
Sábado, 19 de julio de 2025. A lo largo de la historia, el fracaso de los sistemas políticos ha sido un tema recurrente, marcado por figuras que, en su búsqueda de poder absoluto, transformaron no solo sus países, sino que también desafiaron la moral y la ética de sus sociedades.
Con este escenario dantesco, la figura de Calígula, apodado «botitas», y la de Donald Trump emergen como dos ejemplos de cómo el liderazgo tiene el potencial de alejarse del bienestar común y acercarse a la dominación personal, evidenciando así el fracaso de los sistemas que permiten la concentración de poder en manos de individuos carismáticos pero problemáticos.
Cayo Julio César Germánico, más conocido como Calígula, ocupó el trono romano desde el 37 hasta su asesinato en el 41 d.C. Su reinado es recordado por el desvarío y la dicotomía entre su capacidad para transformar el paisaje urbano y social de Roma y su incesante deseo por la adulación. Al igual que su contemporáneo, Donald Trump, Calígula demostraba una inclinación hacia el desprecio por las instituciones republicanas.
Ambos líderes, en su afán por perpetuar su imagen como figuras omnipotentes, utilizaron el humor como un medio para defender lo indefendible; en el caso de Calígula, hizo una broma acerca de nombrar a su caballo cónsul, mientras que Trump ha coqueteado con la idea de un «tercer mandato», sugiriendo una reinterpretación de la democracia que se asemeja más a un despotismo que a un liderazgo responsable.
La historia de Calígula está plagada de relatos sobre su crueldad caprichosa, unos relatos que, aunque a menudo exagerados, reflejan un comportamiento megalómano que desatendía la justicia y el respeto por la vida humana. Su reinado finalizó en un brutal asesinato, un recordatorio de que los excesos del poder absoluto suelen tener consecuencias fatales.
De igual manera, Trump es hoy objeto de críticas severas por su estilo de Vida y liderazgo, que, en ocasiones, ha parecido más una búsqueda de validación personal que un compromiso serio con la gobernanza adecuada rozando la ilegalidad.
Comparaciones más degradantes afloran cuando se consideran los lazos de ambos con el escándalo y la depravación; mientras que Calígula es asociado con excesos y caprichos brutales, Trump se ha visto envuelto en escándalos que incluyen vínculos con la prostitución y otras actividades ilegales que manchan su reputación.
Ambos personajes poseen un paralelismo, una proyección de sus tutores, progenitores y de una cultura política que ha fallado en mantenerles a raya.
Estos ejemplos inquietantes de cómo las instituciones pueden ser erosionadas desde dentro con un asalto al Capitolio, alimentados por el carisma de líderes que priorizan su propia imagen en lugar de los intereses del público.
En este sentido, el fracaso del sistema se manifiesta en la falta de controles y equilibrios que permitan una rendición de cuentas adecuada, dejando a sociedades enteras a merced de individuos volátiles. Hoy es Presidente Omnipotente de los EEUU.
Al comprender el liderazgo de Calígula y Trump no puede obviar la reflexión sobre el estado de nuestras democracias actuales.
La admiración desmedida por líderes carismáticos, combinada con un desprecio por los principios fundamentales de la gobernanza democrática, nos arrastra a las naciones hacia un abismo de desconfianza y desesperanza.
Así, el fracaso de los sistemas políticos no solo es un reflejo de la incompetencia de sus líderes, sino también del silencio cómplice de aquellos encargados de supervisarlos y de los ciudadanos que lo secundan.
La historia nos ofrece lecciones valiosas que, si bien a menudo parecen repetirse (1930), nos llaman a estar alerta y a exigir un liderazgo que se base en la ética, la responsabilidad y el respeto por los sistemas que sostienen la convivencia pacífica y justa entre los ciudadanos. Hoy además necesitamos un comercio justo y sostenible que reparta las riquezas equitativamente entre todos.
Ambos, a su manera, simbolizan la fragilidad de los sistemas democráticos que, en lugar de proteger a sus ciudadanos, pueden convertirse en escenarios donde el autoritarismo y la irresponsabilidad se hacen presentes.
En la figura de Calígula, su obsesión por la gloria y la veneración fue un eco de un liderazgo que ignoró las necesidades fundamentales de su pueblo. La magnífica construcción de edificios públicos y la organización de juegos y festivales no ocultaban un gobierno descontrolado que se regía por impulsos y caprichos.
Por su parte, Donald Trump, aunque se sitúe en un contexto democrático contemporáneo, ha evidenciado cómo el discurso populista y la manipulación de las emociones pueden ser herramientas eficaces para erosionar las bases del sistema republicano estadounidense.
Su retórica agresiva y divisoria ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de una sociedad ante líderes que saben jugar con el miedo y la incertidumbre.
La aberración de la instalación de un «gobierno de un solo hombre», ya sea en la Antigua Roma o en la actual era de las redes sociales y el espectáculo, plantea interrogantes sobre nuestro futuro.
La responsabilidad del electorado se convierte en un imperativo; cada voto debe ser una declaración de principios que priorice la salud del sistema democrático por encima del individuo. La complacencia, la desinformación y el escepticismo hacia las instituciones pueden abrir la puerta a figuras que empeoran nuestras condiciones de vida mientras se aferran al poder.
Es evidente que las democracias deben ser constantemente vigiladas y renovadas, con mecanismos fuertes que aseguren la rendición de cuentas. La historia, con su inagotable capacidad para enseñarnos, nos invita a observar las lecciones del pasado y a actuar mediante la participación cívica activa y el respeto a las normas.
La fragilidad del sistema democrático no es un destino inamovible; es el resultado de decisiones colectivas. Está en nuestras manos asegurarnos de que no se repitan las sombras de figuras como Calígula y Trump en nuestros gobiernos, sino que nuestras instituciones se fortalezcan en virtud de servir al bien común.
Julián Blanco, colaborador de La Mar de Onuba, es jardinero y fotógrafo, activista social y ecologista

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