Moscú en la red: la nueva injerencia rusa

por Jorge Tamames


Moscú cuenta con armas digitales y no muestra reparos en emplearlas para desinformar, espiar y sabotear a sus rivales. Sus acciones en el ciberespacio, supeditadas a los intereses de la política exterior rusa, no son diferentes a las de potencias como China o EE. UU., pero amenazan con causar inmensos daños colaterales.


Uno de los aspectos más destacados del enfrentamiento actual entre Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos tiene que ver con las acciones de Moscú en el ciberespacio. Ya sea mediante la manipulación en redes sociales o el hackeo de sistemas informáticos, el Gobierno de Vladímir Putin parece haber adquirido una capacidad sorprendente para desestabilizar a sus rivales mediante acciones digitales.

¿Cómo de real es esta percepción? Tanto los informes de la OTAN como la propia doctrina de seguridad rusa inciden en que las herramientas digitales del país sirven para complementar sus iniciativas políticas o militares. No nos encontramos, por lo tanto, con un ejército de bots y hackers —más propiamente, crackers— sembrando el caos a destajo, sino con acciones en apariencia limitadas y previsibles. En el terreno digital, sin embargo, estos ataques causan daño colateral al propagarse y golpear a terceros países, empresas e individuos. El resultado es una estrategia impredecible y alarmante.

Para entender su funcionamiento, conviene establecer en primer lugar qué es posible en el terreno digital. Las acciones agresivas de los Estados en el ciberespacio entran en tres posibles categorías: subversión, espionaje o sabotaje. En general, ninguna de ellas se consideraría un acto de guerra en el mundo real, por lo que no es útil entender las acciones digitales de Rusia como ataques militares, por más que los tertulianos insistan en ello. Estas tres categorías sirven, además, para examinar el conjunto de operaciones que Rusia desarrolla en el ciberespacio.

Subversión y manipulación

En el terreno de la desinformación, Rusia parece jugar con ventaja, atendiendo al supuesto éxito de sus campañas de noticias falsas. Moscú acumula un historial de hitos propagandísticos que se remonta a la publicación en 1902 de Los protocolos de los Sabios de Sion por la Ojrana —la policía secreta del zar—. El interés de este libelo radica en que deformaba las ideas de gobernanza internacional popularizadas durante aquella época para presentar su triunfo como una distopía antisemita. La Unión Soviética también adquirió experiencia afilando las contradicciones de sus rivales —por ejemplo, el racismo de la sociedad estadounidense—. Pero nada de esto implica que Rusia esté mejor capacitada para desinformar o subvertir. Tradicionalmente, la percepción de Putin ha sido la contraria: con Occidente exportando sus valores liberales a través de fundaciones, activistas, instituciones multilaterales e internet, Rusia y su vecindario quedaban expuestos a “revoluciones” aparentemente espontáneas, pero apoyadas de manera más o menos encubierta por EE. UU.

La desinformación tampoco es un monopolio ruso: EE. UU. ha promovido noticias falsas en un sinfín de ocasiones. La cobertura de medios de comunicación subsidiados por el Gobierno ruso, como Russia Today (RT) o Sputnik, no es diferente a la propaganda que promueve la estadounidense Radio Free Europe —solo bastante más tosca—. Incluso el uso de campañas en redes sociales para acosar a críticos y manipular la opinión pública es común entre cada vez más Estados.

En Rusia, la Agencia de Investigación en Internet (IRA por sus siglas en inglés) se dedica precisamente a estas campañas de desinformación y acoso. Esta institución —más bien una granja de troles— saltó a la luz en junio de 2015 cuando The New York Times informó sobre su actividad frenética en San Petersburgo: la IRA propagaba falsas alarmas en EE. UU., mentiras sobre la crisis de Ucrania o el asesinato del liberal ruso Borís Nemtsov y escándalos ficticios para incitar a la islamofobia. Recientemente, se la ha vinculado también con las intervenciones de bots rusos en la campaña pro-brexit y las elecciones presidenciales estadounidenses.

Actividad en Twitter de troles vinculados a la IRA entre 2015 y 2018. Fuente: FiveThirtyEight

Uno de los principales retos en el ciberespacio es la atribución de responsabilidades, y el caso de la IRA no es una excepción. Financiada por el magnate putinista Yevgeny Prigozhin, la agencia se encuentra en el punto de mira de Robert Mueller, el fiscal especial que investiga la presunta colaboración entre la campaña de Donald Trump y los servicios de inteligencia rusos. Por otra parte, lo que Mueller de momento no ha encontrado es un vínculo directo entre la agencia y el presidente ruso –una conexión casi imposible de demostrar desde EE. UU., que permite a Putin negar cualquier tipo de implicación en el escándalo.

La IRA se creó en 2011 —año en que una ola de protestas convenció a Putin de que EE. UU. pretendía desestabilizar Rusia— y ha aumentado su actividad a medida que crecía la tensión entre Moscú, Washington y Bruselas. No deja de ser irónico que el régimen ruso, pretendidamente asfixiado por la apertura y transparencia que proporciona internet, haya sabido utilizar a su favor a los gigantes de Silicon Valley, a los que el Partido Demócrata agasajó. Como mostró el escándalo de Cambridge Analytica, la actual estructura de las redes sociales, dominadas por oligopolios que buscan maximizar ingresos publicitarios, las convierte en el vehículo idóneo para realizar campañas de desinformación. Moscú habría realizado una suerte de contragolpe discursivo, usando contra Washington las mismas plataformas y sistemas de comunicación que este ha popularizado durante las últimas décadas. Una maniobra similar a la que realizó la policía zarista hace ya más de un siglo, pero con mayor éxito.

El ciberespionaje ruso

El siguiente conjunto de acciones en orden ascendente de agresividad consistiría en emplear internet para espiar y exponer a posibles rivales. De nuevo, terreno trillado para cualquier gran potencia. Aunque Rusia ha destacado en operaciones particulares de hackeo, el país aún no ha establecido una estructura de vigilancia masiva tan imponente como las de Estados Unidos o China.

En el pasado, las acciones rusas de ciberespionaje han estado alineadas con la consecución de objetivos nacionales. Es el caso de la Operación Armagedón, así llamada por la firma que se encontró en el código del malware —‘programa malicioso’— empleado. El proyecto, que buscaba adquirir información sobre líderes políticos y militares ucranianos, se lanzó a mediados de 2013, cuando Ucrania firmó un acuerdo de asociación con la UE que incluía cláusulas de defensa y política exterior —y que Rusia, comprensiblemente, interpretó como una amenaza—. El objetivo era obtener información militar que fortaleciese la posición rusa en el caso de que estallase un conflicto armado entre ambos países, como ocurrió a principios del año siguiente. De hecho, Ucrania se ha convertido en el conejillo de indias de las armas digitales rusas, que tras su despliegue en el país tienden a propagarse internacionalmente.

Otro caso destacado es el de Agent.btz. Entre 2008 y 2011, un gusano informático con ese nombre, transmitido a través de un USB perteneciente a un militar estadounidense en Oriente Próximo, logró acceder a la red de comunicación interna del Pentágono. Desde allí comenzó a extraer información confidencial del Mando Central del Departamento de Defensa y transmitirla de vuelta —a Rusia, según las hipótesis de los servicios de seguridad estadounidenses—. Una vez detectado, eliminarlo exigió 14 meses de trabajo. Agent.btz estaba ligado a una operación mundial de ciberespionaje —conocida como Turla— enfocada principalmente a Europa y Oriente Próximo. En los años posteriores a su descubrimiento, se esparció por el resto del mundo, con especial incidencia en Rusia, España e Italia. El éxito del gusano motivó que EE. UU. redoblase sus esfuerzos defensivos y ofensivos en el ciberespacio.

Cantidad de usuarios infectados por el gusano entre 2011 y 2013. Fuente: Kaspersky

Jorge Tamames

Madrid, 1989. Analista de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por Brown University, Máster en Economía Política y Comunicación en Fletcher (Boston). Vive entre EE. UU. y España; escribe sobre el primer país en Política Exterior y sobre el segundo en Jacobin Magazine.

@Jorge_Tamames

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