Fragilidad entre tinieblas

La fragilidad derivó en lujuria. De ahí surgieron el caos, la destrucción y la muerte.

Cerrando los ojos podremos ver, entre brumas, la silueta macabra de la fortaleza. La niebla nos traslada, húmeda y sigilosamente, al periodo más oscuro y misterioso de la historia de Reino Unido: aquellos años en que los sajones y celtas se enfrentan para controlar la isla. Mientras tanto, el lado oscuro de La Luna se refleja tristemente y se estrangula desangrando leyendas, con paso incierto, por el filo hiriente de  Excálibur.

Un rey que conoce de infidelidad pierde su reino para aquellos que esperan que su reino sea el amor. Ese amor no correspondido porque a quien creyó leal le falló, por esa misma causa, el amor. Y el amor no está en las guerras, ni en las lunas de sangre. Esas lunas que sobre caen, como una pesada losa, sobre la fortaleza de Camelot.

El amor de Ginebra hizo hasta aumentar las cosechas. El campo se resentía con su tristeza. Ahogado en un pozo ciego, donde jamás llegará la luz, Lancelot pudo sentir hasta morir, el sentimiento del que era su rey, aquel al que juró lealtad infinita. El caballero de la Mesa Redonda que se unió, entre tinieblas, a la fragilidad humana, Ginebra… donde el mundo vio perversión. Tras ello, tras el escándalo o, si preferimos, el amor prohibido, hizo que la isla cayera bajo las invasiones de los bárbaros anglos y sajones.

Ginebra y el rey se casan… pero la fragilidad de la condición humana se tiñó de perversión. El error de entregar su amor a un leal de Arturo, de expulsar de la corte al amante de la bruja Morgana. un enredo de circunstancias que los enredan, enredan los sentimientos, enredan los momentos, enredan las pieles, enredan el reino, enredan Camelot. bajo la luna de sangre, ¿será capaz Excálibur de derramar sangre por doquier? Hay un amor que… ni la muerte.

Ginebra, condenada por adulterio, según el mito; Lancelot expulsado del reino. Enemigos que aprovechan sentimientos para fraguar una traición. Pero los entresijos de la leyenda, la historia tal vez mal contada y el mito, sitúan a Ginebra, al final de sus días, recluida en un convento Glastonbury, donde supo de la muerte de Arturo. Y su vida conventual no impidió que viese, una vez más, a Sir Lancelot. El caballero que acabó de ermitaño, también en un convento. Ambos, en vidas anónimas, en silentes lejanías, los que, según muchos, eran la faz de la lujuria. Ellos…

Pasaron años. Lancelot, cayó una noche turbia en las redes de un sueño. Un ángel de alas macabra le ordena que fabrique un féretro y que vaya a Amesbury, donde le espera el cadáver de Ginebra, la reina muerta, la reina que no amó al rey. Para acabar así, el caballero más leal convertido en desleal, que conoció el destierro por amor. Que llevó a quien amó y quien le amó a enterrar junto a aquel que nunca amó. La perversión del amor. Emerge, entre sombras, por siempre, Camelot.



Mari Ángeles Solís 

@mangelessolis1

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