Tiempo de elecciones en la República

Víctor Arrogante.

Corta fue su vida, pero en el transcurso se celebraron un número importante de elecciones, con diferentes resultados, que produjeron grandes acontecimientos, con importantes repercusiones políticas, económicas y sociales. El 12 de abril de 1931, hace ahora 87 años, estaban convocadas unas elecciones municipales, que provocaron la caída de la monarquía y la proclamación de la Segunda República española.

Todo comenzó un 12 de abril, cuando la ciudadanía eligió a los partidos republicanos y socialistas, contra los monárquicos que dieron la espalda al rey. Las elecciones, que se habían convocado para consolidar el sistema y conseguir mayor apoyo popular para la monarquía, resultaron ser la perdición real. Se eligieron cerca de ochenta mil concejales y estos a los alcaldes en 8.943 distritos. La monarquía era un símbolo de decadencia, y republicanos y socialistas, decidieron convertir las elecciones municipales, en un verdadero plebiscito, sobre la continuidad de la monarquía en España.

En el Pacto de San Sebastián (17 de agosto de 1930), se había acordado la estrategia de poner fin a la Monarquía representada por Alfonso XIII y proclamar la Segunda República. En la reunión estuvieron representados la Alianza Republicana, Partido Radical Socialista, Derecha Liberal Republicana, Acción Catalana, Acción Republicana de Cataluña, Estat Catalá, y la Federación Republicana Gallega. Meses después el PSOE y la UGT, se sumaron al Pacto, con el propósito de organizar una huelga general, que fuera acompañada de una insurrección militar, que metiera a «la monarquía en los archivos de la historia» y establecer «la República sobre la base de la soberanía nacional representada en una Asamblea Constituyente».

La huelga general no llegó a declararse y el pronunciamiento militar, la Sublevación de Jaca, fracasó. Fueron fusilados los capitanes Galán y García Hernández. Numerosos miembros del Comité Revolucionario fueron encarcelados y otros huyeron al exilio. Alfonso XIII cesó al general Berenguer y nombró como presidente del consejo de ministros al almirante Aznar-Cabañas, lo que propició la convocatoria de las elecciones para el 12 de abril. Para la monarquía suponía volver a la normalidad anterior a la dictadura de Primo de Rivera. Para las fuerzas republicanas, significó una prueba de fuerza, una consulta sobre la forma de Estado. Los resultados fueron un mazazo para los monárquicos, que poco hicieron para evitar que su rey perdiera el trono.

Las candidaturas «republicano-socialistas» obtuvieron el triunfo en 41 de las 50 capitales de provincia. Los partidos monárquicos ganaron en 9. La participación ciudadana representó el 70% del electorado. Los monárquicos consiguieron 40.324 concejales, frente a los 36.282 que obtuvieron los republicanos y socialistas; los comunistas consiguieron 67; los diferentes partidos nacionalistas catalanes más de 4.000 y los nacionalistas vascos 267. Los partidos monárquicos habían conseguido una victoria clara en las zonas rurales, pero duramente derrotados en los núcleos urbanos.

Con la proclamación de la República y la celebración de elecciones legislativas el 28 de junio de 1931, se inició un proceso constituyente. El Estado republicano quedaría legitimado democráticamente por las elecciones y la probación de la Constitución. La primera vuelta electoral, se celebró el 28 de junio (con segunda vuelta entre el 19 de julio y el 8 de noviembre). Se presentaron candidaturas por la Conjunción Republicano-Socialista, compuesta por el PSOE, los radicales de Lerroux, los radicalsocialistas, la Derecha Liberal Republicana de Alcalá-Zamora y la Acción Republicana de Azaña. Cada partido se presentaba con su propio programa. La derecha antirrepublicana concurrió dividida y no presentó candidaturas en parte de las circunscripciones.

Las elecciones dieron un triunfo rotundo a la Conjunción Republicano-Socialista. La derecha y el centro republicanos (con la excepción de los radicales) quedaron reducidos a un papel testimonial, en tanto que la derecha monárquica sufría un serio revés. Daba comienzo el denominado bienio reformista (entre los años 1931 y 1933). En estas elecciones, las mujeres no tenían derecho al voto, pero sí pudieron ser elegidas Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. También fueron elegidos destacados intelectuales como Unamuno, Marañón, Sánchez Román, Madariaga, Ortega y Gasset. El 14 de julio de 1931 tuvo lugar la sesión apertura de las Cortes Constituyentes, en la que tras el discurso del presidente del gobierno provisional de la República, Niceto Alcalá Zamora, se eligió presidente del Congreso a Julián Besteiro.

La Constitución de 1931 fue aprobada definitivamente el 9 de diciembre. Se adoptó como bandera la tricolor y el Himno de Riego; como Presidente Niceto Alcalá Zamora. Antonio Machado, poéticamente, daba así la bienvenida: «Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano. La naturaleza y la historia parecen fundirse en una clara leyenda anticipada o en un romance infantil». Un proceso rápido,

La República fue recibida por la mayor parte de la población con gran entusiasmo, al ser una oportunidad para abordar las reformas necesarias y modernizar las estructuras políticas, económicas y sociales. Tuvo enfrente los «intereses creados» de la derecha de toda la vida que lo impidieron con una dura oposición, con las contrarreformas del segundo bienio, con un golpe de estado, la guerra y la dictadura franquista interminable. El nuevo gobierno tuvo que hacer frente a las llamadas «cuestión regional, cuestión religiosa, cuestión militar, cuestión agraria y cuestión social». Demasiadas cuestiones, que hoy algunas siguen en nuestras vidas como viejos fantasmas.

El 19 de noviembre de 1933 se celebró la primera vuelta de las segundas elecciones generales de la Segunda República para las Cortes y fueron las primeras en que las mujeres ejercieron el derecho al voto. Las elecciones dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas, Partido Radical de Alejandro Lerroux y a la CEDA de Gil Robles, quienes durante los dos años siguientes, procedieron a desmantelar la obra reformista del primer gobierno, dando comienzo al denominado bienio radical-cedista o bienio negro entre 1933 y 1936.

En ese periodo, se aprobó la devolución de las tierras a la nobleza y se dio total libertad de contratación, lo que provocó la caída de los jornales y un paro galopante. Se derogaron la mayoría de las medidas anteriores: se aprobó la «Ley para la Reforma de la Reforma Agraria»; se paralizó la reforma militar, amnistió a los golpistas de la «sanjurjada» y se designó, para los puestos claves, a Franco, Goded y Mola; se concilió con la iglesia e inició la negociación con el Vaticano; se paralizó el programa de construcciones escolares y anuló la enseñanza mixta.

Ante el giro conservador, la CNT y la UGT respondieron radicalizando sus posturas. Largo Caballero, propuso la ruptura con la República y con las fuerzas burguesas. Por su parte Indalecio Prieto, representante del socialismo moderado, defendió la colaboración con los republicanos de izquierda para estabilizar la República. Ante la situación creada, se declaró el Estado de Guerra. Los mineros asturianos protagonizaron una revolución social, que terminó siendo aplastada por las tropas de la Legión y los Regulares traídos desde Marruecos, al mando de Godet y Franco. Murieron más de mil mineros en los enfrentamientos y en las ejecuciones sumarias. 450 militares y guardias civiles perdieron la vida. En toda España fueron encarceladas entre 30 000​ y 40 000 personas. Y miles de obreros perdieron sus puestos de trabajo. La revolución de Asturias de 1934, «nuestra revolución», fue preludio de la guerra civil.

Los días 16 y 23 de febrero de 1936 se celebraron las terceras elecciones generales, y últimas de la República. Se enfrentaban los dos bloques históricamente irreconciliables. Una coalición de izquierdas de republicanos, socialistas y comunistas, se agruparon en torno al «Frente Popular». Su programa preveía amnistiar a los represaliados políticos y poner en funcionamiento la legislación reformista suspendida durante el bienio anterior. Los resultados dieron la victoria al Frente Popular (4.654.116 votos, 263 escaños 47,0%). En frente, los partidos de la derecha, aglutinados en torno al Bloque Nacional (4.503.505, 156 escaños 46,48%). Partidos de Centro y Nacionalistas 400.901 votos y 54 escaños. El Congreso nombró a Manuel Azaña presidente de la República española. Comenzaba el principio del fin.

Se concedió la amnistía a unos 30.000 presos políticos y sociales y se forzó a los patronos a readmitir a los obreros despedidos en las huelgas de 1934. Se permitió el restablecimiento del gobierno de la Generalitat de Catalunya y se iniciaron las negociaciones para la aprobación de un Estatuto para el País Vasco. Las reformas iniciadas en 1931 se recuperaron. Ante el temor a un golpe de Estado, el gobierno cambió de destino a los generales que menos confianza le ofrecían: Franco a Canarias y Mola a Navarra. Sanjurjo estaba en el exiliado. Los propietarios agrícolas se opusieron a las reformas, muchos industriales decidieron cerrar sus fábricas. Todos, con la Iglesia católica, se opusieron a la República de manera generalizada.

La República estaba condenada a muerte. Sin ser ejemplar, los primeros años sirvieron para sentar las bases de la renovación económica y social que necesitaba España. Las mujeres vieron reconocidos derechos universales. Los trabajadores y jornaleros del campo, vieron elevados sus salarios y todos empezaron a contar con un sistema de protección frente al paro y garantías sobre determinados derechos. La Iglesia hizo lo que pudo en contra de todo, el fascismo aportó su ideología en defensa del capital y los militares golpistas pusieron lo demás por la bandera y la «patria» sin rey.

El día 13 de abril de 1931, la ciudad de Éibar izó la bandera tricolor y al día siguiente en las principales capitales españolas. El 14 de abril, en la Puerta del Sol de Madrid, se proclamó la Segunda República. Desde ese mismo día, la derecha monárquica, católica, cacique y terrateniente, se confabularon para derrocarla y no pararon hasta que lo consiguieron; llevando a España a una de las mayores tragedias de su historia.

Víctor Arrogante, colaborador habitual de La Mar de Onuba  y otros medios de marcado carácter progresistas , es autor del libro Reflexiones Republicanas. En Twitter: @caval100

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