Seis claves para entender lo que supone el fin de Maduro en Venezuela

Tras la “captura” del presidente venezolano, la prioridad de Trump no es derribar al régimen ni devolver la democracia al país. El magnate busca extender la influencia de EE.UU. por América Latina, aunque esto supondrá la destrucción definitiva del sistema internacional que conocíamos
por Blas Moreno

Lunes, 5 de enero de 2026. Happy New Year! Así es como saludó Nicolás Maduro a la prensa a su llegada, esposado y rodeado por agentes de la DEA, a Nueva York este sábado 3 de enero. Menos de veinticuatro horas antes todavía ejercía como presidente de Venezuela, hasta que Estados Unidos atacó Caracas y otros puntos del país y le secuestró.

Se sabía que Maduro iba a ser derrocado pronto. Había algunas ideas del porqué. Faltaba saber el cómo y el cuándo. La gran pregunta era: ¿después qué?, ¿qué pasará con Venezuela cuando caiga Maduro? Este fin de semana se han empezado a resolver algunas de esas dudas, aunque no todas. Pero del ataque de surge una certeza: el mundo en el que vivimos ya no es el que conocíamos.

Trump no quiere acabar con el régimen chavista ni traer la democracia a Venezuela

La primera sorpresa tras el ataque del sábado fue saber que Estados Unidos había capturado a Maduro. La segunda, ya durante la rueda de prensa posterior, fue oír a Trump anunciar que van a gobernar Venezuela, al menos hasta que Caracas actúe al gusto de la Casa Blanca. Si no, no descarta ordenar una segunda oleada de ataques, aunque cree «que no hará falta».

Washington no pretendía derribar al régimen venezolano. Quedó claro cuando vimos que solo capturaban a Maduro y su mujer. Ningún otro alto cargo ha sido secuestrado o asesinado. Al contrario, Trump reconoció que ya han hablado con la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, para que se haga cargo de la transición. Rodríguez lo niega, ¿pero tiene alternativa?

Además, Estados Unidos tenía contactos dentro del régimen que facilitaron la operación. Por mucha superioridad militar que tenga Washington, solo así se explica lo rápida y limpia que fue la incursión. ¿Estaba el derrocamiento de Maduro pactado con Rodríguez u otros líderes venezolanos? El Miami Herald ya publicó una exclusiva en octubre donde hablaban de esta posibilidad. No se sabe con certeza.

¿Y la oposición? ¿No se suponía que la nobel María Corina Machado tenía el apoyo de Trump para democratizar Venezuela? Otra sorpresa. Trump lo descartó ayer: no cree que Machado pueda tomar el poder. Por supuesto, tampoco le interesa impulsar la democracia en el país.

Por ahora el control seguirá en manos del régimen chavista, que solo ha sido descabezado y ahora empezará a colaborar con Washington. Lidera el proceso Delcy, que ya ha sido investida presidenta en ausencia de Maduro. Pero no está claro quiénes en la cúpula han pactado con Trump ni bajo qué condiciones, así que podrían empezara a verse disputas internas.

¿Todo esto por es el petróleo?

Trump dedicó buena parte de su comparecencia a hablar del petróleo: lo mencionó más de veinte veces. Anunció que las empresas petroleras estadounidenses entrarán en Venezuela para relanzar la producción de crudo venezolano y así enriquecer a los venezolanos y a Estados Unidos.

Venezuela, el país con más reservas de petróleo probadas del mundo, fue antaño una gran potencia exportadora. Pero tras décadas de desinversiones y sanciones internacionales, su producción apenas alcanza el millón de barriles diarios. El potencial es enorme.

Todo esto ha generado decenas de columnas en prensa y acalorados debates en televisión, radio y redes sobre la importancia del petróleo en todo esto. ¿Está claro, no? La avariciosa gran potencia, una vez más, interviene en un tercer país para quedarse con sus riquezas. Hasta Trump lo ha reconocido.

Sin embargo, atribuir todo al petróleo es simplista. Estados Unidos no depende del crudo venezolano. No lo necesita, ya que es el principal productor de petróleo del mundo. China tampoco: Venezuela no está ni en el top quince de proveedores a Pekín, así que quitarle este suministrador no le hará mucho daño. Rusia, gran exportador de crudo, mucho menos.

Además, los costes de volver a poner en pie las infraestructuras petroleras en Venezuela son enormes: supondrá años y cientos de millones de dólares. Por no hablar de que todo esto ocurrirá en medio de una gran inestabilidad y el riesgo de un estallido de violencia civil. No es tan buen negocio como parece.

¿Entonces, por qué derrocar a Maduro? El petróleo seguro que ayudó a convencer a Trump, tan amigo de hacer dinero. Controlarlo se enmarca en una estrategia más amplia de disputa por los recursos, como las tierras raras o el litio, que Estados Unidos ha desplegado en otras regiones.

Pero también está el cálculo geopolítico, la doctrina Monroe: esa visión decimonónica de que América, y sus recursos, deben estar controlados desde Washington, sin que otras potencias puedan intervenir.

Y, sobre todo, pesó mucho la ambición de dos hombres fuertes de la Casa Blanca: Marco Rubio, secretario de Estado, y Stephen Miller, mano derecha de Trump para seguridad interna y migración. Ambos siguieron la operación militar desde la residencia del presidente en Florida.

Rubio quería derribar al chavismo por una cuestión ideológica: cubanoamericano de Florida, esta ha sido su obsesión desde que se convirtió en senador en 2011. Para Rubio, el siguiente objetivo es el régimen castrista de Cuba. Miller, ultraderechista, ha hecho todo lo posible por relacionar migración con delincuencia y narcotráfico para apelar al electorado republicano y justificar las redadas antiinmigrantes.

Capturar a Maduro bajo acusaciones de narcotráfico servía a los intereses de ambos y además proporcionaba una cierta coartada legal.

¿Pero esto es legal?

No, en absoluto. El ataque a Venezuela y secuestro de Nicolás Maduro violan el derecho internacional y la ley federal estadounidense de varias maneras. Pero da igual. No es la primera vez que Trump rompe las reglas ni será la última. Aunque su Administración se ha guardado de buscar una forma de cubrirse las espaldas.

La Casa Blanca insiste en que capturó a Maduro porque es el líder de una red de narcotráfico que inunda de droga los Estados Unidos. Aseguran que esto no es una guerra ni un ataque contra un Gobierno soberano, porque Maduro solo es un criminal, no el presidente legítimo de Venezuela (de todas formas, ¿desde cuándo es legal atacar un país para capturar a un delincuente?).

Con ello pretenden esquivar la principal crítica legal que llega desde Estados Unidos: que es el Congreso, no el presidente, quien debe decidir si se inicia una guerra, más aún si después se pretende mantener tropas en ese país o incluso controlarlo políticamente. Pero el argumento es débil y podría traer consecuencias legales para la Administración Trump.

Ante al derecho internacional ni siquiera han intentado escudarse. Estados Unidos ha violado la Carta de Naciones Unidas y otras convenciones al usar la fuerza contra un tercer país y secuestrar a su presidente, al margen de que este sea un dictador. Pero la erosión del derecho internacional no empezó ayer. Esto es solo otro clavo en ese ataúd.

¿Beneficia a Trump a nivel interno?

Sí. El objetivo, el momento, la retórica y la escenificación, todo está pensado para beneficiar a Trump. El éxito de la operación, tan espectacular, sirve a Trump para proyectarse como un ganador y un líder fuerte. Siempre ha buscado rodearse de militares, con sus uniformes y galones, para empaparse de la buena imagen pública de las Fuerzas Armadas.

Además, se acercan las elecciones de medio mandato. Un electorado clave son los latinos, a los que apeló varias veces durante el fin de semana: muchos estarán «contentos», dijo, de ver a Maduro entre rejas. Quizá algunos, añadió, quieran volver a su país ahora.

Pero todo esto podría torcerse si de aquí a las midterms, en noviembre, la situación en Venezuela se complica. Implicarse más, incluso desplegar tropas en Venezuela, no sería bien visto por parte del movimiento MAGA, aislacionista, reacio a que Estados Unidos se embarque en guerras en el extranjero.

De fondo hay una disputa dentro de la Casa Blanca y el Partido Republicano entre esta facción, liderada por el vicepresidente JD Vance, y los halcones intervencionistas, encabezados por Marco Rubio. De momento, Rubio va ganando y a Vance ni se le ha visto estos días. Pero la pelea se agriará conforme avance el año y, sobre todo, cuando se acerque el momento de escoger al heredero político de Trump.

¿Hemos vuelto al mundo de las zonas de influencia?

Estos días se está comparando la situación en Venezuela con las injerencias estadounidenses en América Latina en la Guerra Fría, sobre todo la invasión de Panamá para capturar a su dictador, Manuel Noriega, también acusado de narcotráfico, en 1989.

Pero el mundo en el que entramos se parece más al del siglo XIX que al del XX. Un mundo donde no importa la ideología sino los intereses, donde las potencias hacen y deshacen, no hay reglas y los países más débiles deben acatar.

Trump se siente cómodo en ese sistema. Ha recuperado la doctrina Monroe, la idea, originada a principios del siglo XIX, de que Estados Unidos debe ser la única potencia en América, el llamado «hemisferio occidental». Solo Washington debe poder dictar lo que se hace allí y bloqueará cualquier injerencia de otras potencias extranjeras.

Este enfoque no se limita a América Latina ni recurre solo a la fuerza armada. Trump busca establecer Gobiernos afines por todo el continente por la vía del chantaje económico o la presión diplomática. Argentina, Chile, Bolivia, El Salvador, Ecuador u Honduras ya tienen presidentes cercanos a Trump. Colombia o Brasil, que celebran elecciones este año, podrían tenerlos pronto.

Pero Trump también quiere Groenlandia y hasta Canadá. Y quien piense que no hay que hacer caso de lo que dice o que no cumple sus amenazas, debería pensarlo mejor. Ya no parece tan inverosímil que Estados Unidos lance una operación de conquista de Groenlandia o sancione a Dinamarca hasta que esta le ceda la isla. Estos días, mientras todo el mundo miraba a Venezuela, Katie Miller, una de las voces del movimiento MAGA y esposa de Stephen Miller, el asesor de Trump para asuntos internos, publicó un post en X con un mapa de la isla de Groenlandia cubierta con la bandera de EE.UU.

¿Qué pasa ahora con Taiwán y Ucrania?

La otra idea muy repetida desde el sábado es que el ataque a Venezuela sienta un mal precedente. Legitima a Rusia si decide secuestrar a Volodímir Zelenski o a China si se decide a invadir Taiwán. Aunque esto es cierto a medias, el problema es mayor.

Rusia o China no necesitan que Trump establezca un precedente para agredir a sus vecinos. Los rusos llevan cuatro años invadiendo Ucrania, o doce si se tiene en cuenta la anexión de Crimea, y lo primero que hicieron en febrero de 2022 fue intentar secuestrar o asesinar a Zelenski: la guerra solo se ha alargado porque no lo consiguieron.

China quiere conquistar Taiwán y lo hará antes o después. Lleva años aumentando la presión. Hace solo una semana realizó las maniobras militares más grandes en torno a la isla de lo que va de siglo. Y sigue avanzando, de manera cada vez más agresiva, en el mar del Sur de China a costa de sus vecinos Filipinas o Vietnam. El ataque a Venezuela, por tanto, no cambia los cálculos territoriales de China o Rusia.

Lo que hace, y es mucho más grave, es destruir la poca legitimidad que pudiera quedarle a Estados Unidos a nivel internacional. Putin podrá poner como ejemplo a Trump cuando alguien critique sus abusos. China es más sutil, y cuestionará el derecho de Washington a liderar el mundo mientras se presenta a sí misma como un país mucho más amistoso, fiable y pacífico.

El resultado, y por eso lo que pasó anoche es histórico, es la destrucción del sistema internacional que conocíamos. Estados Unidos nunca respetó del todo la soberanía de los Estados, el derecho internacional o el multilateralismo, pero al menos fingió creer en ellos y trató de que el resto del mundo lo hiciera también. Pese a las contradicciones, eso hizo que el mundo fuera un poco más seguro.

Si ni siquiera la primera potencia del mundo, el país que creó este sistema, cree ya en él, hemos entrado en una nueva era. Más peligrosa y violenta, movida por la fuerza y no por las reglas, con un Estados Unidos debilitado y agresivo. Una era en la que, como dijo Tucídides, «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Prepárate, Europa.

Blas Moreno (Madrid, 1994) es codirector y editor jefe de El Orden Mundial. Relaciones Internacionales (inglés) en la URJC.

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