«El tiempo entre trayectos»: las escalas ya forman parte de nuestras vacaciones

Una conexión larga puede parecer un contratiempo, aunque a veces termina dejando algunos de los recuerdos más concretos del viaje.

Aeropuertos, estaciones, intercambiadores y puertos comparten esa espera extraña en la que todo depende de una hora de salida.

Martes, 28 de julio de 2026. Quien haya enlazado alguna vez un autobús nocturno con un tren a primera hora conoce ese cansancio. También quien ha esperado un ferry con viento en el muelle, ha pasado media tarde en una estación porque el siguiente servicio salía cinco horas después o ha aterrizado cuando todavía quedaba por delante otra conexión. Es un cansancio distinto, hecho de sueño mal dormido, ropa arrugada y una atención que nunca termina de relajarse.

La escala empieza casi siempre con un cálculo. Cuánto falta, desde dónde sale el siguiente trayecto y a qué hora conviene ponerse en marcha. Si hay que cambiar de terminal, buscar otro andén o cruzar la ciudad, las cuentas se complican. Lo que parecían cuatro horas dejan de serlo en cuanto se descuenta el margen de seguridad, aunque todavía queda demasiado tiempo para permanecer de pie junto a una puerta cerrada.

Entonces comienza la búsqueda de un lugar donde esperar.

No todas las escalas transcurren entre tiendas, terrazas y salas climatizadas. Muchas suceden en una estación de autobuses casi vacía, junto a una máquina de café que acepta monedas cuando quiere. O en un andén donde apenas hay bancos libres. O en la cafetería de una terminal marítima, con el equipaje entre las piernas y un bocadillo preparado en casa que empieza a parecer una decisión excelente.

El asiento elegido adquiere pronto una importancia inesperada. Desde allí se ve la pantalla, queda cerca el baño y hay un enchufe que, con suerte, funciona. La chaqueta ocupa el respaldo, la mochila se coloca en un lado y la maleta sirve para apoyar los pies. Sin pensarlo demasiado, el viajero instala un campamento provisional que tendrá que levantar en cuanto aparezca el número de su puerta, su vía o su dársena.

Al principio suele intentar aprovechar el tiempo. Responde mensajes, consulta el mapa del lugar al que se dirige o abre ese libro que lleva varios viajes entrando y saliendo de la mochila. La concentración dura poco. Una voz por megafonía obliga a levantar la cabeza, alguien se acerca demasiado al equipaje o la pantalla cambia de golpe y todos los que esperan frente a ella intentan averiguar si la novedad les afecta.

En los viajes con escalas, el reloj manda de una forma bastante rudimentaria. No importa demasiado si es hora de desayunar o de cenar. Importa cuánto queda para salir. En una estación pueden coincidir quien se toma el primer café del día y quien apura la última cerveza de la noche anterior. El cuerpo conserva su propio horario, pero termina cediendo: se duerme cuando se puede, se come cuando hay ocasión y se aprende a desconfiar de las distancias que parecen cortas sobre un plano.

También cambian las conversaciones. En la vida cotidiana, compartir mesa con una persona desconocida no suele conducir a nada. Durante una escala basta preguntar si el asiento está libre para acabar hablando del retraso, del precio de los billetes o de la última vez que aquella conexión salió a su hora. A veces alguien cuenta adónde va. Otras veces explica de dónde viene, que puede ser mucho más interesante.

Son charlas breves y sin compromiso. Terminan cuando llega un autobús, se anuncia un tren o una de las dos personas recoge sus cosas con cierta urgencia. Quizá no haya despedida. Cada cual continúa su ruta y es muy probable que nunca vuelvan a coincidir, aunque durante media hora hayan compartido café, cargador y quejas sobre el servicio.

En esos lugares se ve viajar de verdad. Está quien lleva una maleta nueva y quien carga con varias bolsas que ya han pasado por demasiadas estaciones. Familias que reparten comida, personas que regresan al trabajo, estudiantes que vuelven a casa, parejas que empiezan sus vacaciones y viajeros que hacen solos un recorrido aprendido de memoria. Algunos avanzan con soltura. Otros comprueban tres veces el billete antes de preguntar, aun así, si están esperando en el sitio correcto.

La espera iguala ciertas cosas, pero no todas. Hay quien puede pagar una habitación para descansar entre dos trayectos y quien pasa la noche sentado porque el presupuesto del viaje no admite ese gasto. Quien compra cualquier cosa sin mirar el precio y quien sabe exactamente cuánto cuesta el café antes de acercarse a la barra. Las escalas forman parte de las vacaciones, pero también de los desplazamientos familiares, laborales y migratorios que rara vez aparecen en los folletos de viajes.

Aun así, casi todos terminamos desarrollando las mismas pequeñas estrategias. Localizar el baño menos concurrido. No alejarse demasiado. Guardar algo de batería. Preguntar antes de que cierre la taquilla. Llevar agua y alguna comida, porque los retrasos tienen la costumbre de aparecer cuando ya no queda nada abierto.

En el transporte aéreo, Skyscanner ha reunido algunos aeropuertos donde hacer escalas inolvidables, pero ese tiempo entre trayectos también se vive en estaciones, puertos y áreas de servicio donde nadie ha pensado en convertir la espera en una experiencia.

Tampoco hace falta que ocurra algo extraordinario. Una escala puede quedar asociada a una conversación, a un paisaje visto desde la cristalera o al alivio de encontrar un asiento después de horas de viaje. En ocasiones, lo que se recuerda es menos amable: un retraso mal explicado, una noche fría, un ascensor averiado o la carrera por un pasillo cuando la conexión anterior llegó tarde.

Son recuerdos que se mezclan después con los del destino. La estación donde amanecía mientras esperábamos el primer autobús. El puerto desde el que apenas se veía el mar por la niebla. La cafetería donde pasamos tres horas porque fuera llovía. El área de descanso en la que todo el pasaje bajó medio dormido y volvió a subir quince minutos después, contando cabezas para asegurarse de que nadie se quedaba en tierra.

Hay viajes que se recuerdan por lo que fuimos a ver y otros por la manera en que llegamos. Quizá los segundos sean más frecuentes de lo que admitimos. Las vacaciones no comienzan siempre al abrir la puerta del hotel ni terminan al abandonar la habitación. Empiezan antes, con la preparación, el equipaje y la salida de casa, y continúan en esos espacios intermedios donde todavía queda camino por recorrer.

Cuando por fin anuncian la salida, el campamento desaparece en segundos. El cargador vuelve a la mochila, el envoltorio del bocadillo termina en una papelera y el asiento queda libre para otra persona. Después llega la fila, la comprobación del billete y la búsqueda del lugar asignado.

El vehículo arranca. Por la ventanilla se aleja la estación, el puerto o la terminal donde hemos pasado varias horas sin tener intención de estar allí. Puede que la espera haya sido larga, incómoda o aburrida. Puede incluso que, al recordarla, descubramos que también allí ocurrió una parte del viaje.

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Revista onubense de actualidad, cultura y debate, editada y dirigida por Perico Echevarría - © Copyright LAMDO 2017 / ISSN 2603-817X

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