Democracia a la africana: Nigeria y Gana

Vendedor ambulante en Nigeria (2012). Fuente: Gloyer Matala Evita

por Inés Lucía (El Orden Mundial)


El autoritarismo, los Gobiernos de grandes hombres que se asientan en el poder durante décadas, la corrupción y el fraude son sin duda elementos definitorios de muchos sistemas políticos del África negra. Pero, como a todo estereotipo generalizado, les falta un contexto que los enmarque y que profundice en ellos. Con frecuencia se cae en un peligroso análisis clasificatorio: los más y menos democráticos, los más y menos libres, etc. En este artículo se revisan los casos de Nigeria y Gana y se invita a la reflexión sobre un continente que tiende a ser evaluado y medido desde fuera.

Una delegación del Parlamento Europeo acude en calidad de observador internacional a unas elecciones en el continente africano. Sentados en el avión, algunos de sus miembros repasan el informe del país: acusaciones previas de fraude electoral, modificaciones en la Constitución para alargar el mandato, conflictos étnicos, mala gestión de los recursos, corrupción, abusos del Ejército… Los que tienen más experiencia ven símiles con otros países en los que ya han estado. Durante la visita, es probable que haya enfrentamientos y que gran parte de la población no logre ir a votar por falta de infraestructuras. Algunos se lamentan de que la democracia se haya asentado tan mal en esta región.

En la lista de factores deseables para una democracia próspera, encontramos con frecuencia como prioritarios la autonomía de las instituciones políticas, la existencia de una sociedad civil autónoma y desarrollada, una identidad nacional coherente, el buen funcionamiento de la economía y el imperio de la ley. En vista de que la mayor parte de las democracias africanas incumplen punto por punto estos factores, no cabe sino poner en valor el esfuerzo y avances de muchos de ellos en lograr el diseño de sistemas políticos que sobreviven y progresan en contextos tan complejos.

El momento histórico de la independencia, en plena dinámica de la Guerra Fría, y las relaciones posteriores con la antigua metrópoli son también elementos relevantes que explican su configuración estatal. Otro gran desafío de las democracias africanas es el hecho de que los sistemas autoritarios del continente con frecuencia aportan un orden —aunque ilegítimo— que favorece el desarrollo económico y la inversión extranjera y mantiene a raya los conflictos étnicos y la delincuencia a través de la militarización. La efervescencia de las confrontaciones internas se complica por la injerencia extranjera, palpable en la relación con las oligarquías y Gobiernos locales y en la construcción del relato. África es contada por otros.

La guerra por las calificaciones

Existe una tendencia generalizada a creer que los indicadores de medición de fenómenos sociales son neutros en su planteamiento. Cuando Cuba expuso ante un comité de Naciones Unidas la falta de independencia y la relación con la CIA de la ONG Freedom House —a la que llegó a acusar de tratar de tumbar Gobiernos no favorables a Washington—, sin duda estaba tratando de distraer la atención sobre la falta de libertades civiles en la isla, pero sus acusaciones tenían parte de razón.

Grupos como Freedom House han aprendido que es más efectivo hacer llegar infografías, mapas y escalas al gran público que datos brutos e informes largos, a pesar de que a veces supone una simplificación excesiva de los datos. Nacida en los años 40 para defender la democracia liberal del bloque capitalista frente a la URSS, la metodología de esta ONG es hoy más transparente que en tiempos de su primera publicación, en 1973. Así, los informes de este tipo de organizaciones ayudan al análisis, pero siempre deben evaluarse, pues frecuentemente persiguen un objetivo.

Según la ONG, un cuarto de los países del mundo y más de un tercio de la población mundial no son libres. Fuente: Freedom House

A este fenómeno se lo llama “diplomacia del puntaje”: lograr la modificación de ciertas conductas en las políticas públicas a través de clasificaciones publicadas por think tanks y organizaciones de renombre. Los países ven mermado su prestigio internacional —lo que puede tener consecuencias en la inversión— y toman medidas encaminadas a cambiar sus calificaciones. A veces las consecuencias son positivas, pero se trata de un arma de doble filo: quien plantea los indicadores y analiza los datos tiene poder sobre el sujeto analizado. Esto no quiere decir que este tipo de datos e informes deban ser relegados, pero en ningún caso deben ser las únicas fuentes de información.

Si observamos el África subsahariana a través de las mediciones de Freedom House, son “libres” países como Botsuana, Namibia, Sudáfrica, Mauricio, Gana, Benín, Sao Tomé, Cabo Verde y Senegal. Países muy diferentes entre sí en términos de buen gobierno, imperio de la ley, derechos sociales y respeto por los derechos humanos, pero en los que se dan elecciones periódicas, una cierta alternancia de Gobierno y libertad de prensa y expresión. Otros que se consideran a sí mismos democráticos, como Nigeria, Liberia, Togo, Gambia, Níger o Tanzania, caen en el saco de los “parcialmente libres”; cuestiones como la corrupción, la falta de derechos de algunos colectivos o el peso de las ejecuciones y persecuciones extrajudiciales terminan por decantar la balanza.

Con todo, determinar lo que pesa más y menos dentro de un sistema democrático es complejo y nada ajeno a ideologías: la celebración de elecciones es solo uno de los requisitos, pero la acompañan la libertad de prensa, el buen gobierno, el desarrollo, los derechos sociales, las infraestructuras, etc. Senegal, por ejemplo, es una democracia estable; desde su independencia en 1960, la celebración de elecciones y la alternancia de poder han sido la norma. Sin embargo, más de dos tercios de su población vive con menos de 3,20 dólares al día, cifras cercanas a las de la “parcialmente libre” Nigeria —más de tres cuartos— y lejanas de las de Botsuana —algo más de un tercio—, como consecuencia de la llamada maldición de los recursos.

En el campo de la libertad de prensa, cabe mencionar el caso de las filtraciones en África occidental. En 2018 el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación comenzó un programa de colaboración y formación de periodistas africanos para sacar a la luz los numerosos líderes del continente que aparecían en los famosos papeles de Panamá. Así, mientras que un periodista togolés tuvo que exiliarse, en Gana el equipo de investigadores quedó fortalecido. Pero, incluso en los casos en los que la prensa demostró fuerza y libertad de movimiento, la apatía con la que fueron recibidas las noticias puso el foco sobre otro problema: la normalización de la corrupción y la consecuente falta de respuesta por parte de la sociedad civil.

Fronteras impuestas: un experimento cultural

Una de las principales riquezas del continente africano es también uno de sus mayores lastres a la hora de alcanzar sistemas democráticos equilibrados y estables: su gran diversidad cultural. En muchas ocasiones, durante la colonización se utilizaban precisamente estas diferencias étnicas y tribales a favor de una mayor dominación del territorio. El ejemplo más sonado, por sus devastadoras consecuencias, es el de los tutsis y hutus, pero es solo un ejemplo entre un mar de casos. La relación de algunos grupos étnicos con los colonos —que favorecían a unos perjudicando a otros bajo la estrategia “Divide y vencerás”— o el papel de algunas comunidades y Gobiernos locales en la trata de esclavos antes de la colonización se mantienen como conflictos enquistados en las relativamente jóvenes democracias africanas.

Los países africanos afrontan numerosas dificultades, pero las diferencias étnicas y religiosas, la Historia particular de cada grupo y el territorio en el que habita convierten el proyecto de Estado en uno sumamente complejo, sobre todo desde que la Unión Africana acordó respetar las fronteras coloniales. A ello hay que sumarle el fenómeno de los retornados, especialmente en África occidental, subregión a la que volvieron muchos afrodescendientes del continente americano con una cohesión grupal y aspiraciones propias. Liberia es un ejemplo paradigmático, pero no el único.

Aunque la identidad étnica sigue teniendo un papel clave en el juego político, no es infranqueable ni totalmente determinante; existen numerosas experiencias en las que esto empieza a cuestionarse o adquiere nuevas dimensiones. Estudiar diferentes formas de convivencia y cómo se ha hecho frente a esta cuestión en cada país es relevante porque de ello depende en gran medida la fortaleza de sus instituciones democráticas.

Nigeria: “parcialmente libre”

Sobre conflictos étnicos y diseño del Estado, Nigeria tiene mucho que decir. A la independencia de Gran Bretaña en 1960 la seguiría la inestabilidad política, especialmente retratada por la larga sucesión de golpes de Estado. En 1967 estallaría un cruento conflicto civil, la guerra de Biafra, que duró algo más de tres años y dejó tras de sí un millón de muertos. Esta guerra, en la que se mezclaron la cuestión territorial y étnica con la gestión de los recursos, quedó muy presente en la memoria de los nigerianos y marcaría los primeros pasos de su transición democrática.

Ubicación de Biafra, al sursureste de Nigeria. Fuente: IBI

El inicio de esta transición comporta unas características bastante únicas. En primer lugar, fue orquestada y llevada a la práctica por un Gobierno militar que se propuso su propia desaparición: Murtala Mohammed llegó al poder con un golpe de Estado en 1975 y su Gobierno comenzó el diseño de la nueva república federal. En segundo lugar, se dio pie a asociaciones civiles, comités e instituciones que actuaban con bastante independencia de la esfera militar y a las que se encargó el diseño de un sistema político para el país.

De nuevo, Nigeria daba muestras de originalidad al romper con las instituciones heredadas de los tiempos de la colonia optando por un sistema político inspirado en el estadounidense: presidencialista, bicameral y conformado por estados federales con competencias similares a las que puedan encontrarse en el país norteamericano. Esta decisión fue fruto de la reflexión de que, por tamaño y diversidad, Nigeria está más cerca de este país que de su metrópoli británica. Aunque Mohammed fue asesinado durante un fallido golpe de Estado en 1976, el calendario de reformas hacia el Gobierno civil se mantuvo con Olusegun Obasanjo como jefe de Estado.

Si bien inspirada en la estadounidense, la inestabilidad política y la guerra civil marcaron la nueva Constitución con una serie de contrapesos y requisitos que buscaban evitar que los conflictos étnicos y el tribalismo resquebrajaran la joven democracia. Entre otras muchas medidas, todo candidato a presidente debe conseguir al menos un cuarto de los votos de por los menos dos tercios de los estados que conforman el país. Además, se exige la presencia de todas las etnias en los diferentes niveles de representación. Con ello se buscaba huir de distorsiones territoriales y mostrar la pluralidad en las instituciones impidiendo a la vez que la identidad étnica fuera determinante en la elección de representantes políticos. En 1979 se celebrarían las primeras elecciones generales tras la nueva Constitución y Obasanjo cedería el testigo, aunque volvería a gobernar —tras una dictadura de 16 años— de 1999 a 2007.

A las diferencias étnicas en el país hay que sumarles las religiosas: buena parte de los estados del norte son de mayoría musulmana. Desde finales de los 90, la mayoría de ellos han adoptado, total o parcialmente, la sharía como sistema de justicia. El hecho de que esta institucionalización no haya escalado en un conflicto religioso puede deberse al diseño de la república, con cortafuegos federales que frenan que pueda llegar a ser una cuestión de Estado.

Nigeria es hoy un país considerado “parcialmente libre” por Freedom House, pero, aunque imperfecta, se trata de una de las democracias más grandes en tamaño del mundo. Aunque se celebran elecciones y se da una cierta alternancia de poder, la corrupción, la inseguridad, los abusos por parte de las fuerzas de seguridad, la infrarrepresentación de las mujeres, la violencia, los grupos armados y los conflictos étnicos ensombrecen el proyecto político iniciado en 1979.

Además, Nigeria es un ejemplo de manual de la maldición de los recursos naturales. Aunque está entre los diez países del mundo con mayores reservas de crudo, importa petróleo refinado, mantiene una industria petrolera poco competitiva que genera sangrantes problemas medioambientales, depende de productos primarios y de la inversión extranjera y no reinvierte en el sector industrial. Junto con esto, se calcula que cerca del 80% de los beneficios del crudo van a parar a los bolsillos del 1% de la población.

Nigeria es uno de los países miembros de la OPEP.

Gana, la democracia exitosa

También colonizada por los británicos, Gana sí adoptó un sistema político más cercano al británico, aunque presidencialista y unicameral, en el que las identidades étnicas no encuentran ni de lejos tanto espacio en la esfera política como en el caso nigeriano. En la democracia ganesa compiten muchos partidos, pero la alternancia de poder se ha dado desde 1992 principalmente entre dos: el Congreso Democrático Nacional, que se define como socialdemócrata, y el Nuevo Partido Patriótico, de corte liberal. Sigue, como su antigua metrópoli, un sistema de representación directa. Frente a la estructura federal nigeriana, Gana optó en su Constitución de 1992 por un Estado centralista: el presidente es a la vez jefe de Estado y de las Fuerzas Armadas y es elegido por un periodo de cuatro años.

Antes de la llegada de los colonizadores, en el territorio de la actual Gana se encontraba el Imperio asante, con un complejo sistema administrativo, judicial, recaudatorio y de infraestructuras. Tras múltiples enfrentamientos, quedó bajo el control de la Corona británica, aunque coexistió con estructuras administrativas locales con cierta autonomía. Desde la independencia, se ha mantenido un sistema dual en el que estos poderes tradicionales conservan un rol poco menos que central en la vida política del país.

La transición democrática de este país fue más tardía y partió de una situación muy diferente a la de Nigeria. Pionera en alcanzar la independencia de la metrópoli en 1957, el primer líder de la Gana independiente fue el socialista Kwame Nkrumah, que promulgaba un socialismo moderado, cercano a la tercera vía, que quería impulsar el sector industrial del país como forma de alcanzar a la URSS y a Estados Unidos. Nkrumah tenía grandes aspiraciones regionales e internacionales y fue un referente para la corriente panafricanista. Se encontraba en Pekín cuando tuvo lugar un golpe de Estado en el país en 1966 que puso fin a su Gobierno de partido único.

Lo siguen más de 20 años de inestabilidad económica y política marcada por golpes de Estado seguidos de intentos de instaurar gobiernos civiles. Tras un Gobierno civil en crisis, el militar Jerry John Rawlings da un golpe de Estado en 1981 y comienza una serie de reformas con privatizaciones y medidas de apertura del mercado. En 1992 convocaría un referéndum sobre la nueva Constitución que convertiría el sistema político en uno democrático y multipartidista. Desde entonces, se ha respetado la alternancia en el poder entre los dos partidos principales.

El descubrimiento en 2007 de importantes reservas de petróleo en sus costas agrandó las expectativas económicas del país, aunque hizo temer otro ejemplo de la maldición de los recursos; más de diez años después, ninguna de estas dos predicciones ha acertado plenamente. La corrupción, especialmente en las contrataciones públicas, y la dependencia del sector primario hacen que el crecimiento económico y la estabilidad no siempre se traduzcan en empleo y desarrollo; es la “paradoja ganesa”.

Si bien en Gana no se han dado experiencias interétnicas dramáticas, no escapa de este problema, especialmente en el norte. No obstante, la construcción de una identidad ganesa ha sido notablemente exitosa gracias a Nkrumah, que apostó por un Estado no federal, prohibió fuerzas políticas vinculadas a una determinada religión, etnia o territorio e hizo hincapié en la unidad y el acceso universal a recursos como la educación. En los Gobiernos militares y civiles que siguieron a su derrocamiento se mantuvo esta dirección.

Gana ha logrado alcanzar una estabilidad política y económica reconocida internacionalmente. Además de celebrar elecciones periódicas con alternancia del poder, cuenta con un fuerte tejido organizativo y una prensa crítica e independiente. Sin embargo, sus Gobiernos a menudo adoptan medidas cortoplacistas y ponen freno a las políticas iniciadas por el otro partido cuando llegan al poder. Aunque en términos de desarrollo, competitividad internacional y seguridad tiene aún un largo camino por recorrer, es un país democrático que ha dado preeminencia a la unidad nacional y a las políticas sociales, ejes del Estado iniciado por Nkrumah.

Ni clasificaciones ni fórmulas mágicas

Partiendo de situaciones muy diferentes, la comparación entre Nigeria y Gana tiene interés: ambas fueron colonias británicas, actualmente celebran elecciones periódicas y se autodefinen como sistemas democráticos. Cada una tiene un diseño político diferente: Gana es centralista, con una representación inspirada en las instituciones de su antigua metrópoli y en la que tiene más importancia política el factor socioeconómico que la identidad étnico-religiosa; Nigeria, en cambio, es una república federal con un complejo diseño de Estado encaminado a reflejar su diversidad cultural en forma de pluralismo político.

El hecho de que la identidad étnica y clánica no haya sido tan determinante ha favorecido el asentamiento de una democracia liberal en Gana; a su vez, el sistema federal nigeriano ha permitido una cierta autonomía regional que ha frenado enfrentamientos étnicos por el control del Estado. Por otro lado, Nigeria tiene más de seis veces la población de Gana, uno de los motivos por los que todavía enfrenta numerosos problemas de gobernabilidad.

Diseñar un sistema político que cohesione un país es sumamente complejo, especialmente si se parte de una cohabitación forzosa. No existen fórmulas mágicas ni un camino único. Atender a las clasificaciones internacionales es significativo, pero solo ofrecen una foto fija de una realidad cambiante y dinámica. Uno de los grandes retos de las democracias africanas es alcanzar un equilibrio entre diversidad, representación y gobernabilidad que atienda a errores históricos, pero que no sea hijo único de ellos.

 


Inés Lucía

Madrid, 1992. Analista de El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense. Máster en Gobernanza Global y Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha realizado prácticas en el Instituto de Derechos Humanos de Cataluña.

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