La recuperación económica de Estados Unidos depende de China

por Francisco Villanueva

 

 

Desde un primer momento y, aunque parezca lo contrario, los EEUU de Trump saben que para que el frenazo en seco económico mundial y la consecuente recesión económica sea superable en el menor tiempo posible, es necesario la mano del gigante comunista. No han dejado pasar mucho tiempo y el representante comercial de EE.UU. Robert Lighthizer y el secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin, tomaron la iniciativa de comunicarse con el vicepremier chino Liu He el 7 de mayo, para ratificarle el interés estadounidense en completar el acuerdo con la República Popular, cuya “Fase 1” se selló en Washington el 15 de enero con la presencia del presidente Donald Trump, y que lleva ahora a la ejecución de la “Fase 2” final, que requiere su suscripción en una ceremonia a realizarse en Beijing frente a los mandatarios de las superpotencias, Donald Trump y Xi Jinping.

Ambas partes acordaron fortalecer la cooperación en los temas macroeconómicos y de salud pública (referencia al coronavirus), con el objetivo de crear una atmósfera favorable y las condiciones necesarias para la ejecución de lo acordado el 15 de enero, señalaron los representantes de las dos superpotencias, tras su comunicación del 7 de mayo.

La “Fase 1” implica el compromiso de la República Popular de aumentar en 200.000 millones de dólares las compras en EE.UU. sobre los niveles de 2017 en los primeros dos años de lo pactado. También incluye compras de productos agroalimentarios por entre 40.000 y 50.000 millones de dólares anuales en 2020 y 2021, lo que exige un crecimiento de las exportaciones norteamericanas de más de 30% en este periodo.

La adquisición de productos manufactureros estadounidenses a los que se compromete la República Popular superan los 70.000 millones por año en 2020 y 2021.

China cumple en todo lo pactado con EE.UU. el 15 de enero, a pesar de la clausura de su economía durante casi dos meses provocada por el coronavirus, con un leve retraso en las compras de soja, que serían recuperadas a partir del segundo trimestre del año.

El año pasado China sancionó una nueva “Ley de inversiones extranjeras”, que implica la mayor apertura de su economía para el capital trasnacional desde 1978; y garantiza en términos absolutos la propiedad intelectual de las compañías transnacionales, esencialmente norteamericanas (las firmas estadounidenses son 44% del total del sistema global de producción).

Esto es lo que ha permitido que JP Morgan y Goldman Sachs, entre otras, se conviertan en las primeras empresas de capital extranjero con pleno acceso al mercado bursátil chino (16,5 billones de dólares), el segundo del mundo después de EE.UU. Al mismo tiempo, las inversiones de EE.UU. en China alcanzaron a 14.000 millones en 2019, por encima de los 13.000 millones que alcanzaron el año anterior, con más de 5.000 millones invertidos en los primeros 5 meses de 2020, incluyendo 2.300 millones en el primer trimestre del año.

En este periodo fue cuando la economía china cayó 6,9% anual, como consecuencia del estallido de la pandemia del coronavirus, que tuvo su epicentro en la ciudad de Wuhan, Provincia de Hubei.

Son más de 60.000 las empresas norteamericanas que han invertido en la República Popular en los últimos 40 años; y han constituido allí un stock de capital de más de 150.000 millones. Entre ellas, General Motors (GM), que vende en el mercado chino más automóviles que en EE.UU., y Tesla, que estableció en Shanghai en 2018 la mayor planta de automóviles eléctricos del mundo, con una inversión de 7.800 millones en una compañía que es totalmente de capital extranjero (estadounidense), fuera del régimen de los joint venture, la primera en la historia china.

El comercio entre las dos superpotencias alcanzó a 540.000 millones en 2018/2019, y es el primero del sistema global. Esto significa que el intercambio bilateral alcanzó en este periodo a 2.000 millones diarios con el agregado de que en las tecnologías de avanzada de la cuarta revolución industrial, la interpenetración entre EE.UU. y China es 30%/40% del total; y que esto se manifiesta en que la demanda de la República Popular es absolutamente esencial para la producción de equipos high tech de Microsoft, Apple y Cisco, entre otras; y que el principal comprador y proveedor del lado chino es Huawei, la firma que está a la cabeza de la 5-G en el mundo, la tecnología crucial de la Internet de las Cosas.

La exacerbación de la competencia estratégica entre las dos superpotencias que muestran las reiteradas denuncias del presidente Donald Trump sobre el origen del coronavirus (laboratorio de Wuhan), cuenta con un enorme respaldo en EE.UU., que incluye las dos cámaras del Congreso, a demócratas y republicanos, y a prácticamente la totalidad de los medios de comunicación (desde Fox a CNN pasando por New York Times, Washington Post, y la National Review). Mucho ruido y pocas nueces para contentar a su parroquia.

Es un indicador que señala inequívocamente la importancia creciente económica, tecnológica, y geopolítica de la República Popular, cuyo status internacional ha aumentado cualitativamente tras haber controlado la epidemia en sólo siete semanas a contar del 27 de diciembre, y a recuperar su economía plenamente a partir del segundo trimestre, adelantándose un trimestre y medio al ciclo de recuperación global.

La historia no es un torneo de argumentos, sino el despliegue del sentido de la realidad de las cosas, que siempre tiene razón, y que por lo tanto siempre se impone. El comunismo chino funciona y asombra a cualquier estudioso de la economía y solo con dar una vuelta por cualquier zona comercial de ese país, uno se da cuenta de que aquello es muy raro pero muy potente, muy vigoroso, muy innovador y, lo que temen los capitalismos, muy productivo.


Francisco Villanueva Navas, analista de La Mar de Onuba, es economista y periodista financiero.

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