¿Marcará la Copa Mundial Femenina 2019 un punto de inflexión para reducir las desigualdades de género en el fútbol?

La delantero noruega Ada Hegerberg, una de las mejores jugadoras del mundo, decidió boicotear la competencia internacional para expresar su desacuerdo con su federación. Con 23 años, la deportista se ha convertido en una de las principales figuras en la lucha por la igualdad de género en el fútbol
Sarah Koskievic

Francia acoge este mes el Mundial de Futbol femenino, organizado por la FIFA, la Federación Internacional de Fútbol y la Federación Francesa de Fútbol (FFF). Ambas federaciones llevan meses difundiendo las medidas acometidas para reducir las desigualdades entre hombres y mujeres en el fútbol, especialmente en Francia: la acogida de las nuevas titulares en mejores condiciones, la fidelizacion de las antiguas permitiéndoles entrenar adecuadamente y participar en los procesos de decisión, la organización de más campeonatos y el compromiso de retransmitir los partidos por televisión para aumentar la visibilidad de las mujeres en este deporte.

Pero, ¿hay de verdad avances hacia el reconocimiento de este deporte como una profesión que ofrece las mismas oportunidades a las mujeres que a los hombres y hacia la transformación de su imagen pública? Francia, como anfitriona de la edición de 2019, debía hacerse estas preguntas ya que, inevitablemente, estará bajo la lupa de la prensa internacional a lo largo de todo este mes de junio.

Roma no se construyó en un día, ni tampoco la feminización del fútbol francés; pero en el seno de la FFF, todos coinciden en que, en los últimos años, ha habido un «cambio de era en el lado femenino». «Todo cambió cuando Noël Le Graët se convirtió en 2011 en presidente de la Federación Francesa de Fútbol», recuerda Annie Fortems, pionera del fútbol femenino. Aunque la FFF cuenta con una división femenina desde los años setenta, los dirigentes del fútbol francés no se interesaron de verdad por desarrollarla hasta 2012, con la aplicación de un plan de feminización del fútbol en Francia.

Aunque cerca de 160.000 francesas practican este deporte en clubes, menos de 200 de ellas tienen a día de hoy un contrato (la mayoría, a tiempo parcial) y, por lo tanto, reciben un salario. Cobran una media de 2.400 euros (hay grandes disparidades entre jugadoras), mientras que los jugadores de Primera División superan, por término medio, los 100.000 euros brutos mensuales.

La inexistencia de una liga profesional femenina en Francia explica en gran medida esta disparidad, pero Annie Fortems cree que las cosas podrían cambiar después de este Mundial. «En Francia, se ha producido una alineación planetaria única, que nunca antes se dio y nunca más se volverá a repetir: el hecho de que el Mundial se celebre aquí, que los políticos apoyen a la FFF, que los medios de comunicación hablen de ello todos los días, que los patrocinadores sigan a las futbolistas… Todos los elementos han coincidido».

Desde que asumió su cargo en 2014, Frédérique Jossinet, responsable del desarrollo del fútbol femenino en la FFF, trabaja activamente para este Mundial. «Hay mucho más en juego que lo deportivo. Lo que queremos es tener repercusión para instalar definitivamente el fútbol femenino en todo el país y en el extranjero ¡y que se deje de hablar de fútbol femenino y se hable de fútbol, sin más!”.

La piedra angular de este entusiasmo reside en que Francia es el país anfitrión [como lo fue en 1998 para el Mundial masculino]: «Lo vivimos en el 98 con los hombres, para avanzar, es importante que transcurra aquí, para recibir más recursos económicos», añade Frédérique Jossinet. De hecho, además de los ingresos de la venta de entradas para los 52 partidos de la competición y la venta de productos derivados, los derechos de retransmisión televisiva (que han aumentado considerablemente desde la última edición de 2015) podrían aportar una ganancia inesperada a los proyectos destinados a ampliar la práctica futbolística entre las mujeres. Sobre todo porque la FIFA espera franquear el récord de los 1.000 millones de espectadores y, si esto se confirma, los patrocinadores no tardarán en llegar.

Disparidades aún demasiado presentes

La generación de beneficios solo será positiva para el deporte femenino si este logra atraer inversiones. El 1 de junio, la noruega Ada Hegerberg, una de las mejores jugadoras del mundo, ganadora del Balón de Oro en 2018, tomó una decisión que retumbó como un trueno: renunció a participar en el Mundial de Futbol para denunciar el sexismo en el fútbol y la falta de oportunidades de las jugadoras.

Una decisión personal y política que adoptó tras dos años de conflicto con los dirigentes del fútbol noruego. Tras la derrota en la Eurocopa 2017, criticada por los medios de comunicación de su país, Ada Hegerbeg, la niña bonita nacional, declinó participar en la selección e inició una batalla por la igualdad de género en su federación. «Soy noruega y estoy muy orgullosa de serlo. No represento a mi federación, pero sí a mi país. Es difícil tomar una decisión así, pero es aún más difícil no ser coherente conmigo misma y con mis valores», dijo. Estos acontecimientos recuerdan a los ocurridos en 2017 en Brasil, cuando varias jugadoras profesionales dieron un portazo a la Seleção nacional para dejar patente su frustración por la falta de consideración que les mostraba la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF).

La federación noruega acabó reaccionando y decidió alinear los salarios de las atletas femeninas con los de los hombres. Gracias a ello, los salarios femeninos se duplicaron y sus homólogos masculinos consintieron una disminución de su bono anual. ¡Toda una novedad mundial!

A pesar de este logro, Ada Hegerbeg decidió permanecer fuera de la competición, ya que todavía cree que «queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de las mujeres que juegan al fútbol».

Poner el foco en las desigualdades salariales que persisen en Francia es como dejar a un gato entre las palomas. En su libro Pas pour les filles? (¿No es para niñas?), la exjugadora francesa Mélissa Plaza nos dice: «En cuanto menciono las diferencias salariales, me responden que los hombres ofrecen un espectáculo rentable y atractivo, mientras que las mujeres, lejos de llenar los estadios, sólo atraen a un público informado». Aún queda un largo camino por recorrer, pero las jugadoras cada vez se implican más en la lucha por su mayor reconocimiento.

En Estados Unidos, por ejemplo, actual campeona del mundo, las futbolistas se han embarcado en una batalla legal. En la portada de la revista Time del 3 de junio, Alex Morgan, capitana del equipo estadounidense, denuncia la «discriminación sexista institucionalizada basada en el género» que sufren las jugadoras. Las mujeres ganan, de media, un 40% del salario de los hombres. En la demanda colectiva que presentaron en marzo, denuncian que su federación pagó 4,7 millones de euros en primas a la selección masculina por haber alcanzado los octavos de final en el Mundial de Brasil, en 2014, mientras que por su victoria de 2015, la primera en el campeonato mundial, las jugadoras recibieron sólo 1,5 millones de euros en primas.

La queja de las tricampeonas del mundo no se limita al dinero, denuncian también sus condiciones laborales. En noviembre de 2016, las estadounidenses ya habían presentado una queja ante la Comisión Estadounidense para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo, acusando a su federación de violar las leyes que velan por la igualdad de remuneración entre los hombres y las mujeres. Llegaron a un acuerdo en abril de 2017 y obtuvieron un aumento del 30%.

En Australia, las jugadoras de la selección nacional acaban de lanzar una campaña dirigida contra la FIFA para denunciar la colosal diferencia entre sus primas y las que reciben los hombres. Apoyadas por el sindicato representante de las selecciones nacionales de Australia femenina y masculina, la Professional Footballers Australia (PFA), las jugadoras reivindican un aumento de la dotación (64 millones de euros en lugar de los 33 millones de euros previstos). El portavoz de la PFA, Julius Ross, a preguntas de Sports Illustrated respondió:

«Esta es la primera etapa de un procedimiento judicial. La PFA informó a un eminente equipo jurídico con amplia experiencia en derecho laboral, discriminación, conflictos salariales por motivos de género y derechos humanos. Creemos que la FIFA tiene la obligación estatutaria de mediar y arbitrar en este asunto».

Esta lucha está inspirada en la de las jugadoras escandinavas. En octubre de 2017, el equipo femenino danés inició una huelga que culminó con la cancelación de un partido de clasificación contra Suecia. ¿La razón? Reprochaba a su federación no ofrecerles unos salarios razonables para cumplir sus compromisos con la selección nacional y reclamaron la firma de un convenio colectivo. Recibían una media de 1.460 euros al mes. Al boicotear este partido, el equipo danés logró un aumento salarial… aunque comprometió su participación en el Mundial de 2019.

La lucha contra los prejuicios sexistas

Además de la cuestión de su reconocimiento profesional, también hay que trabajar, sobre todo desde los medios de comunicación y la publicidad, para que el fútbol femenino se libere de clichés y prejuicios. Aún es frecuente escuchar expresiones como «deporte lésbico», jugadora «demasiado musculosa para una chica», demasiado «marimacho» o que «el fútbol no es para chicas».

Para combatir los estereotipos, las jugadoras alemanas han decidido recurrir al humor. Con un video clip ampliamente difundido, el equipo ocho veces campeón de Europa pregunta al público si al menos conoce sus nombres, ironiza por haber recibido como recompensa por su excepcional actuación… ¡un juego tazas de té! Y bromea sobre la virilidad exacerbada de los hombres y admiten que no buscan ejemplos a seguir entre ellos, sino entre ellas mismas. Su mensaje es claro: el fútbol es «su» juego.

No obstante, para algunos, este mes de competición puede romper algunas ideas preconcebidas, pero será imposible escapar de los viejos clichés. Adèle Bellange, directora del podcast L’Olympiade Femelle, que combina feminismo y práctica deportiva, relativiza el evento, porque también «aumentará los clichés vinculados a la feminidad».

«Se esperará que las jugadoras respeten ciertos códigos: pelo largo, aretes, maquillaje. Deberán tener un aire femenino según las expectativas sociales. Una vez más, se pondrá de relieve el cuerpo de las mujeres: sus resultados deportivos, por sí solos, no son suficientes. Las jugadoras, y en general el fútbol femenino, se ’glamourizarán’».

Un precio inevitable quizás para complacer a los anunciantes, que no estaría demás que revisaran sus códigos de marketing.

Lo mismo ocurre con Verónica Noseda, una activista contra el sexismo desde la asociación Les Dégommeuses, fundada en 2012 por jugadoras de fútbol que trabajan con jóvenes en París para concienciarles sobre los mecanismos sexistas y homófobos en el deporte. «Hay una exhortación a la feminidad», dice sin rodeos. «Para justificar el uso de tacos, se espera de las jugadoras que sean hiperfemeninas fuera del campo», añade. Un ejemplo de esto lo tenemos en la reciente foto oficial de la selección brasileña, en la que las jugadoras cruzan las piernas con elegancia.

Sin duda, las cosas van mejorando, pero sigue habiendo mucho en juego. Para las futbolistas profesionales, el Mundial será ante todo una oportunidad para demostrar que merecen que se las tome en serio. Por esta razón, el mensaje que repiten todos los equipos es que tienen la intención de mostrar todas sus habilidades de juego, y que los salarios y la atención del público solo serán su merecida recompensa.

 


Sarah Koskievic es una periodista independiente. Ella vive entre París y Tel Aviv. Ha escrito en VICE, Les Inrocks y Slate.

 

Twitter: @RouletteRousse


Este artículo ha sido traducido del francés por

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