Sirénidos

Ilustración: Isabel Chiara
por Richard Villalón

 

Aclaremos. ¿El agua del fondo del mar pesa igual que la incertidumbre?

Dicen que el vacío adquiere el color de quien lo mira. Ahora los presagios viven sumergidos en el repentino marasmo de estos inmovilizados días. Salidos de estas profundidades vendrán mejores respuestas, preguntas sonoras, divagantes mares con sus certezas rocosas. En medio de la nada, el pesimismo es un escualo atigrado redondeando volteretas circulares en el campo exacto de nuestros mejores vaticinios.

Conocí a una sirena que le gustaba bajar hasta las llanuras abisales donde estaban los buzos trabajando sus plataformas submarinas. Bien sabemos, estas señoras pocas veces se quedan calladas. Cantando baladas extrañas a los submarinistas les llenaban la cabeza con sueños alucinantes, desesperados, se desnudaban yendo en su busca para sucumbir ante lo irremediable. Quedaban quietos dentro de una alegría fantasmal, gelatinosa, en foto fija, con los pelos flotando como quien aluniza por sorpresa, con las miradas reseñando tiempos pasados y la asfixia tiñendo de morado su corazón sumergido en el último latido de una mujer con cola de pescado.

Luego, ellas los devoraban. Una vez digeridos resurgían como perlas tristes, como la frustración de alguien atascado en una escalera mecánica, como aquel inútil chiste mejor preparado, igual a recibir la noticia de un parto fallido en un bautizo de mellizos. La pandemia del silencio dejada en los balcones cantantes, resonaba constante después de otras sirenas mecánicas y acústicas donde patrullaban los símbolos del poder. Hipocresía y olvido querían disfrazar a todos de buenas personas pensantes, hacerlos solidarios forzadamente, suponer héroes recargando su cargante falsa modestia. Aplaudiendo un ego a punto de explotar por el encierro, el anonimato producido por los macarrones con tomate, las noticias cargadas de campañas electorales precoces. Olvidando el desdén de no haber actuado a tiempo cuando realmente su presencia fue importante. Cuando una Marea Blanca era diezmada por los hijos de puta de turno. ¡Allí es donde este elenco debió participar!

Esta historia imaginada premonitoriamente hace siglos, tenía a Penélope nerviosa. Tejiendo, trataba de inventarse canciones para evitar otro violento abandono de Ulises. Aunque él no sucumbió a las sirenas, se cuenta el temblor de sus palabras cuando veía algo parecido a una escama nacarada. Desterró a los pájaros vibrantes de su Ítaca congestionada, a los juglares vestidos de seda fosforescente, los pezones al aire fueron castigados. Se volvió hosco, regresaba a los acantilados en horas de tormenta. Vestido de una desnudez erecta como mástil de nave a punto del naufragio. Aullando, bramando, comiéndose las uñas como un endemoniado. Nunca podríamos averiguar el real e infinito vacío de su pecho, su odio a la cera de abejas. Los efluvios salados de un sexo femenino le hacían llorar recordando su escape de la fatalidad. Haberse librado de un ser terriblemente marino, descomponiendo sus ojos, viéndose amargamente como el semi Dios que nunca alcanzó ser. Faltaban sus humedades de alga, la transparencia de sus senos nimbados, el olor a frio, a muerte ansiada. Esa sirena filmada entre la bruma de sus enredados recuerdos era el tatuaje que demostraba su pertenencia inequívoca al género humano.

Penélope lloraba destejiendo sus horas muertas. La realidad inmediata los conminó a convertirse en dos maderos flotando, perdidos en alta mar, rumbo a la desgracia del desamor, sus profundos espejos, su almohada envenenada.

Las sirenas se aparecen a quienes deambulan ciudades en noches boscosas, quienes en el Metro miran sin ver, quienes leen el ultramar de las palabras escritas, quienes no soportan la imposibilidad de provocar caos en vidas ajenas. Las sirenas, como nosotros, llevamos el bien y el mal galopando en la laberíntica trama de nuestras venas.

La duda es como el fondo del mar. Sus corrientes repentinas, sus corales exterminados, sus barcos desechados. Ahora encontramos sirenas en la televisión dando porcentuales de muertes, revisando los errores de quienes gobiernan, seduciendo sibilinas desde sus abismos marinos a nuestra parte íntima de argonauta, en este mundo nebuloso donde nadie quiere naufragar en las costas tenebrosas de la pobreza letal.

Ulises es un virus dispuesto a repetir historias. A cancelar colegios, bolsas de valores, desolados puertos.

Seguiremos tejiendo y destejiendo, soportando derechas e izquierdas, queriendo navegar ciegos a contraluz del sol, camino a lo supuestamente eterno. Olvidando nuestra mayoría real. Somos los de abajo, los del fondo marino, aquellos que reciben el golpe sófero de las olas, aquellos que tienen pánico a los recibos, al desahucio, a la falta de mascarillas y aparatos respiratorios. A las diatribas de seres politizados hasta la descarga eléctrica, anguilas de la venta de humos. Señores y señoras buscando pensiones vitalicias, discursos de marketing, moda ad hoc para reinas de plastilina. Mientras el dolor avanza, conmueve hasta el punto de la filosofía suicida, dejándonos de afeitar, negándonos a pedir al menos una cucharadita de equidad.

Hay que escoger fríamente entre ser Ulises, una sirena cantando para matar o Penélope y su resignada fe en el azar…


Richard Villalón©®

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