
Martes, 17 de febrero de 2026. Si uno se adentra en la Argentina de Javier Milei hay una constante que se repite con una crudeza que ya no admite matices: la mayoría de los trabajadores son pobres. No cubren sus necesidades vitales con su sueldo, ahorrar parece un sueño remoto y, ante cualquier imprevisto —una enfermedad, una rotura en la casa, un despido— deben recurrir a familiares, amigos o préstamos usureros que hipotecan el poco margen que les queda para sobrevivir.
La paradoja es brutal. Tener empleo ya no garantiza salir de la pobreza. La figura del “trabajador pobre” dejó de ser una categoría estadística para convertirse en una experiencia cotidiana. Empleados formales cuyos salarios pierden contra la inflación; trabajadores informales que viven al día; jubilados que, después de décadas de aportes, deben elegir entre medicamentos y alimentos. La cultura del esfuerzo, tantas veces invocada desde el poder, se estrella contra la realidad de ingresos que no alcanzan.
El crecimiento de la miseria y de la gente que literalmente duerme en la calle es también reseñable. En las grandes ciudades es imposible no percatarse de esta situación. Personas que improvisan camas de cartón en veredas comerciales, familias enteras refugiadas bajo marquesinas, ancianos que arrastran sus pertenencias en carros de supermercado. No se trata de casos aislados: es un fenómeno que se expande y se naturaliza. La pobreza deja de ser una cifra en un informe técnico para convertirse en un paisaje urbano.
A esa postal se suma otra igualmente dolorosa: muchísimos chicos practican la mendicidad en los semáforos. Venden pañuelos, limpian parabrisas, piden monedas. Cerca de mi casa, incluso vi a un padre que utiliza a sus hijos como reclamo. La escena interpela y duele. La infancia, que debería ser territorio de juego y aprendizaje, queda atrapada en la urgencia de la supervivencia. La desigualdad no sólo se hereda: se reproduce ante nuestros ojos.
Cuando el presidente repite que “no hay plata”, el mensaje parece dirigido siempre hacia abajo. El ajuste cae con más fuerza sobre quienes menos tienen. La reducción del gasto público, la eliminación de subsidios, el encarecimiento de servicios básicos impactan directamente en los sectores populares. Sin embargo, la percepción social es que sí parece haber recursos para otros ámbitos: partidas vinculadas a áreas sensibles del Estado, reestructuraciones que no siempre se explican con claridad, prioridades que generan controversia.
El discurso oficial reivindica el orden fiscal como condición indispensable para cualquier proyecto de crecimiento. Se argumenta que el sacrificio actual es el precio necesario para estabilizar la economía y sentar bases sólidas. Pero mientras tanto, la vida cotidiana no espera. Las familias deben pagar alquileres que suben mes a mes, tarifas que se disparan, alimentos que cambian de precio en cuestión de semanas. La macroeconomía puede mostrar señales de ordenamiento; la microeconomía doméstica, en cambio, exhibe grietas cada vez más profundas.
El problema no es sólo económico, sino también simbólico. Los pobres invisibles son aquellos que trabajan, que cumplen horarios, que sostienen rutinas, pero que no logran escapar del círculo de la precariedad. No protagonizan grandes titulares ni forman parte de debates televisivos permanentes. No cortan calles ni organizan conferencias de prensa. Simplemente resisten. Su invisibilidad radica en esa normalización del sufrimiento: se da por hecho que deben arreglárselas solos.
La narrativa del mérito individual, tan presente en el ideario libertario, supone que el mercado premiará a quienes se esfuercen y castigará a quienes no lo hagan. Sin embargo, en contextos de crisis profunda, el mercado no distingue con precisión moral. Castiga, sobre todo, a quienes parten de posiciones más débiles. La igualdad de oportunidades, tantas veces invocada, se vuelve una quimera cuando el punto de partida es tan desigual.
Frente a este panorama, la sociedad oscila entre la resignación y el enojo. Algunos sostienen que no había alternativa y que el ajuste era inevitable. Otros denuncian que el costo recae desproporcionadamente sobre los sectores vulnerables. En medio de esa discusión, los trabajadores pobres continúan haciendo cuentas imposibles. La heladera vacía no entiende de teorías económicas.
La pregunta de fondo es qué modelo de país se está construyendo. ¿Uno donde el equilibrio fiscal sea el único faro, aun a costa de ampliar la brecha social? ¿O uno que combine responsabilidad macroeconómica con redes de contención efectivas? La historia argentina muestra que los ciclos de ajuste severo suelen dejar cicatrices profundas, difíciles de revertir.
No se trata de negar los problemas estructurales ni de minimizar la gravedad de la crisis heredada. Se trata de reconocer que detrás de cada decisión presupuestaria hay vidas concretas. El trabajador que no llega a fin de mes no es una variable de ajuste; es una persona con nombre, familia y expectativas. El niño que pide monedas en un semáforo no es una estadística; es una biografía en formación.
La Argentina atraviesa un momento decisivo. La lucha contra la inflación y el déficit puede ser un objetivo legítimo, pero no debería implicar la invisibilización de quienes quedan en el camino. Porque cuando la pobreza se vuelve paisaje y la indigencia rutina, el riesgo es mayor que el deterioro económico: es el deterioro moral.
Los pobres invisibles existen. Trabajan, caminan nuestras calles, viajan en el mismo transporte público. No piden privilegios, sólo condiciones mínimas de dignidad. Ignorarlos puede ser funcional a ciertos discursos, pero no resuelve el problema. Al contrario, lo profundiza.
Tal vez el verdadero desafío sea compatibilizar orden y justicia. Entender que la eficiencia económica no está reñida con la empatía social. Que el equilibrio de las cuentas públicas no puede construirse sobre el desequilibrio permanente de millones de hogares. Si no se logra ese delicado equilibrio, la promesa de un futuro mejor quedará reservada para unos pocos, mientras la mayoría seguirá habitando esa categoría amarga y silenciosa: la de los pobres invisibles.

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