Beber solo: una reivindicación

por Eduardo Flores

 

Van ya unas cuantas en las que expongo, con más o menos tino, la existencia de la verdad y la mentira; más por cuanto me hacen dudar que por una necesidad de diferenciar. Esta última, aka fake news, por ir a la siempre penúltima de las tendencias, hace daño. No más, sin embargo, que la verdad, paraíso inalcanzable de los justos. Son cualidades de lo que se dice. También de lo que se calla. Pero sobre todo, cualidades de la estulticia. Como diría Immanuel Kant, o tal y como lo vertiese en su Crítica a la razón pura –se me permita reducir la ecuación-, el sujeto es víctima inconsciente del contexto: importa la apariencia de las cosas. William Randolph Hearst se masturba en su tumba; Goebbles, lo mismo, añadiendo al ritual –y he aquí la fantasía de una mente perversa: la mía-, la variante de inyectar, al bombeo tradicional masculino, el índice en el ano.

Mentira y verdad son ilegislables. Porque mentira y verdad, ya te lo dijo Gustavo Adolfo Bécquer, eres tú. House M.D.: todos mienten.

Que la mentira haya sido/sea principal arma política de Donald Trump no debería escandalizarnos. Ni siquiera la total falta de rubor en el empeño zanahorio. La intención gubernamental de esta España pandémica de aplacar, peor que bien, lo falso con pintas, tampoco. Al fin y a la postre, ¿no provocamos los españoles aquella estúpida guerra contra los USA, allá por el principio de nuestra más moderna ruina?

Es por ello que acostumbro dar lustre a la honestidad sobre la sinceridad. Porque la primera tampoco tiene que ver con la verdad, pero la segunda mata más corazones que cualquier canción de Los Planetas; no es estrictamente necesaria y no nos merece la pena.

Heredó el trono de hierro el emperador Cómodo de su padre, el gran Marco Aurelio, en virtud del amor de este último hacia su hijo, frente a la tradición instaurada y conservada por los considerados mejores emperadores de la Roma que nunca debiéramos perder de vista. Una cagada de dimensiones imposibles de prever por el emperador filósofo. Lo que ocurrió en los catorce años de reinado de Cómodo, lo que sabemos al respecto, es deuda con el senador Dión Casio. No en vano, enemigo y, probablemente, instigador de la confabulación que acabaría con los huesos de Cómodo, prologuista del caos romano posterior, pudriéndose de pura muerte por asesinato. El caos ya se había instalado en el imperio.

Esta bonita historia de cabronadas políticas me lleva a reflexionar en la herencia que podemos suponer va a recibir una sociedad como la estadounidense. George W. Bush, después de todo, no fue más terrible en ciertos aspectos que el negro de pega que nos colocaron en su sucesión. Y aceptamos con excesivo clamor y júbilo el sepulcro blanqueado que a todas luces parece ser Joe Biden y su propia negra de pega, Kamala Harris. No deberíamos olvidar que tras Cómodo, sembrada la semilla del caos, el horror fue real y duradero. Excusa, como cualquier otra, para quienes, apoyamos nuestro modo de vida estoico, gustamos de beber solos.

Mientras tanto, por la tierra del dolor de huevos, pandémica y hastiada de puritísimo mierdal parlamentario, nos proponemos el empeño de separar el grano de la paja por la vía del texto articulado, la acusación y el mazo judicial. Me van a disculpar las obviedades al subrayar que sólo el criterio y el pensamiento reflexivo alimentado por un sistema en el que la educación y la cultura, así como del conocimiento científico, son las más mejores herramientas para trabajar los discursos –disparatados o no- que se amparan en una libertad de expresión que deberíamos entender sagrada. Esto es, que ya me filtran las orejas, estimados improbables; después el tiempo y la voluntad. Que también a servidor de ustedes gusta de gritar en el bar. No más que beber solo.

Por lo demás la tierra está verde bajo estos hermosos olivos. Y las nubes me dibujan el cielo. Frente a la convulsión, la copa sobre la mesa. Ah, sí, y la libertad de poneros en este digital lo que me sale de los cojones. Que mañana siempre es otro día. Y no sabe uno a cuándo, un fulano de tal, le puede cercenar la cabeza.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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