Leonarda Amurallada

Leonarda, chacha de mi infancia, decía que quien te hacía llorar ,te quería…

Me juzgaba por mi orgullo, diciendo que alguien vendría y me enseñaría los callejones del dolor, a pie y sin zapatos. Ella tenía un marido que masticaba coca y desde el verdor insano de sus dientes le decía que la quería. Leonarda sabía que sus hijos, el sol, los manantiales, las llamas y todos los paisajes llenos de un volcán no se comparaban con esa palabra: “Te quiero…”

¡Ay mi Leonarda amurallada! no querías lavarte todo el día para oler a él y a sus olores de campo abierto y resignación cerrada
Cuando entraba en la cocina de la casa, Leonarda brillaba como una luciérnaga en pleno día, sus trenzas arrebataban cualquier imagen de la alegría. Ella santificada y tocada por un dios particular llenaba de cantos y risas extrañas los calderos y los pucheros de mi infancia. Ella, mi Leonarda, decía que los hombres aunque te hicieran llorar coronaban de certeza todas las dudas de las mujeres.

Qué manera de recordarte ahora mi Leonarda amurallada. No querías aprender a leer porque te iban las palabras a abrir unas puertas que te podrían destinar a la soledad. No querías viajar porque tu hombre podría irse con otra. No querías ni siquiera asumir tu pobreza porque la única riqueza existente eran los ojos turbios de tu señor! !Ay mi Leonarda amurallada¡ no querías lavarte todo el día para oler a él y a sus olores de campo abierto y resignación cerrada.

Mira que la vida ahora desde esta madrugada te viene a traer prestidigitadora y adivina. Ahora que me han encerrado en esta nave de cristal y veo los olivos como miraban seguro las princesas las oscuridades desde una atalaya. Ahora que me trajeron y me dijeron que el amor era la mayor de las tristezas, sin embargo, quien no las bebe , queda ciego de la verdad toda una eternidad.. .

Y uno se envenena y uno se resigna. Y se estrella contra los cristales de la ilusión y se vuelve brillante, pero etéreo, cuando lo quieren de verdad. Y se vuelve oscuro y concreto cuando lo dejan de querer. Que suerte Leonarda cuando los soldados dijeron que tú marido se había enrolado en una revolución de pacotilla y trajeron su cuerpo lleno de moretones y con un balazo en la cabeza. Que suerte que le viste así, lleno de su gloria y de sus sueños carcomido. Viuda y gloriosa supiste después que la soledad no existe si te soportan los recuerdos como columnas para no dejarte caer…

Aquí nada cambiará, aquí, los insultos y el temor llenan mis manos y mis lunas interminablemente. Aquí soy un “sudaca de mierda”, ya no un Dios Inca. Aquí me miden por lo que pierdo, nunca por lo ganado. Aquí mis sombras tragan cada noche mis recuerdos y ningún volcán me da tanto pavor como la soledad que me tocará después…

Del Libro “Cantando en Papel” Ediciones en Huída

Artwork Isabel Chiara

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