Tras la COVID-19, el mundo será un lugar diferente. Asegurémonos de que sea uno mejor

Se veía venir. A medida que las temperaturas subían, que los populistas llegaban al poder prometiendo un regreso a los “buenos viejos tiempos”, que el abismo entre los pudientes y los desfavorecidos se ahondaba hasta un punto de ruptura —y, en cierto modo, iba más lejos—, estaba claro que iba, que tenía que suceder algo. Sin embargo, pocos podrían haber vaticinado este escenario.

La magnitud de lo que el mundo enfrenta con el coronavirus no tiene precedentes, y llueve sobre mojado: décadas de escasez crónica de fondos para la investigación científica y la salud pública, así como una “guerra” criminal contra la ciencia y los hechos, hace que sean pocos los países preparados para lidiar con este nuevo virus mortal para el que todavía no existe vacuna. Las escuelas y empresas cierran sus puertas, las economías de todo el mundo se estancan, millones de trabajadores pierden su empleo y millones más lo perderán en los próximos meses. Las cadenas de suministro se rompen, y los productores y consumidores de todo el mundo pagan el precio de la deslocalización. En medio de todo esto, toca a los países más pobres del mundo prepararse para enfrentar la peor parte de las crisis de orden económico, social y sanitario desencadenadas por este suceso altamente improbable del “cisne negro”.

En Equal Times ya hemos comenzado a trabajar con nuestra red mundial de periodistas para examinar las numerosas formas en las que la pandemia afecta a nuestras vidas, trabajos, comunidades, políticas, economías y culturas. Analizaremos igualmente las formas susceptibles de reinventar enteramente nuestro futuro. Asimismo, continuaremos cubriendo la multitud de sucesos no relacionados con la pandemia que se dejan de lado, pero que revisten demasiada importancia como para ser ignorados.

Y no bajaremos la guardia. Al tiempo que los gobiernos de todo el mundo toman medidas sin precedentes para combatir el virus, son muchos los que aprovecharán esta oportunidad para debilitar o desmantelar por completo los (ya frágiles) sistemas de derechos humanos, de derechos laborales y las protecciones medioambientales que tenemos actualmente.

Sabemos que son las personas más vulnerables y marginadas, las personas mayores, las personas con discapacidad, las que se encuentran en situación de pobreza, las discriminadas por su origen étnico, los indígenas, los migrantes, los desplazados, los trabajadores informales y, en medio de todas ellas y otras más, las mujeres, las que más sufrirán, ya sea porque tienen más probabilidades de contraer la enfermedad, menos posibilidades de acceder a la atención médica, o a la protección social necesaria para luchar contra ella, o porque se verán afectadas de forma más negativa por las medidas de control social diseñadas para limitar su propagación.

Las crisis expuestas por el coronavirus han abierto múltiples frentes: la crisis de la desigualdad, la crisis de los derechos humanos, la crisis de los que tienen y de los que no tienen derecho a la libertad de circulación, a la atención médica y, esencialmente, el derecho a la vida. A todas ellas se suma la emergencia climática, que está aquí y no hará sino agudizarse en los próximos años. Si esta pandemia no conoce fronteras, el cambio climático tampoco.

Cuando finalmente se encuentre una vacuna, se contenga el virus y se levanten las restricciones, el mundo será un lugar radicalmente diferente. Todos debemos trabajar para asegurarnos de que sea un lugar mejor. A pesar de una década de austeridad y dos décadas lidiando con la violenta respuesta al 11 de septiembre, el coronavirus ya nos ha demostrado cuán rápido pueden actuar los gobiernos para prevenir el desplome total de la economía; asimismo, nos ha recordado crudamente que una sociedad es tan sana como lo son sus ciudadanos más pobres y vulnerables; y nos hace reflexionar sobre la noción de que los trabajadores mal remunerados son en cierto modo “poco cualificados”.

Cuando el mundo arde en llamas, son nuestros trabajadores sanitarios, el personal de emergencias, el personal de limpieza, los trabajadores del transporte, los cuidadores, los trabajadores de supermercados, los recolectores de residuos, los conductores de reparto a comisión de la economía de plataforma (gig economy), los docentes y los agentes de policía, que a menudo ganan salarios que apenas les permiten alimentar a sus familias, los que mantienen funcionando nuestras sociedades. Esto no debería olvidarse nunca.

Hace tiempo que los sindicatos piden un nuevo contrato social que garantice un piso de protección laboral para todos los trabajadores; inversiones en servicios públicos y una transición justa hacia un futuro con bajas emisiones de carbono que genere empleos verdes y dignos; formación profesional y aprendizaje permanente, pensiones seguras y un compromiso con el diálogo social. Hace unos años, estas ideas se consideraban radicales; hoy día, ha quedado demostrado que son imprescindibles.

También existe una creciente sensibilización y entusiasmo por medidas como el WiFi gratuito, la atención médica universal y la protección social universal, lo que demuestra que la mayor crisis global de los últimos tiempos podría ser el catalizador que necesitábamos para rediseñar nuestras sociedades y nuestras economías a fin de que redunden en beneficio de todos. Solo el tiempo dirá si aprovechamos esta oportunidad.


Este artículo ha sido traducido del inglés por

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