El Brexit debilita al Reino Unido mientras la Unión Europea refuerza sus posiciones

La historia de la Unión Europea desde su fundación en 1957 es el relato de un éxito tanto social como político y económico. No hay parangón en el mundo moderno de creación de un espacio económico único compuesto de las potencias que siempre han estado enfrentadas en conquistas, conflictos y guerras que han formado el mundo moderno desde América hasta Asia pasando por África y Oceanía. En todos los continentes la huella de Europa es un sello de identidad. Por eso no concibo una UE sin los británicos, ya que su imperio como el de Roma, Grecia, España… es un referente en la humanidad por todos los países de la Commonwealth.

Muchos me preguntan estos días, si Reino Unido se quiere ir ya el 51% estuvo a favor del “leave” ¿por qué no se van ya? Mi respuesta es siempre la misma, Theresa May está metida en un terrible lío heredado de Cameron del que es muy difícil salir, por eso van a marear hasta el límite razonable. ¿Por donde va a llegar la fruta española tan amada por los ingleses?, ¿los trabajadores por cientos de miles de Polonia, Rumania, Bulgaria y República Checa, deben abandonar el país? ¿cómo va a gestionar Londres el tráfico de pasajeros cuando quieran pasar a Francia o Alemania? ¿creen que las grandes multinacionales seguirán en un Londres extracomunitario o preferirán París o Berlín?

Además de forma inminente hay problemas con Irlanda. Con la salida de Reino Unido de la Unión Europea, los 500 kilómetros que separan la provincia británica de Irlanda del Norte (Ulster) y la República de Irlanda se convertirán en la principal frontera terrestre del país. Esto plantea dos problemas.

Un mercado más débil: Si Londres sale del mercado único y de la unión aduanera (que implican libre circulación de mercaderías y personas y normas aduaneras comunes), habrá que instalar controles fronterizos. Habitantes y empresas de ambos lados buscan una frontera virtual (invisible) ya que los irlandeses del sur y del norte están muy integrados: 31% de las exportaciones del Ulster van a Irlanda y unas 30.000 personas cruzan diariamente la línea divisoria. Una frontera física implicaría dos mercados con dos leyes distintas, con mayores costos. Todos se empobrecerían y mucho y el recuerdo de la guerra será una losa. Se teme que la reinstauración de una frontera física con garitas policiales fragilice el acuerdo de paz de 1998 que puso fin al conflicto irlandés. No solo evocaría la pesadilla de la guerra civil. La policía estima también que cualquier infraestructura en la frontera podría convertirse en blanco de paramilitares disidentes.

Qué propone Bruselas: La UE quiere un estatuto especial para Irlanda del Norte, que mantenga a la provincia dentro de las reglas comunitarias. Para hacer avanzar la negociación, Londres aceptó en 2017 una solución denominada backstop” o “red de seguridad” que se aplicaría solo si no se logra acordar una solución mejor. En estas condiciones, los 27 estiman que Irlanda del Norte debería permanecer en la unión aduanera y en el mercado único, sin límite de tiempo. Esta solución es sin embargo inaceptable para el gobierno británico por considerar que pondría en entredicho la integridad territorial de Reino Unido, y más ahora gobernados por la derecha conservadora con su obsesión por la unidad territorial.

La premier británica enfrenta nuevas rebeliones internas por el Brexit Europa propone dos fórmulas. La primera sería que el Reino Unido al completo se mantuviera en la unión aduanera europea, pero eso haría que no pudiera, como prometieron los flautistas de Hamelin que apoyaron el Brexit, firmar sus propios acuerdos comerciales con otros países.

La segunda es aún más dolorosa para Londres. Se trataría de que Irlanda del Norte sí siguiera en la unión aduanera mientras el resto del Reino Unido sale de ella. Eso conllevaría controles aduaneros dentro de territorio británico, algo que Londres ve como una injerencia inaceptable en su soberanía.

Los europeos adelantaron esta semana la idea de que el período transitorio que va desde la fecha de salida (29 de marzo de 2019) hasta la salida definitiva (31 de diciembre de 2020) se alargue un año para dar tiempo a negociar la relación futura. Pero a nadie se le esconde que también se trata de que sea otro el gobierno británico que asuma la negociación.

May se habría mostrado dispuesta a estudiar esa posibilidad, otra humillación para los euroescépticos de su gobierno que temen que alargar los plazos conduzca a una negociación indefinida que vaya frenando el Brexit hasta paralizarlo.

Además ya hay una dura advertencia de Escocia: se independizará si avanza “el fiasco” del Brexit. Europa no se mueve de ahí y May ve cómo pasa el tiempo. Su estrategia de intentar saltarse al negociador europeo, el ex canciller francés Michel Barnier, para negociar directamente con las capitales, llevó a otra negativa. Los otros 27 repitieron que quien negocia es Barnier y además dieron al francés la prerrogativa de decidir en las próximas semanas si hay avances suficientes para convocar otra cumbre en noviembre o si el bloque ya va a su tradicional cumbre anterior a Navidad a prepararse para una ruptura abrupta. No apareció en las conferencias de prensa oficiales pero lo confirmó el primer ministro holandés Mark Rutte.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, explicó a los 27 (sin May) los planes del brazo ejecutivo de la UE para que el bloque esté preparado, sobre todo en el plano económico, para una ruptura sin acuerdos. Los 27 pidieron a Juncker que acelerara esos preparativos.

Theresa May defendió su plan para el “Brexit” y pidió unidad a su partido en el Congreso Conservador. Qué propone Londres: May propuso crear en el futuro una zona de libre comercio entre Reino Unido y la UE. Bruselas ve esa idea como un intento inaceptable de Londres de obtener un Brexit “a medida”. A esto se suma que May debe hacer concesiones al partido norirlandés DUP, vital para que la premier mantenga su mayoría absoluta en el Parlamento. Este partido rechaza que el Ulster tenga un trato diferente al resto de Reino Unido.

Los 27 países europeos tienen todas las cartas de la baraja y que Theresa May sigue entre la espada de Bruselas y la pared que sostienen los halcones de su partido conservador, que querrían romper por las bravas con la UE para “retomar el control”.

Es una pura ficción de recuperación de soberanía en pleno siglo XXI, una vuelta a la grandeza del Imperio Británico que no se sostiene ante el gigantismo de potencias como Estados Unidos o China. Decía hace tiempo el ex primer ministro italiano Enrico Letta: “En Europa hay dos tipos de países: los pequeños y los que todavía no saben que son pequeños”.

La Unión Europea exige a la premier británica que presente un plan concreto para el Brexit pero la clave ahora es la frontera irlandesa, clave en la negociación. La mayor parte del acuerdo está hecha. La “factura” de salida que deberá pagar el Reino Unido está acordada en la forma. Los números exactos no se sabrán hasta dentro de varias décadas, pero podría rondar los 60.000 millones de euros. Que Londres deberá pagar en euros y que la caída de la libra esterlina desde el referéndum (un 15% acumulado) encarece mes a mes.

Nadie duda ya de que se respetarán los derechos de los más de tres millones de europeos residentes en el Reino Unido y del más de un millón de británicos que viven en otros países del bloque. Pero la hoy inexistente frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte sigue bloqueando la negociación. Un problema enorme para un país que sin duda forma parte de la esencia europea y mira que España ha teñido multitud de enfrentamientos históricos con Inglaterra que aún colean como el peñón de Gibraltar…


Francisco Villanueva Navas, analista financiero de La Mar Onuba es economista y periodista.

En Twitter: @FranciscoVill87

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