El sueño de la razón

por Eduardo Flores

 

El más difícil todavía ha resultado ser un asalto al Capitolio de los USA. Un más difícil excesivamente sencillo, por cierto. Es así que estrenamos año: haciendo memes por no llorar de puritita barbarie, además de pandémicos. La costura entre el 20 y el 21 de este siglo suena, en forma y contenido, tan espantosa como el Killing me softly de Pitingo.

Curiosamente hace unos días, en el podcast Lo que tú digas, estupendo programa de entrevistas de Álex Fidalgo, escuchaba decir al catedrático de psiquiatría Enrique Baca que Donald Trump no es un enfermo mental. Lo afirmaba con vehemencia. Para ser exactos, dijo que no estaba loco, ‘en paladina defensa de los locos’.

Y sin embargo se mueve, recuerdo que pensé entonces. Sin pretender uno contradecir a quien es doctor en lo suyo, claro. Poco después quiso y pudo matizar para mis orejas con una cita que no sólo me pareció elegante, también brillantemente oportuna, sobre todo, si repensamos los últimos acontecimientos y la forma que ha adoptado su repercusión mediática. La cita es de Julia Kristeva: ‘La posmodernidad se ha olvidado de que la maldad existe’. Ya sea disfrazada de los Village People.

Fue de tal modo que se me vinieron a las mientes un par de signos de interrogación. Una pregunta recurrente. Seguida de una respuesta, ya automática, que no por consoladora es menos desconcertante. He leído mucho sobre el mal y escrito un poco al respecto. Es más, el mal y yo nos hemos mirado a los ojos más allá de lo saludable. Hemos sido compañeros. Nos reconocemos.

Lo ocurrido en La Tierra de las Libertades es el eco de la maldad gritando desde las mismas entrañas de nuestra Historia. El futuro, que nos devuelve al pasado. El sueño americano, vendido (a un coste incuantificable) al mundo en general, y por todo el Occidente muy en particular, como paradigma, es la pesadilla malvada que late en uno de nuestros muchos futuros posibles. Es el sueño de la razón.

No sé cómo decir que, en España, el puente aéreo con el Capitolio tomado por un fulano vestido con una piel de bisonte (cornamenta incluida) se llama VOX. Y es, niños y niñas, el mal.

El mayor error de esta sociedad, la española, en la que la razón -no muy arraigada, por otro lado- ha sido sustituida por el buenismo sin sentido que caracteriza a la burguesía progre que maneja la fontanería de las izquierdas de este país, tan lejos del tajo y sus currelas, ha sido el blanqueamiento del sepulcro que es la forma más avinagrada del neoliberalismo, el viejo fascismo europeo. Esa máscara. No estar intelectualmente protegidos, pese a los medios disponibles, es como irte a Troya, llamarte Aquiles, y ponerte unos modernos calcetines tobilleros. No habría sido tan importante verle las orejas al lobo que fue Hitler como cortarle la lengua viperina a la serpiente Goebbels. Hacerlo por sentido común. Y hacerlo de forma elegante: cambiando de canal, por ejemplo.

Al otro lado del charco todo siempre fue más nuevo. Como la mutación de un virus, más belicoso y más acelerado, el mal, que nunca fue una enfermedad, encontró en el nuevo mundo el cabello zanahorio del poder. Su vehículo preferido. Allá, como aquí, la maldad humana, inyectada en ideología, reclama fieles y torpes cachorros, conductas excesivamente primitivas, que la materialicen sin más fin que el caos por el caos. Estupidez, en definitiva. Eso y que la maldad engendra maldad y, en consecuencia, que la violencia engendra violencia (mi lucidez no alcanza la del poeta y filósofo sueco Thomas Thorild).

La gravedad del asunto es que son demasiados los cachorros e invencible la maldad. Cachorros y perversos poderosos se valen de nuestra libertad, el bien más preciado. Libres, Santiago Abascal y sus secuaces, llegaron a sus escaños. Y libre, Donald Trump, acabó sentado durante demasiado tiempo en la Casa Blanca. Con esa misma libertad, el neoliberalismo más despiadado y destructivo, engalanado con los ropajes propios del Fascio, cabalga de nuevo por Europa. No haberlo visto venir en su trote primigenio fue nuestro error: no llamar a las cosas por su nombre: líneas editoriales coaccionadas por sus propios complejos. Se le atribuye a Baudelaire la ocurrencia: el mejor truco del diablo fue convencer al mundo de su inexistencia.

Mientras escribo esto Twitter ha decido suspender la cuenta de Trump. Lo hace para evitar que pueda propagar mensajes de odio. A buenas horas. Todavía le quedan las televisiones de medio mundo para seguir; y siempre le quedará El Hormiguero. Los cachorros trabajan con nosotros y se acodan en las barras de nuestros bares y chatean en nuestros grupos de WhatsApp.

El pesimismo que me es natural impide que no vea las imágenes del Capitolio como fotogramas ideados por un Francisco de Goya posmoderno. El futuro que nos lleva al pasado. Espero al menos que la fortuna (no se me ocurre entender de otro modo que hayamos llegado al siglo XXI), también en estos tiempos, una vez más, evite que el mal nos rompa del todo los huesos. Que todavía podemos hacerlo peor.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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