Las vacaciones de los pobres

por Carmen Martín

 

 

Asistimos a una circunstancia inusitada en la era en la que vivimos, pobres y ricos deben quedarse en casa incluso en Semana Santa. Este año no hay zapatos que estrenar, ni complementos que ponerse, ni bocadillo de nazareno ni contrato de 10 días; el coronavirus nos mantiene a todas en casa, sin apenas poder salir, sin “disfrutar de las vacaciones”.

Pero no seamos ilusos, las vacaciones son para quienes tienen un trabajo bien remunerado y estable, solo esas personas tienen el privilegio de poder pasar unos días en un hotel, una casita rural o urbana. Eso no es para la mayoría de los mortales, ya ni digamos un destino exótico.

En Andalucía la una tasa de riesgo de pobreza y exclusión social es del 38,2% de la población, en 2018 según el INE, que se traduce en la escalofriante cifra real de 3.218.886 personas y mucha gente cobrando el Salario Mínimo Interprofesional a media jornada, os digo yo que la mayoría no puede disfrutar del fin de semana o de las vacaciones idílicas que salen en los anuncios de Canal Andalucía Turismo de Canal Sur TV, que tienen ropa para todas las circunstancias y dinero para ir llenar el tanque de gasolina para ir a cualquier sitio y quedarse en un hotel.

Nada más lejos de la realidad. Una, que vive en la costa onubense, sabe que es poca la gente que sale de vacaciones alguna vez en su vida; la causa se llama Precariedad (con “P” mayúscula), porque aquí, cuando se acaba la campaña de los frutos rojos mucha gente pasa, automáticamente, a trabajar en la hostelería y, en el periodo que va desde el fin de las vacaciones hasta el inicio de la campaña en el campo, se cobra la prestación por desempleo, con suerte, porque el régimen agrario y el general son “problemáticos” para cobrar el paro. Y si por fortuna, te has hecho un “colchoncito” durante ese tiempo,  ni se te ocurre tocarlo, porque vienen el alquiler o la hipoteca, la vuelta al cole, el seguro del coche, y las navidades, y quizá haya que cambiar algún electrodoméstico o mueble la casa, o porque al niño hay que ponerle braquets.

La cuestión es que siempre hay circunstancias que impiden a los pobres -recordemos que son más de 3 millones de personas sólo en Andalucía- hacer uso del tiempo de manera semejante a la de la gente acomodada, porque cuando tienen algo de dinero no tienen tiempo y, cuando tienen tiempo, no tienen dinero. Los precarios y precarias andaluces no tienen vacaciones, tienen paro. Y no van de viaje, como mucho salen a dar un paseo o con suerte van a la playa entre turno y turno de trabajo; quizás un día sacas la casa por la ventana y sales a tapear o a un bar baratito, o te vas al mercado y compras unos gambones y os haces a la plancha en casa. Mucha gente no puede ir a conciertos, restaurantes, chiringuitos ni eventos, ni salir a cenar con sus amigos, ni llevar a sus hijas a clase de violín, ni siquiera a la peluquería cada dos o tres meses, porque por muchas horas que trabaje, ni por muy duro que sea su trabajo, porque son “pobres del siglo XXI”, es decir, gente blanquita y limpia, con educación, móvil y sueldo precario e incluso ocasional, que, para pagar un techo donde dormir se tiene que privar de todo y trabajar para quienes sí pueden hacer el uso deseado de su tiempo libre.

Supongo, que a estas alturas, os preguntareis, ¿Qué tiene que ver todo esto con el coronavirus de marras? Pues mucho, mire usted, en primer lugar porque veo, a través de las redes sociales, a gente quejarse por menudeces, gente que vive, que sale, que viaja y se hace “selfies” en sitios preciosos  los fines de semana, esa gente se lamenta de la situación, de que se está empobreciendo y de que no hay procesiones. En mi humilde opinión, esas personas deben mirar y observar un poco a su alrededor, porque la persona que te lo pone por delante la cervecita, la tapa o el bistec es muy probable que ya esté empobrecida, desde bastante antes que la pandemia ni siquiera surgiera.

Por otro lado está la gente que, independientemente de su capacidad económica, resiste, es resilente y solidaria en esta situación de crisis, gente que no se queja y que da ánimos aunque no sepa que va a pasar el mes siguiente, y no solo durante la pandemia, sino que conviven durante años con la incertidumbre y la precariedad colgadas en su espalda, con el sueldo justito o , en el caso de los autónomos, hartos de pagar impuestos para acabar cobrando una pensión que no llega a mil euros y encimas ni tener derecho a paro y no se quejan. Esa es la gente con la que me quedo, aunque me gustaría que no estuvieran tan acostumbrados a quedarse en casa porque haya que elegir entre ir al supermercado o a un concierto. A ellos nadie les da aplausos ni los llama héroes o heroínas, porque está claro que son supervivientes.

 Nadie le aplaude a diario a un superviviente ni a un desahuciado, pero es posible que a través de esta experiencia podáis sentir como viven  sus “vacaciones” las personas con pocos recursos económicos, porque, si vamos a lo práctico, en poco se diferencia de una cuarentena.


Carmen Martín Carrasco es polítóloga
Acerca de La Mar de Onuba 3527 Artículos
Revista onubense de Actualidad, Cultura y Ocio, editada por AC LAMDO, entidad sin ánimo de lucro inscrita en el Registro de Asociaciones de Andalucía con el número 4318 de la Sección 1. Director: Perico Echevarría - © Copyright LAMDO 2017 / ISSN 2603-817X

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