¿Y si la normalidad era esto?

Desde que empezó esta cuarentena, que pronto será cincuentena, mi cuenta corriente ha crecido. Soy de los afortunados que siguen trabajando, por lo que -de momento- no he tenido merma en mis ingresos; algo que sí ha ocurrido con mis gastos.

Al teletrabajar no tengo que desplazarme ni comer en la calle, algo que es más oneroso que hacerlo en casa. Dejé los bares, las salidas, las actividades fuera de casa… He tenido tiempo para repasar mis cuentas personales, con lo que he podido anular algún gasto innecesario que tenía por ahí. Me he ahorrado los gastos extraordinarios de la Semana Santa o de la Feria de Abril. Pero sobre todo, he dejado de viajar, que en mi caso es la partida que más dinero se lleva al cabo del año, después de la alimentación.

Sí, ya sé que es una frivolidad pensar en tu economía personal cuando la del planeta se desmorona, algo que terminará afectándome también a mí, y más temprano que tarde. Lo que apunto no es por loar el confinamiento sino para reflexionar sobre el modo de vida que hasta ahora he llevado.

Si hablamos exclusivamente de consumo, puedo decir que después de cuarenta días de confinamiento echo de menos muchas cosas, pero ninguna relacionada con bienes de consumo. Si tengo un importante stock de libros que estoy leyendo estos días en casa, es porque en los meses anteriores he comprado libros por encima de mis posibilidades lectoras. Si no estoy comiendo mal y estoy ahorrando dinero, probablemente puedo reducir el número de días que como en la calle. Si mis comidas las hago en casa con agua, puede que estuviera consumiendo cervezas más por los contextos que por una necesidad real de calmar mi sed. Y así todo.

¿Adónde quiero llegar? Pues a la obviedad de que no deberíamos considerar el decrecimiento como la bestia negra. Que hay vida al margen del crecimiento continuo que defienden los grandes gurús y que tanto destruye a nuestro planeta y a nuestra sociedad. Obviamente si todos bajamos nuestros niveles de consumo, estaremos bajando a la larga también los de ingresos; si no se consume, no se podrá producir y vender tanto. Pero en nuestras cuentas personales, si reducimos ingresos y gastos, el resultado puede salir más o menos parejo; quienes principalmente notarán este decrecimiento son los que se dedican a amasar fortunas en paraísos fiscales.

¿Para qué comprar más libros de los que puedo leer? ¿Para qué renovar mis equipos informáticos si los que tengo siguen cumpliendo su función? ¿Para qué cambiar mi móvil cada año, por mucho que la compañía telefónica me lo ofrezca? ¿Para qué…?

El confinamiento me va a provocar que abrace con ansia las teorías del decrecimiento y que empiece a pensar que eso que llamamos “lo normal” es una anormalidad como una catedral de grande. Eso sí, a lo que no renunciaré nunca es a mis viajes, mientras las fuerzas, y la cartera, me acompañen. 


Javier Polo Brazo, columnista de La Mar de Onuba, es fotógrafo, cineasta y escritor. Ente sus obras destacan el cortometraje Andar dos kilómetros en línea recta y el documental Las Altas Aceras. Desarrolla su actividad profesional en los campos de los Recursos Humanos, la gestión de calidad y la Responsabilidad Social Corporativa.

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