 

Hay días que cuesta levantarse de la cama y no pensar que, con ese gesto, se vuelve a la platea desde la que contemplar un final del mundo. Uno tan absurdo que parece merecido. Un final como la estampa en el espejo de la idiocia que es el demonio que nos menea.

Hablamos de un fin del mundo, digamos, particular. Uno jamás llevado a la ficción. Lugar donde la fantasía nos coloca caricaturizados frente al obstáculo; poder ver lo ridículo. En mi final del mundo preferido hay alguien que un microsegundo antes de la extinción grita a viento en pecho: ¡Libertad! Y luego lo arrolla la locomotora que es la parca cuando se encuentra en estado de gracia. Que es el caso.

No aceptar que el mundo natural nos ha dado un ligero revolcón -ligereza, en tanto que un virus no es un meteorito de las dimensiones de la Gomera- es de necios; que al igual que pasearse por la sabana implica considerar la posibilidad de que un león se dé un homenaje con nuestras carnes, por estas calles y plazas de los gozos y las sombras, también pasea un verraco implacable, frito por darse un festín con nuestras células. Somos los responsables de este Parque Jurásico.

No contentos con ello, y empeñados en la conquista de la tierra quemada y ultrajada, fieles a la mala costumbre de manosear la palabra libertad, llevamos en colgante los santos cojones de negar aquello que impregna de enfermedad y muerte los días y la vida misma. Salimos a manifestarnos en virtud de un uso esquizoide de la libertad que la naturaleza no nos concede. Que la Virgen Santísima de la Salud nos ampare del bicho, que de la insensatez ya nada nos arregla. Poco nos pasa.

La desobediencia civil no era esto, que diría Thoreau. Y la de la libertad es una lucha para el medio plazo; de ahí para el norte. Lucha permanente que en la previa exige reflexión y grandes dosis de verdadero compromiso: la libertad es, a veces, la de los otros, para que también sea nuestra.

Esta energumenidad noctámbula de fuego a los contenedores y pillaje se alimenta de la incertidumbre ya doméstica que somos incapaces de digerir. Quienes nos recogemos antes de las once; quienes, probablemente, hemos recortado en besos y abrazos de un tiempo a esta parte, ya no somos libres. Pero no porque a golpe de decreto vayamos en noria todo el rato, sino porque los libres, de la estirpe de los ‘por una grande y libre’, despliegan puentes entre la feroz dentadura del innombrable y nuestros pulmones. Al tiempo, y por si no quedase lo suficientemente claro, le hacen la fontanería al fascismo: tercera fuerza política en la representación de las españas. Contamos con la fortuna de vivir una época en la que se impone la frivolidad en el discurso y una vacua narrativa; la fortuna de que nada importe realmente: el mal siempre es relativo. El marketing se desayunó la filosofía.

Escribió mi amigo, el poeta Gil de Biedma, que ‘De todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España,/ porque termina mal’. Y aunque resulta augurio aventurado, son versos propios al sentir cuando la realidad despierta a golpes a nuestra sociedad. ‘Tristes guerras, si no es amor la empresa’ cantaba Miguel Hernández, ‘tristes, tristes’.

¿A qué hacer una guerra, ya sea ideológica, cuando nuestro peor enemigo se sienta a nuestra mesa y en nuestro sitio y es padre o madre de nuestros hijos y es quien conduce nuestro coche y es la última persona con quien hablamos justo antes de cerrar los ojos para dormir?

Vivir es nuestro derecho fundamental. Hacer, en la manera de conducirnos, que los demás también puedan hacerlo es nuestro deber. Aquí no hay más prohibición que la impuesta por la voluntad de seguir vivos y no muertos, que los demás también puedan hacerlo. La premisa de la negación, seguida de un vandalismo dirigido por los herederos ideológicos de quienes ya una vez -y no hace tanto- nos arrebataron la libertad, ya es prueba suficiente.

La ignorancia es real. Y lo mismo nos pone dos metros bajo tierra antes de que lo haga un bicho cabrón. Que de estupidez también se muere uno, ya sea llegando a los ochenta.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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