
Sábado, 7 de febrero de 2026. Los que somos inmigrantes —yo me considero así pese a ser español de pleno derecho— solemos tener la fortaleza mental de no mirar hacia atrás cuando emprendemos un camino nuevo, que en muchos casos está lleno de obstáculos muy duros. Si los superas, asistes a una especie de universidad popular que no se encuentra en ningún plan de estudios reglado: aprendes a leer silencios, a interpretar gestos, a entender que nada te será regalado. Sin embargo, a veces es preciso volver la vista atrás, sobre todo cuando suceden acontecimientos que te marcan de manera irremediable. El fallecimiento de mi padre, Luis Raúl Ferrando, el 9 de septiembre de 2025 fue uno de ellos. Su deceso me obligó a volver a Argentina, donde empezó todo y donde tomé algunas de las decisiones más importantes de mi vida.
España y Argentina son lugares comunes, como parafraseó Federico Luppi en la película homónima de Gustavo Aristarain, pero no son iguales. Cada una ha seguido su propio proceso histórico, social y cultural, que he analizado pormenorizadamente en varios artículos publicados en distintos medios de comunicación y en algunos libros de mi editorial. Son países distintos, con ritmos y heridas diferentes, pero a veces se cruzan y se entrelazan de forma casi inevitable, como en este tiempo que me toca vivir. En ese cruce permanente habita el inmigrante: nunca del todo fuera, nunca del todo dentro.
No soy de llantos ni de lágrimas, a pesar de que por ello mi hermano menor me tilde de frío. La procesión va por dentro, como reza el refrán popular. Tal vez sea una forma aprendida de resistencia, o quizá una herencia familiar. Hay dolores que no necesitan exhibición para ser profundos.

Lo cierto es que en estas horas he terminado de realizar el duelo que todos los mortales tenemos la imperiosa necesidad de afrontar cuando alguien tan importante nos dice adiós. No fue un duelo ruidoso ni teatral. Fue, más bien, un proceso silencioso, íntimo, casi artesanal.
Lo hice ordenando los papeles y las pertenencias de mi padre, que mi madre no se atrevía a tocar hasta que yo llegase. De hecho, este artículo lo estoy escribiendo en su escritorio, ahora desnudo, que despejé para poder ponerme a trabajar. He tirado muchas cosas. Hay que seguir adelante. El desprendimiento también forma parte del duelo. Pero, al mismo tiempo, he podido comprobar de primera mano su pensamiento complejo y el orden de sus prioridades, que no siempre coincidían con lo que uno hubiera supuesto.
Guardaba con celo todas las cartas que nos escribimos, incluso aquellas escritas en momentos de distancia o de silencio. También conservaba cuadernos míos de cuando estudiaba, trabajos escolares, anotaciones que yo había olvidado por completo. En algunas ocasiones los tenía junto a mis libros, como si formaran parte del mismo territorio. Me llamó la atención comprobar que todo lo mantenía muy a mano, como si lo leyera a menudo, junto a documentos verdaderamente importantes. No había jerarquías evidentes entre lo oficial y lo afectivo.

También me sorprendió que conservara cosas que yo, de adolescente, quise tirar —ay, bendita adolescencia—, en ese impulso tan propio de quien cree que el pasado estorba. Entre ellas, una foto de carné sacada por un fotógrafo que a mí no me gustaba, vaya uno a saber por qué. En ella llevaba el pelo largo y un traje de chaqueta que seguramente me compró mi madre. La corbata sí que era de papá, y con ella intentó enseñarme, infructuosamente, a hacer el nudo de la corbata. En la actualidad, guardo en mi armario todas las corbatas con el nudo hecho: todavía no he aprendido. Hay aprendizajes que se resisten, quizá porque ya no queda nadie que los supervise.
Mientras ordenaba, comprendí que emigrar no es solo un acto de valentía individual, sino una cadena invisible de renuncias compartidas. El que se va también obliga a otros a quedarse de otra manera. Mi padre aceptó mi marcha sin dramatismos, con una entereza que ahora, a la luz de su ausencia, me parece heroica. Nunca me pidió que volviera. Nunca me reprochó la distancia. Me dejó ir, que es una de las formas más honestas de querer.
El inmigrante aprende pronto a no mirar atrás para poder seguir avanzando. Pero la muerte rompe esa lógica. Te obliga a detenerte, a regresar, a tocar con las manos lo que creías ya asumido. Y es entonces cuando descubres que no todo se dejó atrás: que muchas de las herramientas con las que construiste tu vida en otro lugar te las dieron allí, sin que fueras consciente.
Volver a Argentina es reencontrarme con una parte de mí que había quedado suspendida en el tiempo. No para instalarme en la nostalgia, sino para comprender mejor mi propio recorrido. Porque solo cuando uno acepta su condición de desplazado permanente puede reconciliarse con los lugares comunes que habita.
Hoy sé que la inmigración no se termina nunca. No concluye con un documento, ni con una dirección fija, ni siquiera con la integración plena. Se reactiva en momentos clave, como la pérdida de un padre. Y en ese instante, cuando todo parece quebrarse, también se ordena algo esencial.
Mi padre ya no está. Pero su manera de guardar, de cuidar, de no soltar del todo, viaja conmigo. Como viajan las palabras no dichas, las cartas conservadas y las corbatas anudadas por otros. Quizá eso sea, al final, lo que nos salva: entender que incluso en la distancia, incluso en la muerte, hay herencias que no se pierden. Lugares comunes que, de tan compartidos, se vuelven profundamente nuestros.
J. Nicolás Ferrando es fundador y director de Artelibro, una editorial que ha publicado un total de 85 libros y cuyo lema es la recuperación de lugares y personajes singulares. En su catálogo destaca la colección «21 distritos, 21 libros» en la que se puede encontrar un libro por cada uno de los distritos de Madrid. Colabora habitualmente con medios como La Mar de Onuba, El Mundo Financiero o El Constitucional.

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