Alcohólicos rehabilitados onubenses: escuela de salud

Por Juan Calixto.

a D. Cristóbal Gangoso

Los caminos de la dependencia y las adicciones son de muy fácil acceso en nuestra sociedad, al principio siempre es cuesta abajo, y sin esfuerzo puede uno adentrarse hasta donde la ceguera lo permita; la salida, por el contrario, no es tan fácil de encontrar, para llegar a ella es necesario cruzar el barranco de la desesperación y caminar cuesta arriba, con trabajo y voluntad. No todos la encuentran.

Hace casi 50 años que ARO viene siendo la luz que alumbra el camino de la rehabilitación de cientos, miles, de familias en nuestra provincia. Fue allá por el año de 1.971 cuando, de la mano de un Quijote de la psicología, los primeros alcohólicos onubenses empezaron a compartir experiencias vividas que alumbraran el camino a los recién llegados. Entonces eran un puñado de hombres desesperados, desahuciados de los hospitales, que tras recibir el alta médica volvían a los pocos días por las mismas puertas por las que habían salido. Hoy, casi 50 años después, somos cientos los que mantenemos más viva que nunca la llama del altruismo y la generosidad , para que sigan abiertas, de par en par, las puertas de la rehabilitación a todas las personas de nuestro entorno, desde Huelva o Punta Umbría a Cortegana, desde Bonares a Zalamea, desde Valverde a Isla Cristina….

La sociedad que nos toca vivir nos empuja por esos caminos de “comportamientos normales”, cuando nos bautizan, en la primera comunión, en nuestra boda. En la actualidad no entendemos una celebración si no hay un consumo desmesurado de alcohol. Nos hacen creer que necesitamos el tóxico para desinhibirnos, para divertirnos.

No queremos asumir que somos unos esclavos del consumo de alcohol, de manera que si en una fiesta nos retiraran el alcohol no seriamos capaces de actuar con naturalidad, nos sentiríamos totalmente desnudos, y la fiesta perdería todo su encanto. ¿Qué sería de la multitud de romerías, ferias y fiestas patronales sin alcohol……? ¿Quién se atreve a celebrar un bautizo, una comunión o una boda sin alcohol…..? Cualquiera que lo intentara sería visto como un bicho raro por la comunidad.

Afortunadamente la mayoría de la gente no tiene problemas de dependencia, o al menos su grado de dependencia es “razonablemente normal”. Por desgracia, hay mucha otra gente, oculta tras las caretas de diario, que no tienen una relación placentera con el alcohol. Son, o somos, personas que a base de abusar del consumo de algún tóxico llegamos a un punto del camino donde no tenemos retorno, y cada día necesitamos consumir más para hacer lo mismo: nos ocurre con el tabaco, que al principio era uno o dos cigarros al día y al final son uno o dos paquetes; también nos ocurre con el alcohol, que al principio era una o dos copas los fines de semana y al final son varias copas todos los días, o muchas copas el día que “nos liamos”. También ocurre con la coca, con la heroína, y, en general, con todos los tóxicos que generan dependencia: al principio todo nos resulta atractivo y “nos pone”; con el paso del tiempo cada vez necesitamos consumir más, a pesar de no sentir nunca más los momentos placenteros de las primeras veces. La diferencia entre el uso y el abuso en estos casos es elocuente.

Seguro que hay quien dirá que las drogas han existido desde que el hombre es hombre, y efectivamente así es. Pero el consumo que de ellas hacía el viejo “Chaman” de la tribu, cuando recurría al peyote para reencontrarse con los espíritus de sus antepasados, nada tiene que ver con el uso de esas “drogas de diseño” que la juventud de los “países desarrollados” hace los fines de semana en el botellón de cada uno de nuestros pueblos, o con el consumo de destilados que los currantes de turno hacen todas las mañanas antes de entrar al tajo.

El agua de fuego que terminó degenerando a los indómitos guerreros sioux también está destrozando muchas familias de nuestro entorno más cercano, que sufren las consecuencias de la dependencia en silencio. En cada rincón de nuestros pueblos y ciudades habita el sufrimiento amargo de muchos hijos de adictos, que temen la llegada del padre cuando viene borracho. Debajo de los tejados de nuestros hogares se esconden cientos de lágrimas derramadas en las noches de borrachera, cuando la violencia se desata, cientos de moratones que se reflejan en los espejos de tantas esposas que perdieron su dignidad. Insultos y golpes que silencian los muros fríos de tantas casas. Arrepentimiento y promesas de dejarlo para siempre.

Mientras la sociedad vive de espaldas al alcoholismo las familias desgraciadas lo son cada una a su manera.

Yo podría recordar a Teo, a Manuel, a Loli o a Santos. Yo podría recordar una a una las otras caras del alcoholismo, las personas que lo perdieron todo cuando apenas despuntaba el día, los otros perdedores de la Historia, los que también perdieron su dignidad. Los he visto llorar y, entre suspiros y lágrimas, levantar su mano pidiendo ayuda, intentar hablar sin palabras, con la sencillez de quien anduvo descalzo por los laberintos de la soledad y la desesperación. He olido sus alientos de resaca y he escuchado con atención sus lamentos y maldiciones, y los he visto andando por los caminos, por donde andan a trompicones los desesperados, sin rumbo y sin aliento.

Al cabo del tiempo, y gracias a ARO, comparto mis días y ollas con gente muy libre, recién llegada de los infiernos, gente que ha padecido el rechazo y la condena de sus vecinos y que ha conseguido librarse de las cadenas de la adicción. Les veo reírse y sé que, cada día, buscan la felicidad, que son dueños de sus días y no permiten que nadie les marque el camino. Una vez más me ha sorprendido la capacidad que tienen los hombres de buena voluntad para burlar las trampas del consumismo. Maduro a su lado, y cada mañana procuro hacer mía su sabiduría y su generosidad. Esta gente me está enseñando a ser capaz de apreciar las pequeñas cosas que llenan los días y a valorar los momentos, siempre efímeros, que conforman nuestras vidas .Los podría nombrar uno a uno, y podrían llamarse Toñi, o Teo o Manolo Vázquez o… simplemente D. Cristóbal. A su lado he dejado de creer en la cobardía del destino y, con valentía y firmeza, decido cada mañana como viviré el resto del día. Soy yo el dueño de mis días, y los escribo a mi manera, entre alcornoques y quejigos, con sabor a tierra, pero libre, cada día más libre.

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