La revolución de los “chalecos amarillos” revela la fractura social de Francia

RTL informaba de una participación menor de manifestantes de los gilets jaunes en Toulouse el 29 12 2018

El crecimiento promedio de Francia en los últimos diez años ha sido 0,4% anual, y la tasa de expansión potencial (alza con utilización plena de los factores) asciende a 1,5% por año y disminuye a 1% o menos solo a partir de 2020. Mientras tanto, la desocupación es 10% , una de las tres más elevadas de Europa y el nivel más alto de los últimos 20 años, con la particularidad de que no ha estado por debajo de 7% desde 1980.

Todo esto se agrava con los jóvenes y en los suburbios de las grandes metrópolis, ante todo en París. El desempleo es 25% entre los jóvenes de 18 a 29 años, y se duplica en las “banlieues” metropolitanas, donde se cruza con la marginalidad y la ajenidad completas de la juventud de origen árabe. Allí dispara a más de 80%. Estos son rasgos estructurales (“sociológicos”) de la sociedad francesa, que hacen a la identidad de la Francia contemporánea.

Francia posee la mayor presión tributaria de Europa: 46,2% del PIB frente al promedio de 34,2% de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos). La economía francesa fue una de las que más se expandió en los “30 años gloriosos” posteriores a 1948, cuando Europa occidental experimentó el “milagro” del auge simultáneo del producto, la inversión y el empleo, desatado por el “Plan Marshall” (17.000 millones de dólares a precios constantes), con el que EE.UU. rescató un continente devastado por la guerra.

La participación de Francia en el “Milagro” europeo se hizo con una estructura industrial estable, constituida por un sector de grandes empresas, muchas de ellas provenientes de la Primera Revolución Industrial (1780/1840), rápidamente trasnacionalizadas; y un número excepcionalmente elevado de pequeños productores domésticos (10/50 empleados), ajenos a la lógica de la globalización.

Al profundizarse en los últimos 10 años el estancamiento, la diferencia de competitividad/productividad de los dos sectores se transformó en fractura en todos los planos, en primer lugar en el espacial, al contraponerse la hipercompetitividad parisina con el retraso y el vaciamiento de las periferias.

El estancamiento no impidió el desarrollo tecnológico, sobre todo en lo referido a la conexión con el sistema global. Lo que acentuó, y en gran escala, la profunda fragmentación estructural de la economía y de la sociedad francesa.

El ingreso per cápita parisino (17.400 euros mensuales) es tres veces superior al vigente en las regiones de Francia; y París junto con Berlín y Londres se ha convertido en la capital de la innovación y de las “start ups” de Europa.

Hay más de 1.000 “startups” en la “Ciudad Luz”; y el capital de inversión ascendió a 6.000 millones de dólares en los últimos 5 años. Los programadores de la región parisina alcanzaron a 146.000 en 2017, con 36 de las principales trasnacionales europeas asentadas en París, con ingresos por 2.300 millones anuales.

En este contexto, Francia experimenta una situación insurreccional (crisis del Estado), devenida en crisis de autoridad del presidente Macron, que se manifiesta en un creciente vacío de poder, muy peligroso para la estructura social francesa. La movilización generalizada e insurreccional de la base del poder del Estado, que es la baja clase media francesa (“camisas amarillas”/ chemises jaunes), primordialmente periféricas, constituye el otro factor de esta ecuación explosiva.

La característica principal del sistema político francés centrado en el hipercentralismo del Estado situado en París, es la debilidad de las instituciones mediadoras entre la sociedad civil y el Estado sindicatos y partidos políticos, que han desaparecido practicamente ante la insurrección de las últimas cuatro semanas. Es la historia francesa en estado puro: sociedad civil y Estado frente a frente en una situación de ruptura completa de tipo insurreccional.

Todas las contradicciones se han exacerbado en Francia en los últimos 5 años, al desatarse en el mundo una nueva revolución industrial, en que el mecanismo de acumulación se funda en el conocimiento, y ya no más en el capital o el trabajo.

El resultado ha sido que se ha desvalorizado toda fuerza de trabajo que no posea un alto nivel de calificación, relegando a los carentes al ominoso terreno de la completa irrelevancia. El prodigioso pesimismo de los franceses es una apreciación objetiva y racional de la realidad de sus perspectivas de futuro, obviamente oscuras en el entorno global.

En pleno siglo XXI, cuando ha estallado en el mundo entero la cuarta revolución industrial de la historia del capitalismo, Francia experimenta, fiel a su historia, una nueva revolución, la sexta a contar de 1789. Es un indicio nítido de que el mundo ha ingresado en una etapa cualitativamente superior de su destino como sociedad global creada por la revolución de la técnica.

Decía el general De Gaulle que “la única manera de hacer reformas en Francia es a través de revoluciones”…el tiempo y la historia de la República Francesa evidencian esta afirmación.


Francisco Villanueva Navas, columnista económico de La Mar de Onuba, es economista y periodista financiero

@FranciscoVill87

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