La guerra de Crimea

La guerra de Crimea se desencadenó por el expansionismo ruso en la zona balcánica frente al debilitado Imperio turco, terminando por involucrar a las principales potencias europeas occidentales.

Rusia desarrolló a mediados del siglo XIX una intensa política expansiva en los Balcanes, aprovechando la decadencia del Imperio turco-otomano, “el hombre enfermo”, según la conocida expresión diplomática de la época. Por un lado, apoyaba las pretensiones de los nacionalistas eslavos que buscaban independizarse del poder de Estambul y, por otro, buscaba una salida hacia el Mediterráneo. Austria se oponía a este expansionismo ruso porque entraba en colisión con el suyo propio en la zona. Por su parte, Francia e Inglaterra temían que el hundimiento del Imperio turco provocara que Rusia se convirtiera en una potencia hegemónica sin contención alguna y que consiguiera tener presencia en el Mediterráneo, algo que afectaba directamente a sus intereses.

La tensión desembocó en 1853 cuando estallaron las hostilidades entre Rusia y Turquía en la conocida como guerra de Crimea, el único gran conflicto que enfrentó a las grandes potencias entre las guerras napoleónicas y la Primera Guerra Mundial. Francia y Gran Bretaña atacaron la base naval rusa de Sebastopol, en Crimea, iniciando un largo asedio. Mientras tanto, Austria ocupó una serie de territorios en la desembocadura del Danubio, aunque no declaró la guerra a Rusia. A esta guerra se incorporó el reino del Piamonte, porque Cavour pensaba que, apoyando a las potencias occidentales, éstas serían favorables a la causa de la unificación italiana, además de conseguir que la cuestión italiana estuviera presente en los foros internacionales. Ante esta presión y la caída de Sebastopol, Rusia cedió y renunció a sus propósitos expansionistas.

En el Congreso de París (1856) se frenaron las pretensiones rusas de acceso al Mediterráneo y se reconocieron, de hecho, las independencias de Rumanía y de Serbia. El resto de la zona balcánica quedó repartida entre Austria, que controlaría los pueblos eslavos del norte: eslovenos y croatas; y Turquía que seguiría dominando a Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Albania y Macedonia. El sistema internacional diseñado en la época del Congreso de Viena y la Restauración quedó liquidado, ya que Austria y Prusia dejaron de ser aliadas de Rusia. Los acuerdos alcanzados confirmaban, además, el propósito de Francia e Inglaterra de sostener a los turcos para evitar el empuje ruso. Pero este reparto sería cuestionado por los distintos nacionalismos generados en los Balcanes. La Cuestión de Oriente terminaría siendo un foco de tensión permanente y un factor decisivo para el estallido de la guerra mundial.

Por otro lado, la derrota en Crimea provocó un verdadero terremoto en Rusia, ya que los rusos, después de sus victorias contra Napoleón, descubrieron que su Imperio era una potencia militar muy deficiente debido a su retraso industrial y económico, junto con una estructura social obsoleta basada en la servidumbre. Muchos siervos se habían negado a combatir en la guerra. El zar Alejandro II comprendió la necesidad de modernizar económicamente el Imperio y de emancipar a los siervos.


Eduardo Montagut, colaborador habitual de La Mar de Onuba es historiador.

@montagut5

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