Alea jacta est

Se han vivido unos días de gran tensión, llenos de tácticas y estrategias, los teléfonos móviles humeaban de llamadas y mensajes, los pasillos estaban abarrotados de idas y venidas sin que los usuarios siquiera vieran quienes eran unos u otros. Se han medido los plazos para ver cómo, quién, qué y cuándo se hacía cada cosa al objeto de trabar a éste o aquél. Pero si en algo no ha existido medida ni control ha sido en la utilización del lenguaje, tanto en el contenido formal como en el tono y entonación, palabras como irresponsable, judas, interesado, incompetente, fraude, traidor, corrupto, encubridor, mentiroso, manipulador, perdedor, asesino del Estado de Derecho… todo pasaba silbando sobre nuestras cabezas cual cuchillos afilados finamente lanzados…

Así se iban sucediendo los días, cuando… llegó la fecha señalada: el jueves día 31 de mayo el reto de la gran batalla y el día 1 de junio el resultado.

Claro, que para todo esto había que tener los conceptos claros para no verse envuelto en una cascada de despropósitos, dimes y diretes sin fin. Se buscaba la descalificación directa del candidato sin justificación o con palabras vacía de contenidos o, lo que es peor, utilizadas según la conveniencia del momento y/o la situación.

Es difícil recordar que nos hemos dotado de una Constitución que contempla varias cosas en aras a la convivencia y la interpretación de la democracia liberal-burguesa.

 De datos y comentarios:

  1. Democracia parlamentaria: de tal suerte que el Presidente del Gobierno lo eligen los parlamentarios elegidos por los votos populares.
  2. La ley electoral: se realiza por la ley D’Hondt para la distribución de escaños en circunscripciones provinciales, con una base pretendidamente proporcional, lo cierto es que concentra la concesión de escaños, propiciando que para algunos grupo con escasos votos obtengan escaños y otros grupos con porcentajes aceptables obtengan unos pocos escaños porque las provincias pequeñas y las comunidades autónomas pueden verse sobrerrepresentadas.
  3. La Moción de censura: en la Constitución se opta por lo que se denomina “Moción de censura constructiva”, lo que quiere decir que al interponer una moción de censura (precisa de la firma del 10% de los diputados) debe hacerse con la propuesta de un candidato que debe obtener mayoría cualificada (50%+1 de los parlamentarios) para que la moción prospere. No olvidar que durante el debate de la moción el Gobierno censurado puede intervenir cuando y cuanto le apetezca, en el momento que crea pertinente y sobre el tema que desee.
  4. Los plazos para la defensa pública de la citada moción de censura son fijados por la Presidencia del Congreso de los Diputados, quien puede optar por hacerlo rápido (coger desprevenido y por sorpresa al candidato) o dilatarlo en el tiempo (guerra de nervios e incremento de ataques personales al candidato).

De cuando un psiquiatra despistado opina (posiblemente con/sin atino):

La elección del Presidente en las democracias parlamentarias, liberal-burguesas de corte occidental es una elección en segunda intención pues lo hacen los parlamentarios, de tal suerte que puede hacerse en dos tramos: el primero precisa de mayoría del 50% de la cámara, mientras que en la segunda oportunidad baste tener más síes que noes. En estas circunstancias número de votos parlamentarios pueden matemáticas diversas, todas ellas son legítimas. Otra cosa es que las apetencias particulares piensen en otra cosa. Ejemplo reciente: Portugal, en el país vecino ganó en votos la derecha, pero la alianza de los tres grupos parlamentarios de izquierdas desalojó al Presidente de la derecha y sus resultados están siendo magníficos en el momento actual.

Los votos populares, por obra y milagro de la Ley electoral, no traducen la realidad de los votos ciudadanos. Por ejemplo, mientras en Catalunya los votos independentistas llegan al 47%, los escaños obtenidos son más del 50%. Otra elección parecida, aunque más injusta y desproporcional, es la elección por compromisarios en USA, dos Presidentes de USA en los últimos tiempos tenías menos votos populares que sus contrincantes, Georges Bush y Donald Trump obtuvieron menos votos populares que sus oponentes John Kerry e Hilary Clinton, respectivamente.

Que se obtengan los votos precisos depende de la legalidad vigente, por lo tanto no es cosa de gusto o de apetencias, sino de realidades legales. De similar modo la estabilidad del gobierno, en caso de parlamentos muy fragmentados, depende fundamentalmente de los programas y políticas que se desarrollen y de la pertinencia, coherencia y consistencia de las decisiones políticas siempre que se ajusten al principio de realidad ideológica, social y política.

La cuarta moción de censura que se ha celebrado recientemente en España es legítima, ajustada a ley de forma escrupulosa, por lo tanto es una opción absolutamente democrática. Pero tiene algunas características que pueden ser dignas de mención.

La presentación debe responder a una situación de excepcionalidad, esta condición se cumplía ampliamente puesto que un juzgado como la Audiencia Nacional había sentenciado que el PP, que sostenía al gobierno, era culpable de haberse lucrado de forma corrupta y, además, que las declaraciones del testigo M.Rajoy (a la sazón Presidente del Gobierno) no gozaban de verosimilitud. Dos razones de muchísimo peso para la dignidad y la ética en política. Un partido de oposición serio y riguroso no tiene otra opción que presentar la moción de censura.

Ahora bien, en esta ocasión se dieron dos circunstancias: El Gobierno dio muestras de inacción y displicencia, una vez más, como que la cosa no iba con él. La segunda situación fue que existió un partido que cogió a todo el mundo a contrapié y con rapidez y eficacia interpuso la moción de censura. Con esta acción solo la dimisión del Presidente del Gobierno haría decaer la Moción de Censura, tal como estaban las cosas no podía acontecer esta situación pues era reconocer el contenido de la sentencia y seguramente no obtendría la mayoría necesaria para seguir gobernando. Además había otra consecuencia inmediata: no se podía convocar elecciones, tan sencillo como esto.

A partir de ahí surgió la rabia e impotencia, el odio, el pataleo de niño pequeño y aparecen dos respuestas fundamentales: por parte del PP y del gobierno las descalificaciones e insultos personales hacia el candidato propuesto, el anuncio de cataclismos apocalípticos de todo tipo tanto económicos como la apelación a la unidad de España, el manejo torticero de las víctimas del terrorismo de forma partidista, entre otras lindezas que rozan la ética política más elemental. La segunda respuesta le corresponde al corifeo del PP, al partido naranja C’s, que pide cosas imposibles y algunas no acordes a la Constitución: poner otra moción de censura (no reúne el número mínimo de parlamentarios para interponerla directamente), elegir a los candidatos que no sea el propuesto e inmiscuirse en otros partidos con propuestas no consultadas a los propios supuestos candidatos, solicitar la celebración de elecciones cuando no es posible constitucionalmente. Como estas propuestas anaranjadas no son posibles, descargan su rabia en una repetición y reiteración de palabras grandilocuentes vacías de contenido por la forma y la expresión (entonación, gesticulación, modulación de la voz…), claro que cuando hay repetición es que se expresa un síntoma, en este caso es de oportunismo, rabia, impotencia y envidia, sí envidia porque ya empiezan a barruntar que la moción de censura podría ganarse.

La envidia se caracteriza, desde que Melanie Klein la estudiara, porque se dirige a desear la muerte del objeto de la envidia. Así que la virulencia anaranjada se hace machacona, reiterativa, agresiva… pero a la par: vacía de contenido. En ocasiones todos sus dirigentes decían hasta las mismas palabras, con grandilocuencia y una ampulosidad sin consistencia alguna. Las palabras democracia, votar, españoles, miedo, responsabilidad, elecciones sonaban a lejanas campanadas que se oían pero no se sabía de dónde venían.

Como corifeos orquestales apareció la mayoría de los medios de comunicación, que se lanzaron como buitres en contra del candidato propuesto, lo hicieron con dureza, sin piedad, actuando de amplificadores de los razonamientos del PP y de C’s. Otros callaron, vergonzosamente tímidos, en lo fundamental. La minoría razonó acerca de la legalidad, de la legitimidad de la propuesta y de la característica de ser una propuesta democrática y constitucional.

Llego el gran día para coger a contrapié al candidato y, con independencia de los argumentos y de la defensa realizada, lo que sobresalió es que el gobierno estaba mudo y el Presidente desapareció del Parlamento que le estaba censurando. El Gobierno declinó de su potestad de intervenir y el Presidente censurado no estaba, que estaba de parranda como luego se supo. Solamente tiene una explicación: despreciaban la moción y al candidato, de rebote nos despreciaban a todos los ciudadanos, a los suyos porque no aportaron razones salvo los exabruptos vomitivos del portavoz del PP y a los demás porque era una falta de educación, no supieron estar.

¿Cómo iban a intervenir? Solo podían hacerlo con datos o insultos, optaron por lo segundo, no tenían más argumentos. La Moción de censura era una posición en defensa de la dignidad y de la ética, para argumentar en este sentido hay que poseer esas dos características. Dieron muestras de no tener ninguna de las dos: silencio o insultos.

Puestas así las cosas, 180 diputados votaron por el candidato, la Moción de censura ha prosperado, por primera vez en la democracia actual. No vale buscar excusas de independentismo o filoterroristas, son parlamentarios en uso de sus atribuciones legales y no se puede decir que no se aceptan sus votos.

Tras la rabia, la agresividad, la envidia, que ocultan la falta de razones, queda que tenemos nuevo Presidente renacido de sus cenizas y demostrando su bien hacer político. Al fin y al cabo “aquellos muertos que vos veláis, gozan de buena salud”.

Suerte, salud y república.

J.L. Pedreira Massa es psiquiatra y psicoterapeuta infancia y adolescencia. Profesor Psicopatología, Grado Criminología, UNED

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