El coste del envejecimiento poblacional

por Gemma Roquet


A medida que el mundo se va desarrollando, la esperanza de vida aumenta y hay más población de edad avanzada. Vivir más años es bueno, pero también tiene consecuencias sociales y económicas no tan positivas. Si la dinámica continúa hacia el aumento porcentual de personas mayores, su dependencia hará que peligre la sostenibilidad de los sistemas socioeconómicos.

La pirámide poblacional mundial vive un proceso de inversión que hace que la parte baja —jóvenes— se reduzca mientras las superiores —mayores— van aumentando. Esto demuestra dos cosas: se vive más años y nacen menos niños. De hecho, la esperanza de vida al nacer era de 72 años en 2016, 20 años más que en 1960, mientras que las tasas de mortalidad y de natalidad habían bajado a la mitad. Que exista la posibilidad de vivir más tiempo es un signo de desarrollo ⎯es uno de los parámetros para medir el índice de desarrollo humano⎯, pero esta es una visión tan simple como medir el desarrollo económico teniendo en cuenta tan solo el PIB. Cuando una mayor esperanza de vida no viene acompañada de un aumento en los índices de natalidad, se produce un fenómeno llamado envejecimiento poblacional: la modificación progresiva de la distribución de edades de la población, con un aumento de la proporción de personas de edad avanzada ⎯65 años en adelante⎯ y una disminución de la población joven, que normalmente solo puede ser mitigado con un saldo migratorio positivo.

 

En 1950 en torno a la mitad de la población mundial tenía entre 20 y 64 años —verde—. Conforme esta cifra ha ido aumentando —y se prevé que seguirá haciéndolo—, cada vez es mayor la proporción de personas mayores de 65 años —amarillo— y menor la de menores de 20 años —azul—. Fuente: Study Aids

Por un lado, esta transformación demográfica tiene consecuencias en el mercado de trabajo, porque la población en edad laboral se reduce progresivamente. Si le añadimos que los servicios sociales se financian con las aportaciones de las personas que cotizan y estas cada vez representarán una proporción menor, el sistema de bienestar también se verá afectado. Por otro lado, cuando la proporción de mayores de 65 años aumenta, también lo hace el gasto social, porque se traduce en un mayor número de pensionistas; si esto no se corresponde con la proporción de personas ocupadas, los ingresos de los mayores se ponen en riesgo. Para algunas personas, llegar a esta edad significa tener la oportunidad de estudiar, viajar o tener más tiempo de ocio y para cuidarse, pero esto solamente es posible cuando se goza de buena salud, recursos económicos suficientes y, normalmente, una red familiar y de amigos consolidada. Si, por el contrario, a las situaciones de empobrecimiento se les añaden la dependencia y la soledad ⎯muchas veces no deseada⎯ en las que se encuentran muchas personas en el tramo final de su vida, vivir más años puede convertirse en algo negativo.

La mayoría de los países con índices de desarrollo altos han procurado trabajar para el bienestar de estas personas fomentando no solo vivir más años, sino una calidad de vida en esos años, pero no siempre ha dado sus frutos. Tampoco se puede olvidar que las iniciativas para garantizar servicios que den respuesta a una población envejecida deben ir acompañadas de medidas que mantengan o aumenten la natalidad para asegurar la sostenibilidad de un sistema que permita vivir de forma segura.

Clasificación mundial según la calidad de vida de los mayores de 60 años atendiendo a ingresos, salud, autonomía y relaciones sociales. Fuente: SCCIJ

El envejecimiento en Asia oriental

El envejecimiento poblacional es un reto a escala mundial. Según las proyecciones, en 2030 habrá en el mundo más mayores de 60 años que menores de diez, pero hay disparidades geográficas destacables. La longevidad de un individuo depende en parte de su genética, pero sobre todo de sus hábitos y oportunidades. Por este motivo, mientras que en los países de África subsahariana el porcentaje de mayores de 65 años no llega al 6%, en la Unión Europea prácticamente supone un quinto de la población. Nos encontramos así con países con una población predominantemente joven frente a otros con una población envejecida.

Japón, con un 27% de población de 65 años o más, es el país del mundo con una tasa de envejecimiento mayor. Después del segundo baby boom de los 70, la tasa de natalidad ha bajado drásticamente ⎯la más baja del mundo⎯ debido a la pérdida del deseo de tener hijos, el paternalismo de la sociedad nipona y la competencia en un mundo laboral que no permite conciliar. Asimismo, la esperanza de vida ha aumentado desde entonces, gracias especialmente a los hábitos alimentarios, de ocio y comunitarios de los japoneses. Esto ha llevado a un aumento de la proporción de ancianos frente a la población en edad laboral que pone en entredicho un sistema famoso por cuidar a sus mayores; de hecho, Japón no es el mejor país donde envejecer, sobre todo en términos de autonomía.

Las personas mayores en Japón puntúan alto en relaciones personales —naranja—, seguridad económica —amarillo— y salud —granate— frente a otros países de su entorno —en tonos claros—. La autonomía —verde— sigue siendo la asignatura pendiente. Fuente: Global AgeWatch

Por un lado, en Japón no existen las pensiones sociales. Aquellos que no han trabajado ⎯sobre todo las mujeres, tradicionalmente relegadas a las tareas domésticas y de cuidados⎯ no tienen ingresos y esto lleva a situaciones preocupantes. En las cárceles japonesas, uno de cada cinco presos son personas de edad avanzada y, de estos, nueve de cada diez son mujeres debido a los delitos que cometen deliberadamente para ir a la cárcel. Por otro lado, los cambios en los modelos de familia, que evolucionan hacia estructuras familiares pequeñas o individuales, extienden el problema de la soledad no deseada. Entre 1985 y 2015 el número de personas mayores que viven solas ha aumentado un 600%, lo que explica el nacimiento de negocios que se dedican a vaciar los pisos de los 4.000 mayores que fallecen semanalmente sin familiares o amigos que se puedan encargar de ello.

Frente a estas situaciones, el Seguro de Bienestar a Largo Plazo no es suficiente. Este programa obliga a los mayores de 40 años a pagar primas para poder asumir los costes de los servicios que se ofrecen a las personas de 65 años o más, lo cual les garantiza una vivienda o acceso a los servicios sanitarios, pero no tiene en cuenta cómo afrontar los casos de soledad no deseada o cómo asegurar la sostenibilidad del sistema a largo plazo. Para dar una respuesta, hay que adoptar medidas que disminuyan la brecha laboral de género con el objetivo de evitar que las mujeres tengan que renunciar a su vida profesional y abrir el mercado laboral a personas extranjeras para aumentar la fuerza laboral y garantizar la continuidad del seguro, además de fomentar pensiones sociales y redes de apoyo para personas en situación de soledad y pobreza que promuevan el desarrollo social a cualquier edad.

En Japón esta transformación demográfica está teniendo consecuencias negativas, aunque el país haya tenido tiempo para adaptarse. ¿Qué pasará con aquellos países que, como China, tienen pautas de envejecimiento aceleradas? Para que nos hagamos una idea, en la actualidad hay 125 millones de personas con 80 años o más en el mundo; en 2050 habrá un número parecido de personas de este grupo de edad solamente en China, el país que envejece más rápido. La adaptación a este cambio generacional acelerado plantea grandes dificultades que en el caso chino se explican, principalmente, por dos motivos. En primer lugar, por la política de un solo hijo implementada a finales de los años 70. A pesar del cambio de la limitación a dos hijos en 2015, con una disminución del 3,7% de los nacimientos en 2017, el Gobierno se plantea eliminar esta norma por el temor a perder el gran atractivo del país, la mano de obra, y para evitar una población con importantes desequilibrios en la cantidad de hombres y mujeres. En segundo lugar, esta transformación se explica por la mayor esperanza de vida ⎯de 43 años en 1960 a 76 en 2016⎯ que resultó del acceso asequible a los servicios sanitarios, incluso en las zonas más rurales.

Nacimientos —naranja— y defunciones —verde— en China por cada mil personas. Durante el Gran Salto Adelante el crecimiento natural llegó a ser negativo y la política de un solo hijo ha estancado en las últimas décadas la tasa de natalidad. Fuente: Phoenix7777

Los abortos selectivos en busca de hijos varones durante los 36 años que se prolongó la ley del hijo único han hecho que en la actualidad haya 41 millones más de hombres que mujeres, con la consecuente inestabilidad social y demográfica. En un país que sigue desarrollándose económicamente y donde la clase media todavía tiene que crecer más, no parece que la natalidad vaya a aumentar a pesar del abandono de la restrictiva política. Además, la disminución de la fuerza laboral junto con el incremento de la deuda pública pueden poner en peligro la cobertura de las pensiones ⎯que en la actualidad benefician a un 70% de la población⎯, como ya está sucediendo en algunas provincias que tienen un fondo para las pensiones deficitario. Actualmente, China no es un buen lugar donde envejecer y puede que empeore su situación si no consigue aumentar su población joven para mantener las pensiones y un sistema que asegure el bienestar de los mayores, quienes, por los cambios demográficos, cada vez están menos cuidados por sus hijos.

La experiencia europea

El caso chino es alarmante porque tendrá que adaptarse a esta transformación demográfica en mucho menos tiempo que la región más envejecida del planeta: la Unión Europea. Esta región cuenta con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo ⎯diez nacidos vivos al año por cada mil personas en 2016⎯ y la esperanza de vida más alta ⎯80,62 años en 2016⎯ y en ella los mayores gozan, en general, de buenas condiciones de vida. El descenso de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida hace peligrar aquellos elementos que habían caracterizado a la mayoría de los países de la UE en cuanto al trato a sus mayores y que sea necesario plantear alternativas para la sostenibilidad del sistema de pensiones y del Estado del bienestar.

Población de más de 65 años en Europa. Fuente: Views of theWorld

Italia es el segundo país más envejecido del mundo con casi un cuarto de su población mayor de 65 años. Ello se explica esencialmente por las bajísimas tasas de natalidad, que se unen a una atrasada edad media para tener el primer hijo debido, en parte, a la inestabilidad laboral, la entrada tardía en el mundo laboral y una cultura familiar en la que la mujer se encarga de los cuidados y para ello renuncia, si es necesario, a su carrera profesional, mientras que los hombres participan muy poco en las tareas del hogar. Para el país sureño el futuro es poco esperanzador. El número de mujeres en edad fértil es insuficiente para garantizar el relevo poblacional, a pesar de ser un país a las puertas de África que recibe un gran número de inmigrantes. Si a ello se le añaden políticas restrictivas como las que se impulsan recientemente, no parece que la inmigración pueda revertir la dinámica de envejecimiento.

Por otro lado, Italia se sitúa en la posición 37 según la calidad de vida de sus mayores, por debajo de países como Tailandia, debido a su mal posicionamiento en materia de accesibilidad y autonomía, y la situación será peor para las generaciones futuras. Aquellos nacidos entre los años 40 y 60 están gozando de pensiones altas y jubilaciones a edades razonables. Esto tiene consecuencias para los ciudadanos de entre 30 y 50 años, que pagan impuestos muy altos y tendrán pensiones más bajas. En 2015 los ancianos costaban al Estado italiano el 16% de su PIB, ya que el Estado había asumido políticas para protegerlos en lugar de sostener a las familias y los más jóvenes cuando son estos quienes los mantienen con sus contribuciones y, por tanto, es fundamental darles acceso al mundo laboral para mantener las pensiones y otras ayudas a la población que envejece.

Alemania es otro de los países más envejecidos del mundo ⎯el 21,45% de la población tiene 65 años o más⎯, pero parece que ha afrontado esta transformación incidiendo en el cuidado a los mayores y buscando fórmulas para aumentar las tasas de natalidad. Hoy es el cuarto mejor país para vivir para las personas de edad avanzada. Las pensiones cubren al 100% de la población mayor de 65 años, lo que les da más seguridad económica, pero también supone un gasto social que va creciendo a medida que lo hace la población en esta franja de edad. Para asegurar su mantenimiento, el Gobierno ha optado por ampliar la edad de jubilación sin renunciar a las coberturas ni al líquido que se percibe. El reto es garantizar el bienestar de aquellos que han contribuido menos a las arcas públicas y que sufren situaciones de pobreza en un país donde las pensiones medias son relativamente bajas con respecto a la renta per cápita.

Con el objetivo de aumentar las tasas de natalidad, el país centroeuropeo se diferencia de otros como Italia en el trato hacia la inmigración y hacia las familias, pues ha procurado cambiar las dinámicas demográficas desde todas sus perspectivas y no solo dando respuesta a las necesidades de una creciente proporción de mayores. En primer lugar, Alemania impulsó una serie de reformas en las guarderías que ha permitido una mayor conciliación familiar, con efectos directos en la natalidad. En segundo lugar, facilita desde los años noventa la adquisición de la ciudadanía a los nacidos en el país independientemente del lugar de origen de sus progenitores y, más recientemente, acogió a más de un millón de refugiados provenientes de Oriente Próximo —la mayoría de ellos en edad laboral— con la intención de asegurar el sustento de las pensiones a largo plazo. De todas formas, el baby boom de los nacidos en los sesenta empieza a llegar a la edad de jubilación y es complicado mantener el equilibrio con un aumento tímido de la natalidad.

La edad no importa

Un envejecimiento de calidad. Fuente: OMS

Se prevé que en 2050 el 80% de las personas mayores vivirán en países de ingresos bajos y medianos. Países como China o India tendrán que responder a este cambio en poco más de 20 años, mientras que Francia dispuso de casi 150. ¿Puede tener efectos negativos el envejecimiento de la población? El fenómeno sin duda tiene efectos, pero que sean negativos o no depende de las respuestas que se dan frente a esta transformación y a las necesidades que se derivan de ella. Además, la calidad de vida de las personas en su tramo final dependerá de cómo han vivido los años anteriores, desde la alimentación hasta la exposición a la contaminación o el acceso al mercado laboral. De hecho, uno de los mayores temores de la crisis económica de 2008 fue la forma de hacer frente a una población que se quedó sin trabajo y que verá peligrar sus pensiones el día de mañana.

Algunos Gobiernos han optado por aumentar la edad de jubilación y otros han aumentado los años obligatorios de cotización para tener derecho a una pensión, pero hay que pensar fórmulas que incidan en todas las variables que causan el envejecimiento. Para incrementar las tasas de natalidad se debe facilitar la conciliación mediante políticas de cuidado que eviten que hombres o, sobre todo, mujeres tengan que renunciar al trabajo para cuidar de sus hijos —por ejemplo, garantizar plazas suficientes en jardines de infancia, proveer educación gratuita o adaptar los horarios laborales—. Por otro lado, para aumentar la población activa se debe promover la entrada en el mundo laboral de los más jóvenes y de las mujeres al tiempo que se elimina la concepción negativa de la inmigración, ya que puede retrasar el proceso de envejecimiento al componerse mayoritariamente de personas en edad de trabajar y fértiles, aunque terminarán formando parte de la población de edad avanzada.

Es fundamental que las políticas públicas se dirijan, por una parte, a asegurar el bienestar de las personas mayores y, por otro lado, a facilitar la entrada en el mundo laboral de mujeres, jóvenes e inmigrantes y a fomentar la natalidad. El bienestar de las personas en regiones como Europa, Extremo Oriente o América Latina depende de ello, porque el envejecimiento no solo es un reto actual, sino mundial.

 


Gemma Roquet

Barcelona, 1992. Analista de El orden mundial, Graduada en Ciencias Políticas por la UB y Máster en Relaciones internacionales, Seguridad y Desarrollo por la UAB. Interesada en conflictos internacionales, principalmente en la región de Asia.

@gemmaroquetr

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