Basta ya de consignas y declaraciones: es hora de que Europa y sus instituciones eliminen el racismo a todos los niveles

El domingo 7 de junio de 2020, miles de personas se reunieron frente al Palacio de Justicia en Bruselas, Bélgica, para manifestarse contra el racismo y en apoyo del movimiento Las vidas negras importan. (Bertrand Vandeloise)
por Kékéli Kpognon

 

 

Oír el impactante testimonio de la eurodiputada afroalemana Pierrette Herzberger-Fofana sobre su violento encuentro con policías belgas, un día antes de que el Parlamento Europeo adoptara una resolución contra el racismo, fue un recordatorio de cuán poco se ha comprendido en Europa el mensaje de Las vidas negras importan (Black lives matter) y cuánto trabajo queda por hacer para lograr justicia e igualdad en todo el continente.

Herzberger-Fofana, de 71 años y eurodiputada del partido ecologista de Los Verdes, relató al Parlamento que cuatro de un grupo de nueve policías armados la asieron violentamente y la empujaron contra un muro después de que empezara a filmarlos cuando acosaban a dos jóvenes negros en las afueras de la estación ferroviaria Gare du Nord, en Bruselas, el 16 de junio. Describió cómo la policía le quitó su teléfono, le arrancó su bolso y utilizó la fuerza física para separarle las piernas. Después de detallar el incidente traumático a sus compañeros diputados, pudo verse cómo Herzberger-Fofana secaba sus lágrimas.

El valiente relato de una experiencia que describe como “humillante” resulta muy familiar para muchas personas negras y racializadas, y capta los numerosos niveles de los que se compone el racismo estructural que abunda en Europa: primero por la incredulidad, a pesar de la evidencia, de que una mujer negra pudiera ocupar una posición de poder, luego ante el trato deshumanizador de una mujer mayor negra y la indiferencia de la mayoría de los transeúntes blancos hacia las personas negras acosadas por un grupo desproporcionadamente numeroso de agentes policiales. Además, aun cuando la declaración de la eurodiputada durante el debate en el pleno suscitó la simpatía de muchos dentro de la burbuja de Bruselas, también provocó que su bandeja de entrada se inundara de correos electrónicos racistas.

Que esto le haya sucedido a uno de los seis eurodiputados de ascendencia africana (de un total de 751), el día antes de un debate parlamentario sobre el racismo y la violencia policial en Europa, y en un momento en que el mundo se vuelca en protestas contra el racismo y la brutalidad policial y en apoyo del movimiento Las vidas negras importan, es significativo.

Durante las últimas cuatro semanas, de Francia a Nueva Zelanda y Ghana, han estallado protestas en todo el mundo por la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años asesinado por la policía en Minneapolis, Estados Unidos.

Quizás hayan sido las imágenes del vídeo ampliamente difundido que mostraban a un agente de policía blanco, Derek Chauvin, hincando su rodilla sobre el cuello de Floyd durante ocho minutos y 46 segundos mientras Floyd imploraba por su vida repitiendo 12 veces sin aliento “No puedo respirar”, lo que incitó al mundo a la acción. O quizás el hecho de que este extraordinario acto de violencia, que se produjo durante una pandemia que ha afectado desproporcionadamente a las comunidades minoritarias, no fuera en lo más mínimo extraordinario. Solamente en 2019, la policía de los Estados Unidos asesinó a 1.098 personas, entre las que figuraba un número desproporcionadamente elevado de personas negras. Más de las tres cuartas partes de las casi 9.000 personas asesinadas por la policía en Rio de Janeiro en la última década eran hombres negros. En Australia, la tasa media diaria de encarcelamiento a nivel nacional de aborígenes e isleños del estrecho de Torres fue de 2.589 personas por 100.000 adultos, en comparación con 223 personas por 100.000 adultos de la población en general. Y en Bélgica, la policía ha sido criticada por categorizar racialmente a jóvenes negros y árabes en controles de identidad que pueden ser “violentos… volubles y humillantes”. Poco más de un mes antes del incidente de la eurodiputada Herzberger-Fofana, Adil, un joven de ascendencia marroquí de 19 años murió el 10 de abril mientras intentaba escapar de un control policial en el distrito de Anderlecht durante el confinamiento.

Ya es hora de abordar el racismo histórico y estructural en Europa

El escritor James Baldwin escribió en su impactante y profundo ensayo No Name in the Street de 1972:

“Ahora bien, si realmente se quiere saber cómo se administra la justicia en un país, no hay que hacer esta pregunta a los policías, los abogados, los jueces o los miembros protegidos de la clase media. Para saberlo, hay que acercarse a los desprotegidos, ¡precisamente aquellos que más necesitan la protección de la ley!, y escuchar su testimonio. Pregúntele a cualquier mexicano, puertorriqueño, a cualquier hombre negro, a cualquier persona pobre: pregúntele a los miserables cuál es su experiencia en los corredores de la justicia, y así sabrá, no si el país es justo o no, sino si siente algún amor por la justicia, o si tiene algún concepto de esta. En todo caso, no cabe duda de que la ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que puede tener la justicia”.

Mientras la discusión sobre el racismo en la Unión Europea no sea más profunda que la autocomplaciente evaluación del comisario comunitario Margaritis Schinas según la cual “no cabe duda de que Europa en general lo ha hecho mejor que los Estados Unidos en cuestiones raciales”; si no se reflexiona sobre la manera en que las injusticias raciales de Estados Unidos se originaron en el comercio transatlántico de esclavos que trajo riqueza y desarrollo a Europa, poco se habrá hecho para abordar el racismo histórico y estructural en Europa. Aun cuando la narrativa dominante en el discurso público y político ha sido la negación o la minimización del racismo en Europa, las palabras de apertura de la encuesta de 2019 de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, Being Black in the EU (Ser negro en la UE), afirman claramente: “Es una realidad vergonzosa y exasperante: el racismo basado en el color de la piel de una persona sigue siendo un flagelo generalizado en toda la Unión Europea”. El racismo en Europa está arraigado en todos los ámbitos de la vida, tanto es así que casi una de cada tres personas encuestadas señaló haber sido víctima de acoso racista en los últimos cinco años, mientras que el 25% indicó haberse sentido discriminado en su búsqueda de empleo.

Dos décadas después de la histórica Directiva relativa a la igualdad racial de la Comisión Europea, así como a la luz de la jurisprudencia existente del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y de innumerables informes de la sociedad civil, es hora de que Europa y sus instituciones se dejen de consignas y declaraciones para encaminarse hacia acciones concretas para combatir el racismo a todos los niveles y aplicar, finalmente, las medidas existentes para penalizar todas las situaciones de racismo y discriminación.

Para ir más allá de las meras palabras y los gestos simbólicos hacia un cambio estructural y la justicia racial y social, es preciso reexaminar a fondo la formulación y la implementación de las políticas actuales de la Unión Europea.

Mientras no se interroguen los orígenes coloniales del desarrollo internacional, y la gestión de la migración esté diseñada para “promover nuestro modo de vida europeo” que recuerda a las misiones “civilizadoras” europeas de antes, las personas de color continuarán ahogándose en el mar Mediterráneo, seguirán siendo devueltas a lugares carentes de seguridad o, si son admitidas a la Fortaleza Europa, deberán encarar la exclusión y la discriminación. Del mismo modo, mientras #BrusselsSoWhite (Bruselas tan blanca) siga siendo una realidad, y las personas que formulan un análisis matizado y hayan vivido experiencias de racismo se vean confrontadas a un techo de cristal, tanto en las instituciones de la Unión Europea como en las organizaciones de la sociedad civil, poco se habrá hecho para aportar más empatía y responsabilidad a los círculos políticos de la Unión Europea.

El fracaso de las instituciones comunitarias a la hora de dar forma a los “valores de solidaridad, igualdad y equidad” declarados por la Unión Europea y de dedicar mayores esfuerzos a obtener mejores resultados dará a los políticos populistas y de extrema derecha, que ya atentan contra las normas democráticas y exacerban los sentimientos antimigrantes en todo el continente, la libertad de aprovechar las secuelas económicas de la COVID-19 con efectos devastadores para todos aquellos que se preocupan por la paz, la igualdad y la justicia social.

Cuando la Dra. Herzberger-Fofana decidió filmar el fatídico encuentro de esos dos jóvenes negros con nueve policías en la Gare du Nord de Bruselas, un lugar con antecedentes de acoso policial recurrente contra personas racializadas, hizo uso de su relativo privilegio para mostrarse solidaria, actuar y dar testimonio. Todos debemos hacer lo mismo, ya que las personas negras y las pertenecientes a las minorías no deberían soportar solas el peso de anular siglos de desigualdad racial. Si usted goza de los privilegios sociales y económicos de ser blanco, no se contente con pasar de largo ante la discriminación o la opresión, luche por la justicia.


Kékéli Kpognon es alta funcionaria de programas de derechos humanos en el Consejo Cuáquero para Asuntos Europeos, que representa a la comunidad cuáquera del continente en cuestiones relativas a la paz y los derechos humanos.
Artículo publicado por cortesía de  

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