Un duro y estremecedor alegato sobre las ‘Temporeras contra la esclavitud’ gana el 31º Concurso Internacional de Abogados en Francia

El abogado parisino François Bourguignon durante su alegato

“Si nuestros sistemas judiciales desaniman, humillan y finalmente perjudican a los más débiles… ¿dónde está nuestra legitimidad?”, se pregunta François Bourguignon.

Las diferentes causas emprendidas por la Asociación de Usuarios de la Administración de Justicia (AUSAJ) en nombre de las 10 mujeres centraron el discurso del letrado parisino.

Cuando su hermano la amenazó de muerte por video, Aisha naturalmente, tuvo miedo. El día que su hijo de 3 años le dijo por teléfono: «tú no eres mi madre», Aisha se arrepintió inmediatamente de no haber sabido sufrir en silencio los malos tratos, el hambre, el cansancio. Se arrepintió sobre todo de haber creído que las autoridades españolas la iban a ayudar.

El joven letrado François Bourguignon se ha alzado en Francia con el Primer Premio Internacional de Abogados que concede, desde hace 31 años, la abogacía francesa en el «Memorial de Caen, ciudad de la Historia por la Paz’. El abogado destacó con su duro y estremecedor alegato La paga del deshonor, la lucha de Aisha y Damas de la fresa de Huelva, en el que denuncia el fracaso del sistema jurídico español y europeo ante las vulneraciones de derechos de las personas más vulnerables.

Bourguignon, que ya había destacado en el mismo concurso durante su etapa de estudiante de Derecho, centró su alegato ganador en las trabajadoras marroquíes explotadas en los campos de Hueva por el “preciado oro rojo«, y más concretamente en el caso de las Temporeras contra la Esclavitud, las 10 mujeres que denunciaron en 2018 haber sufrido explotación laboral y agresiones sexuales en la finca de Almonte (Huelva)Doñana 1998.

En su exposición cuestionó la «triple discriminación» (por nacionalidad, sexo, y origen social) del modelo español de contratación en origen y alertó de que los déficits de los gobiernos y los sistemas judiciales para garantizar los derechos de todas las personas en un país de la Unión Europea, en este caso España, supone un fracaso de toda Europa y resta legitimidad y calidad democrática al Viejo Continente.

«Si no somos capaces de recibir dignamente a los trabajadores que han venido a ejercer las tareas que nosotros ya no queremos hacer… ¿qué legitimidad tenemos para dar lecciones de moralidad al resto del mundo?», preguntaba Bourguignon en su alegato, en el que con extrema crudeza criticó la experiencia vivida por las Temporeras contra la esclavitud y la falta de garantías procesales y administrativas que vienen sufriendo desde que denunciaron lo ocurrido en la finca Doñana 1998 de Almonte.

El abogado parisino asume en su alegato las tesis de la Asociación de Usuarios de la Administración de Justicia (AUSAJ), cuyos letrados Belén Luján y Jesús Díaz Formoso representan, pro bono, a las diez temporeras marroquíes, y denuncia las muchas trabas policiales, judiciales y administrativas para garantizar los derechos de las trabajadoras contratadas «en origen». Su exposición ha merecido el reconocimiento del jurado compuesto por prestigiosos juristas internacionales en esta 31 edición del Memorial de Caen.

EL ALEGATO DE BOURGUIGNON

Por su interés, se reproduce a continuación, íntegramente,  el alegato de François Bourguignon.

 Traducción: Jennie Lecomte (AUSAJ)

Cuando su hermano la amenazó de muerte por video, Aisha naturalmente, tuvo miedo. El día que su hijo de 3 años le dijo por teléfono: «tú no eres mi madre», Aisha se arrepintió inmediatamente de no haber sabido sufrir en silencio los malos tratos, el hambre, el cansancio. Se arrepintió sobre todo de haber creído que las autoridades españolas la iban a ayudar.

Señoras, señores tienen que escucharme, si tienen que escucharme porque la historia de Aisha y de sus 9 compañeras no le es extraña si, como millones de europeos, consumen lo que los españoles llaman el oro rojo.

Cuando en 2018 Aisha supo que el gobierno marroquí buscaba mujeres entre 20 y 45 años para participar a la recolecta de fresas, pensó a un “don del cielo”. Ella, sus 2 niños pequeños y su marido estaban desesperados, por la falta de dinero. Además, Aisha se sabía embarazada.

Entonces, se presentó a una agencia local de contratación para pasar las selecciones y,  finalmente obtuvo el deseado tique verde, el billete de salida hacia Europa. Pero antes de llegar a España Aisha tuvo que pedir prestado una pequeña fortuna, 700 euros, para pagar su visado, su transporte, comprarse botas de goma y guantes de protección. Una vez llegada a la explotación agrícola en la región de Huelva… ¡cuánta decepción! El alojamiento: un contenedor sucio apenas acondicionado donde se amontonan varias compañeras como ella. La alimentación en baja cantidad, hay que pagar, rebuscar en las basuras para encontrar más. El trabajo agotador, Aisha trabaja encerrada 12 horas en un invernadero de plástico sobrecalentado donde se pulverizan pesticidas. No coge ningún descanso, y si se arriesga a ir al baño durante sus horas de trabajo, recibe una penalización en su salario. El dueño de la explotación incluso le pidió que se quite los guantes de protección porque estropearían las fresas. Desde entonces, cada fresa ataca las manos desnudas de Aisha.

Estas condiciones de vida y de trabajo son odiosas, deplorables e inhumanas, pero casi parecen anecdóticas al lado de la amenaza constante que pesa sobre Aisha y el niño que lleva dentro de esta explotación agrícola. En cuanto llegó, el dueño le propuso un pacto de supervivencia, mejores condiciones de vida y de trabajo a cambio de favores sexuales. Aisha se negó y entonces el acoso aumentó, y para castigar su coraje el dueño la forzó a trabajar más duramente. Por supuesto, Aisha pensó dejarlo y volver pero, ¿qué iba a pensar su familia viéndola volver sola y sin el dinero esperado? De hecho, ¿cómo podría volver a casa sin su pasaporte confiscado a su llegada? Una noche de mayo, cuando Aisha volvía a su habitación después del trabajo, el dueño se le echó encima, la cogió por la ropa e intentó violarla. Creyendo poder disuadirle, Aisha gritó en árabe que estaba embarazada pero eso no le disuadió, al contrario. El dueño sólo conoce el lenguaje de los puños. Aisha se defendió, dio golpes a ciegas con sus manos cansadas por el trabajo. En vano. Aisha sólo debe su salvación a unas obreras alertadas por sus gritos y que se interpusieron antes que fuera demasiado tarde. Desgraciadamente otras no han tenido su suerte. Varias fueron violadas, otras obligadas a prostituirse con los hombres que merodeaban cerca de la explotación. Muchas quisieron denunciar a las autoridades españolas y unos autobuses vinieron enseguida para expulsarlas hacia Marruecos. Después de 6 semanas trabajando y viviendo en estas condiciones, Aisha y 9 compañeras finalmente decidieron escalar la valla para escapar. Su primer objetivo era llegar a la ciudad más cercana para pedir ayuda. Teóricamente, deberían haber tenido la suerte de estar en un Estado de Derecho como lo es España.

Vallado del recinto donde se alojaban las Temporeras contra la Esclavitud en la finca Doñana 1998. (Foto: Guardia Civil).

Efectivamente España ratificó en 2014 la convención de Estambul para prevenir y luchar contra la violencia cometida hacia las mujeres. Esta misma que obliga a los estados miembros a tener previsto mecanismos de apoyo a las víctimas en materia de asesoramiento jurídico, asistencia psicológica, financiera y alojamiento. España también ratifico en 1979 la Convención Europea de los Derechos Humanos que prohíbe el trabajo forzado, consagra la libertad individual y garantiza el derecho equitativo ante un tribunal independiente e imparcial. En fin, España en un gran país democrático, miembro de la Unión Europea y de la organización de la naciones unidas. Hizo suya la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice que todos tienen derecho a un recurso efectivo delante de los tribunales competentes contra las decisiones o de los actos que violan los Derechos Fundamentales. Pero a pesar de este arsenal jurídico, fue buscando ayuda de las autoridades que ni Aisha ni sus compañeras encontraron.

“Pensamos que yendo a la policía íbamos a encontrar justicia, que estaríamos cubiertas y que las agresiones pararían, pero fuimos abandonadas y dejadas solas”, testifica una de ellas.

Ni la Policía, ni la Justicia tomaron en serio su desesperanza. Peor, las autoridades locales han obstruido deliberadamente la buena aplicación del procedimiento. La policía esperó casi 1 año antes de empezar realmente las investigaciones, y se negó aplicar los protocolos existentes en materia de lucha contra la trata de seres humanos. Esta decisión totalmente incomprensible ha privado a Aisha de poder extender su visado, así que rápidamente se encontró en situación irregular en el suelo español, sin techo y sin poder trabajar.

El tribunal de La Palma del Condado, hablemos de él, ha infringido sus derechos fundamentales. No había traductor para las audiciones con el juez, no se protegió su identidad durante todo el proceso, y no tuvo tiempo suficiente para reunir las pruebas necesarias. El juez incluso se negó de incluir al expediente la traducción original redactada en árabe. En estas condiciones las consecuencias eran inevitables, el Tribunal rechazó las cualificaciones de Trata de Seres Humanos, de intento de violación y de agresiones sexuales. Sólo tuvieron en cuenta el acoso. Esta parodia de Justicia en la que todavía vive Aisha es a la vez El juicio de Kafka y El extranjero de Camus. Kafka porque Aisha no entiende la dureza y la opacidad de esta justicia, y Camus porque Aisha, como Mersault, se siente excluida de este juicio que ella inició. Nadie la escucha, nadie la cree. Ella, que se sabe víctima, casi se siente culpable.

Puedo escuchar las mentes cínicas sostener que nadie obligó a Aisha y a las demás a dejar su familia, dejar su país. Que estas explotaciones agrícolas a lo mejor no son un ejemplo en materia de condiciones de trabajo, peo que  no obstante el sueldo ganado es 5 veces superior al que se gana en Marruecos.  Que las condiciones de las mujeres en los campos andaluces no son necesariamente peores que las condiciones de las mujeres en un campo marroquí. Esto no excusa nada, y no lo hace menos grave. La lista de los pretextos podría seguir aún más tiempo, y sería demasiado larga para esconder la falta del Estado Español, y la falta de la Unión Europea a través de él.

Porque la violación de los Derechos Fundamentales de Aisha fue posible por una decisión política, diplomática. Exactamente por un acuerdo comercial concluido en 2001 entre Marruecos y España. Este organiza una migración legal es cierto, temporal, controlada por los 2 estados mediante el establecimiento de lo que se llama “contratos de origen”. Este sistema es muy sencillo, España necesita una mano de obra abundante, barata y sobre todo sumisa para trabajar en los campos de fresas. Marruecos, por su parte, tiene una población joven dispuesta a trabajar duramente para sobrevivir. La dificultad es que la economía española necesita esta mano de obra 3 o 4 meses al año, no más. Ahí intervienen los contratos en origen, para asegurarse la vuelta de los obreros agrícolas a su país de origen al final de la recolecta.

Bases del Certamen Internacional de Caen: los participantes deben realizar el alegato de un «caso de violación de derechos humanos real» y aportar pruebas del mismoy «solidez en la argumentación». El alegato sobre el caso Doñana 1998 del letrado parisino Fran ha sido el ganador del certamen este año.

España sólo acepta en su suelo una única franja de la población marroquí, cuidadosamente elegida con criterios que favorecen la precariedad y la fragilidad. Así, solamente mujeres analfabetas procedentes de zonas rurales y que sean madres de niños pequeños pueden presentar su candidatura al programa. Ni los hombres, ni las madres de adolecentes o de jóvenes adultos pueden presentarse. Entonces, nos enfrentamos a una triple discriminación estatal basada en la nacionalidad, en el sexo y en el origen social, cuya principal consecuencia es poner voluntariamente mujeres inmigrantes en una situación de extrema fragilidad frente a unos empleadores conscientes de su poder de dominación. Las condiciones de este acuerdo comercial discriminatorio llevan dentro las semillas de las múltiples violaciones de los Derechos Fundamentales que sufren in situ las obreras.

Pero que no nos equivoquemos. Las violaciones de las que son víctimas nos afectan a todos y deben alertarnos. Según las palabras de Martin Luther King, “la menor injusticia por donde sea cometida amenaza el edificio entero”, cuánta razón tenía. De hecho, ¿cómo no establecer un paralelismo entre, por una parte las dificultades encontradas por Aisha para obtener la cualificación jurídica exacta de los actos que ha sufrido y, por otra, las millones de mujeres españolas que han salieron a las calles el 8 de marzo 2018 para denunciar las penas demasiadas bajas en materia de violación. Si no somos capaces de recibir dignamente a los trabajadores que han venido a ejercer las tareas que nosotros ya no queremos hacer… ¿qué legitimidad tenemos para dar lecciones de moralidad al resto del mundo? Si elegimos a propósito a los más vulnerables, no para que se desarrollen aquí, sino para asegurarnos de que volverán allí… ¿dónde está nuestra legitimidad? Si nuestros sistemas judiciales desaniman, humillan y finalmente perjudican a los más débiles… ¿dónde está nuestra legitimidad?

A pesar de las dificultades que han atravesado y que todavía atraviesan hay que ver a esas diez mujeres de pie, determinadas, con la mirada recta.

“Sólo volveré a Marruecos cuando la verdad salga a la luz. Quiero volver a casa con la cabeza alta”, dice Aisha.  Aunque la lucha judicial sigue siendo larga, esas mujeres elegidas por su supuesta fragilidad ya han contradicho a los que apostaban por su silencio.


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