‘Una sorpresa semanal’, por Julián Blanco

por Julián Blanco

 

Miércoles, 26 de noviembre de 2025. La frase «me llama poderosamente la atención» ha sido utilizada con frecuencia por periodistas y políticos, enfatizando situaciones que, a menudo, revelan la superficialidad y la ironía en el discurso público. A través de esta expresión, se nos invita a contemplar la realidad de un fenómeno que, aunque alarmante, parece haberse normalizado en el difícil contexto de la política actual: la corrupción.

En los últimos años, hemos sido testigos de una sucesión interminable de escándalos, donde figuras comprometidas en actos ilícitos o moralmente cuestionables han sido desenmascaradas, lo que inevitablemente nos lleva a cuestionar la integridad de aquellos en el poder.

Particularmente llamativa es la recurrente aparición de casos de corrupción vinculados a miembros de la coalición ultraderechista. Cada semana, el espectro de una nueva «sorpresa» nos asalta. Desde presidentes de diputación que desvían fondos públicos hasta alcaldes involucrados en actividades poco ejemplares, como el cultivo ilegal e ilícito de marihuana, este ciclo de desenfrenos y escándalos parece no tener fin.

La normalización de la corrupción en la política no sólo desdibuja la confianza pública, sino que también provoca una apatía generalizada hacia la participación cívica.

Un aspecto que me llama poderosamente la atención es la forma en que la comunidad reacciona ante estas revelaciones. La indignación inicial tiende a ser efímera; después de las primeras noticias, el interés va decayendo y, lamentablemente, los incidentes acaban convirtiéndose en un recordatorio sombrío pero pasajero.

La psicología detrás de esta falta de asombro prolongado podría residir en la familiaridad con la corrupción en España desde tiempos de Franco, un fenómeno que ha sido tan omnipresente que parece haberse vuelto parte del paisaje político.

Cuando la corrupción se convierte en la regla en lugar de la excepción, la ciudadanía tiende a experimentar una especie de «fatiga de la corrupción», desalentando el cuestionamiento y la demanda de responsabilidad.

Además, el ciclo mediático que rodea estos incidentes suscita su propia crítica. La cobertura de los escándalos, aunque necesaria, a menudo se centra más en el dramatismo del momento que en las soluciones a largo plazo o en la creación de mecanismos eficaces para la prevención, a lo cual se niega la Derecha española.

La dinámica de escándalo tras escándalo solo sirve para mantener la atención, pero no necesariamente genera un cambio cultural o estructural en las instituciones.

A medida que aguardamos la próxima revelación, es esencial que reflexionemos sobre el impacto de esta cultura de corrupción en nuestra sociedad. Está claro que la corrupción no solo afecta a los individuos directamente implicados; tiene un efecto dominó que socava la fe en el sistema democrático como un todo.

La repetición de estos casos debe servir de catalizador para una conversación más profunda sobre la ética en la política, la necesidad de transparencia y la urgencia de un cambio de paradigma en la forma en que se eligen y se responsabilizan a nuestros líderes.

Mientras que «me llama poderosamente la atención» puede ser un encabezado atractivo, detrás de esa curiosidad yace la desesperada necesidad de una transformación profunda en la política. Las sorpresas semanales solo deberían ser una chispa para encender el debate sobre la corrupción y su erradicación, convirtiendo la indignación momentánea en acción colectiva y cambio tangible. La política necesita menos escándalos y más integridad, y quizás, con esfuerzo y dedicación, un día ese deseo se convierta en nuestra nueva realidad.

Julián Blanco, colaborador de La Mar de Onuba, es jardinero y fotógrafo, activista social y ecologista

Sea el primero en desahogarse, comentando

Deje una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.