(a)Normalidad

por Javier Polo

 

El reloj suena a la intempestiva hora a la que lo hacía hasta mediados del pasado marzo. Sin embargo hoy no me causa ningún desasosiego, es más, me siento como un escolar en septiembre, cuando se retoman las clases después del largo verano. Cuido un poco más el vestuario, el afeitado y me miro más reiteradamente al espejo. Las llaves del despacho, el ordenador, los papeles… todo está preparado y revisado desde la noche anterior. Me dirijo a la oficina a reanudar el trabajo presencial que quedó varado hace algo más de mes y medio. Como he hecho siempre, voy paseando; soy de esos privilegiados que trabajan a una distancia razonable de casa.

Pero esa sensación de que todo vuelve a la normalidad me dura pocos minutos. He desayunado en casa antes de salir, algo que en mí no es nada habitual. Llevo una mascarilla en la cara, al igual que el resto de transeúntes que van como yo a sus lugares de trabajo. Hay otros viandantes que van en ropa deportiva, algo raro porque son mayoría los que ni corren ni hacen, aparentemente, ningún ejercicio más allá de caminar. Los primeros, los que vamos camino del trabajo, mantenemos la distancia al cruzarnos, los otros no parecen que vayan con tanto cuidado. Conforme me adentro en las callejuelas que acortan mi camino hasta el centro de la ciudad me voy quedando solo. Durante más de cinco minutos no me cruzo con nadie, ni tan siquiera con vecinos paseando a sus perros. Sé que he llegado a la oficina cuando me encuentro con la Giralda; aquí ya hay mucha más actividad, aunque no hay ningún turista, ni se le espera. No puedo evitar pararme unos segundos -quizás hasta un minuto- ante este minarete para hacer algo que no recuerdo haber hecho en años, contemplarlo como si fuese un visitante que la descubre por primera vez.

En la oficina todo está igual que lo dejé pero vacío. Los compañeros siguen en sus casas “teletrabajando”. La actividad es intensa, como lo ha sido durante todo el confinamiento, pero todo es virtual. Estoy solo en unos despachos que habitualmente son un hervidero. Me asomo a la ventana y no hay bullicio; no hay tránsito, no hay manifestaciones, no hay riadas de foráneos haciéndose selfies. A media mañana me apetece un café, pero no puedo bajar a tomarlo porque ¿adónde? Afortunadamente la actividad no para, por muy virtual que sea, y eso me hace no notar que llegó la hora de volver a casa.

La vuelta al hogar tiene un problema añadido. Esto es Andalucía y, aunque este año el calor ha tardado en aparecer, a esta hora la temperatura ambiental supera generosamente los treinta grados. Dudo si tomar el único taxi que hay en una calle desierta, finalmente opto por volver a recorrer andando el camino de vuelta, aunque esta vez uso la mascarilla más como complemento de vestuario que como medida de protección; caminando con este calor necesito todo el aire que puedan aspirar mis pulmones y ahora la mascarilla tapa mi barbilla, dejando libre las vías respiratorias. Sólo me la coloco en su protector lugar en las dos ocasiones en las que me cruzo con otros transeúntes.  

Vuelvo a leer estas notas de mi primer día de vuelta a la presunta normalidad y descubro que esta ya dejó de ser normal. No sé cómo serán las próximas semanas o meses, pero tengo la certeza que será algo distinto a lo que hemos vivido hasta ahora. Además pienso que algunas de estas “anormalidades” vinieron para quedarse definitivamente entre nosotros. 


Javier Polo Brazo, columnista de La Mar de Onuba, es fotógrafo, cineasta y escritor. Ente sus obras destacan el cortometraje Andar dos kilómetros en línea recta y el documental Las Altas Aceras. Desarrolla su actividad profesional en los campos de los Recursos Humanos, la gestión de calidad y la Responsabilidad Social Corporativa.

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