‘Que la guerra te sorprenda bailando», por Eduardo Flores

por Eduardo Flores

 

Martes, 10 de marzo de 2026. Podríamos conformarnos. Asistir a la resignación, con un suspiro quizá. Como si el mundo hubiese cambiado. A peor, claro.

Lo más destacado del nuevo orden mundial es la impudicia de quienes poseen una extrema capacidad para la fuerza bruta. Nunca supimos hasta qué punto la mentira en forma de reglas del juego salvaban vidas. La verdad, sin embargo, pasea por redes sociales con el destripamiento de todas aquellas leyes y convenciones que, aparentemente, solidificaban los continentes sobre los océanos. Qué dulce mentira entonces, por la que pagábamos, con una frecuencia muy por encima de nuestras posibilidades, alguna que otra decepción, asombro, puntuales tristezas de andar por casa, de informativo de sobremesa.

Toda vez aceptado el tiempo de la verdad y que no hay más ley que la del más fuerte, ¿dónde nos encontramos usted y yo, peatones de lo cotidiano, hijos hermanos padres amigos de alguien, seres sintientes esclavos de la jornada laboral y las facturas? En una trampa mortal del alma. Porque mentiras y verdades a un lado, el mal y el bien distribuidos en un yin yang esquizoide, en mayor o menor medida alelados por la furia épica y vertiginosa de los tiempos, necesitamos un mínimo asidero del que aferrarnos para no caer en la creencia de que este mundo no es un vertedero moral en el que de súbito y por capricho o cálculo o porque sí un misil hipersónico puede ponerte a hervir las entrañas sin que a tu violentísima desaparición le quede un mísero epitafio en el que resumir lo insignificante que habías sido siempre.

Exacto, necesitamos el lado correcto de la historia. Un camino que jamás ha coincidido con bandos claramente definidos.

El Irán que Israel y Estados Unidos están deshaciendo de la faz de la tierra es un país gobernado por miserables teócratas sobre un pueblo quebrado de posibilidades vitales. Mientras que el gobierno de los Ayatolás operaba bajo el imperio de la mentira aceptable es en el escenario de la bruta y renovada verdad que la coalición de oscuros deseos americano e israelí masacra a un pueblo que salta de la falta de libertad a la muerte. ¿Dónde nos encontramos usted y yo? En las entrañas de la incertidumbre y el miedo. Porque podríamos pasar de fase con la verdad de que los iraníes nos importan un carajo, toda vez que su aberrante gobierno les ha rebajado de humanidad a ojos de occidente. Iraníes que sin embargo están hoy más cerca de cualquiera de nosotros que nunca si entendemos que en el tablero del mundo un capricho o cálculo o porque sí un misil hipersónico puede vaporizarte las tripas.

Son tiempos en los que usted y yo, peatones de lo cotidiano, hijos hermanos padres amigos de alguien, seres sintientes esclavos de la jornada laboral y las facturas, hemos sido degradados de agradecidos consumidores a carne de exposición. Lo que le quiero decir es que poco van a importar sus simpatías políticas o ideológicas si no le pesa la humanidad de seguir vivo con un mínimo necesario de dignidad, en un mundo en el que nada puede frenar ya el delirio inmoral y perverso de los líderes mundiales que con nuestra insensatez han heredado la humana obligación de hacer el bien.

En cualquier caso, de admitir una sugerencia, yo los invito: no se resignen. O como dice Ernest Hemingway en Adiós a las armas: «El mundo rompe a todos, y después, muchos son fuertes en los lugares rotos. Pero a los que no rompe, los mata. Mata a los muy buenos, a los muy dulces y a los muy valientes, imparcialmente. Si no eres ninguno de estos, puedes estar seguro de que también te matará, pero no tendrá ninguna prisa especial». A lo que añado, que la guerra te sorprenda bailando.

Eduardo Flores, colaborador habitual de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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