Cinismo, pesimismo y cambio climático

Florentino Rogero
Daniel Rogero

Jueves, 16 de diciembre de 2021. Las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI), responsables del calentamiento global, tienen el mismo impacto para el planeta con independencia del país donde se produzcan. Esta evidencia lleva a los responsables políticos internacionales a la búsqueda de soluciones multilaterales para un problema cuya solución habrá de ser global.

A pesar de que la contribución de los países desarrollados en las emisiones de CO2 a lo largo de los últimos 150 años representa aproximadamente un 80% del total de emisiones, en la actualidad es el intenso crecimiento económico registrado en los últimos años por los países en vías de desarrollo, India y principalmente China, y sus consecuencias en términos de emisiones de GEI lo que a los ojos del ciudadano del mundo desarrollado viene a agravar la búsqueda de una solución al calentamiento del planeta.

Sin embargo, no son los países en vías de desarrollo los principales responsables del problema. De acuerdo con la Declaración de Delhi de Justicia Climática del año 2002 el cambio climático está causado principalmente por las naciones industrializadas y las empresas transnacionales; la producción y las prácticas de consumo no sostenibles están en la raíz de este y otros problemas ambientales mundiales y dicho consumo insostenible existe principalmente en el Norte, aunque se da también entre las élites del Sur. Asimismo, es en la Cumbre de Delhi donde se menciona por vez primera el objetivo de trabajar hacia una distribución per capita de las emisiones de GEI igualitaria.

Mientras China y USA son los principales países emisores anuales de partículas de CO2 y otros GEI, seguidos de Rusia e India, su emisión per capita de este tipo de contaminantes es claramente desequilibrada a favor del ciudadano medio norteamericano con 19 Tm año o del ciudadano ruso con 11,2 Tm año, frente a las 4,6 Tm de un habitante de China o las 1,2 Tm de un ciudadano de la India. La comparación de la contribución per capita en otros países desarrollados como Australia (18 Tm año), Canadá (17 Tm año), Japón, Alemania o Reino Unido (en torno a 10 Tm año) o España (8 Tm año), resulta también claramente desequilibrada frente a la de un habitante de China o India.

El cinismo del mundo desarrollado radica en pretender hacer de nuestro modelo económico un modelo global, sin asumir que estamos como en la última etapa del maravilloso viaje de Phileas Fogg alrededor del mundo, quemando el barco en el que viajamos. El problema no se resolverá sin reconocer que la calidad del aire que respiramos es un bien público global y las consecuencias de su deterioro, tanto a escala local como a escala global, no pueden dejarse al albur de “la mano invisible” del mercado.

La “mano invisible” no ha valorado nunca los auténticos costes de los problemas medio-ambientales derivados de su asignación de factores y productos, ha sido necesario enseñarle el camino desde los poderes públicos en términos de beneficio, rentabilidad y coste.

Aceptamos con normalidad a escala local que el mercado ponga precio al aire que respiramos en nuestras ciudades, un precio que cotiza en el mercado inmobiliario, en el sector del automóvil, en el de la energía. Compramos el derecho a respirar aire no contaminado en las zonas residenciales limpias, cada vez más alejadas del centro de las áreas metropolitanas, pero nos reservamos el derecho a contaminar el aire del foro con nuestros vehículos privados y mientras tanto esperamos una solución para el problema globalmente considerado. Se trata pues de un cinismo esquizofrénico. Más aún, algunos análisis valoran en términos de oportunidad económica y rentabilidad las consecuencias del desastre, acceso a determinadas materias primas a un menor coste o nuevas rutas para la navegación.

Somos por tanto los más ricos los más responsables y seremos todos y especialmente los más pobres, los que sufriremos las consecuencias de no actuar ante el calentamiento global.

Como habitantes del mundo opulento tenemos que ponernos a la cabeza de la solución del problema. No podemos permitirnos ser una plaga para el planeta por más tiempo, la generación langosta, en palabras de Thomas L. Friedman nosotros y nuestros hijos tenemos la responsabilidad de la “Re-generación”.

La solución conllevará desinversiones importantísimas que afectarán a no pocos sectores productivos, entre ellos a los que sustentan la corriente ideológica del negacionismo, pero también a las economías domésticas y a la ocupación, así como paralelos procesos de inversión en nuevos modos y modelos de consumo, producción y empleo. Tales procesos de inversión-desinversión serán tanto menos traumáticos en términos de bienestar general cuanto más ordenadamente se realicen, ésta es precisamente la difícil tarea que recae sobre nuestros líderes: definir el nuevo modelo y liderar el tránsito, minimizando costes y riesgos, haciendo de la respuesta al cambio climático “un programa de oportunidades económicas” y sociales.

Llegados a este punto sólo nos queda ponernos de acuerdo en como se paga la factura, entre países, entre regiones, entre sectores, entre clases sociales y es aquí donde radica el pesimismo, ya que el cambio climático no podrá combatirse con meros retoques del modelo vigente, serán necesarias políticas globales entre ellas políticas que redistribuyan de un modo eficiente los importantes costes que inevitablemente habrán de derivarse. ¿Llegaremos a tiempo?

Florentino Rogero Figueiras es economista y profesor, y Daniel Rogero Picazo es abogado y periodista
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