Manuel Villegas o el burro delante para que no se espante

El consejero de salud de la Comunidad de Murcia, Manuel Villegas. EFE/Marcial Guillén/Archivo
por Pedro Iniesta Ruiz

 

La Región de Murcia ha sufrido sonrojos vergonzantes perpetrados por toda clase de presuntuosos, torpes, incapaces, necios y estúpidos que, buscando la patrimonialización de las instituciones para galopar como terratenientes por su cortijo, han ido dejando un erial infecto a su paso. Así, anoche nos acostamos sabiendo que el Consejero de Sanidad de Murcia, el “ilustrérrimo” Manuel Villegas, se había vacunado contra la Covid junto con otros altos cargos de su departamento y, para más inri, junto a su propia esposa. No en balde, las declaraciones recogidas en los medios reflejaban que “allí se vacunaba todo el que quería”.

Durante estos meses, muchos murcianos han tenido que dar sepultura a sus seres queridos porque no pudieron sobreponerse a esta maldita enfermedad que nos preocupa y ocupa sin cese ni desistimiento. Todos ellos viven hoy con amargura el ultraje de su gobierno en relación con Villegas, pues ha sido cómplice de sus actos y protector de su delito.

Villegas, médico de profesión fuera de ejercicio, debería ser más sensible, si cabe, al drama que viven los pacientes murcianos, pero su frialdad, su gelidez macabra y sus ínfulas de caudillo han procurado a este fresco, como diríamos en la huerta, una sensación de impunidad que ha servido de pretexto para salvarse frente a quienes más necesitan del auxilio público. Para salvarse él y para salvar a su esposa, porque un matrimonio que engaña, oculta y defrauda unido, permanece unido.

En la galardonada película de Titanic, uno de sus personajes logra subir a un bote salvavidas mintiendo y diciendo que es un padre viudo de un niño que se acaba de encontrar. Miente, manipula y utiliza a todos para conseguir ponerse a salvo, y lo consigue. Ese malnacido, que dejaría en el barco hundiéndose a personas más necesitadas, bien podría ser el infame que sigue manchando nuestra Región permaneciendo en su cargo.

Pero no se equivoquen, este miserable no es el culpable. El problema no es que haya un ser desnortado a los mandos sino que sus superiores directos lo permitan. El primero, López Miras, probable conocedor y cómplice de este sujeto al no cesarlo con carácter inmediato. El segundo, Don Teodoro, Secretario General del PP, murciano insigne, por escupir huesos de oliva, y cuya dejación de funciones es solo imputable al nivel subterráneo de su encefalograma político. Y el tercero, Pablo Casado, un hombre cuyos actos lo acercan mucho más a las “ayusadas” que a la decencia.

Por su parte, Ciudadanos ha urgido la dimisión del vacunado sin anunciar si romperá o no el acuerdo de gobierno en caso de persistir Villegas en su empecinamiento, haciéndose así cómplice de este y rehén de su incoherencia. Una vez más, en la política, los actos no se compadecen con las palabras; una vez más, los ciudadanos nos sentimos huérfanos de nuestros gobernantes en la Región.

Es por todo eso que la ciudadanía murciana reclama de manera unánime, con contadas excepciones de fanáticos y sectarios exacerbados por su propio delirio, la dimisión o cese del vacunado y esposa, que ostenta una Dirección General. Este reclamo es una necesidad democrática, una exigencia ética y un imperativo de dignidad. Los murcianos conocemos la huerta y sus dichos populares; y nos hemos hartado de que el burro vaya delante para que no se espante.

La Región de Murcia ha sufrido sonrojos vergonzantes perpetrados por toda clase de presuntuosos, torpes, incapaces, necios y estúpidos que, buscando la patrimonialización de las instituciones para galopar como terratenientes por su cortijo, han ido dejando un erial infecto a su paso. Así, anoche nos acostamos sabiendo que el Consejero de Sanidad de Murcia, el “ilustrérrimo” Manuel Villegas, se había vacunado contra la Covid junto con otros altos cargos de su departamento y, para más inri, junto a su propia esposa. No en balde, las declaraciones recogidas en los medios reflejaban que “allí se vacunaba todo el que quería”.

Durante estos meses, muchos murcianos han tenido que dar sepultura a sus seres queridos porque no pudieron sobreponerse a esta maldita enfermedad que nos preocupa y ocupa sin cese ni desistimiento. Todos ellos viven hoy con amargura el ultraje de su gobierno en relación con Villegas, pues ha sido cómplice de sus actos y protector de su delito.

Villegas, médico de profesión fuera de ejercicio, debería ser más sensible, si cabe, al drama que viven los pacientes murcianos, pero su frialdad, su gelidez macabra y sus ínfulas de caudillo han procurado a este fresco, como diríamos en la huerta, una sensación de impunidad que ha servido de pretexto para salvarse frente a quienes más necesitan del auxilio público. Para salvarse él y para salvar a su esposa, porque un matrimonio que engaña, oculta y defrauda unido, permanece unido.

En la galardonada película de Titanic, uno de sus personajes logra subir a un bote salvavidas mintiendo y diciendo que es un padre viudo de un niño que se acaba de encontrar. Miente, manipula y utiliza a todos para conseguir ponerse a salvo, y lo consigue. Ese malnacido, que dejaría en el barco hundiéndose a personas más necesitadas, bien podría ser el infame que sigue manchando nuestra Región permaneciendo en su cargo.

Pero no se equivoquen, este miserable no es el culpable. El problema no es que haya un ser desnortado a los mandos sino que sus superiores directos lo permitan. El primero, López Miras, probable conocedor y cómplice de este sujeto al no cesarlo con carácter inmediato. El segundo, Don Teodoro, Secretario General del PP, murciano insigne, por escupir huesos de oliva, y cuya dejación de funciones es solo imputable al nivel subterráneo de su encefalograma político. Y el tercero, Pablo Casado, un hombre cuyos actos lo acercan mucho más a las “ayusadas” que a la decencia.

Por su parte, Ciudadanos ha urgido la dimisión del vacunado sin anunciar si romperá o no el acuerdo de gobierno en caso de persistir Villegas en su empecinamiento, haciéndose así cómplice de este y rehén de su incoherencia. Una vez más, en la política, los actos no se compadecen con las palabras; una vez más, los ciudadanos nos sentimos huérfanos de nuestros gobernantes en la Región.

Es por todo eso que la ciudadanía murciana reclama de manera unánime, con contadas excepciones de fanáticos y sectarios exacerbados por su propio delirio, la dimisión o cese del vacunado y esposa, que ostenta una Dirección General. Este reclamo es una necesidad democrática, una exigencia ética y un imperativo de dignidad. Los murcianos conocemos la huerta y sus dichos populares; y nos hemos hartado de que el burro vaya delante para que no se espante.


Pedro Iniesta, colaborador de La Mar de Onuba,  es Filólogo Graduado en Lengua y Literatura españolas por la Universidad de Murcia. En la actualidad es profesor en la Universidad de París X.
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