Sí, la vida (plena) de una persona mayor importa

La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece un total de 22 indicadores para medir si una vejez es o no activa. En ellos se incluye el ejercicio físico y las relaciones sociales, pero también la participación política y social. Demostración de miembros de la asociación Pensionistas en Acción de Málaga (marzo de 2019).

por María José Carmona.


Se les ve cada lunes. A la misma hora, en el mismo lugar. Haga frio o haga calor, son imperturbables. Unos llegan con andador, otros en bicicleta. Y lo que en principio parece una vulgar reunión de amigos se transforma súbitamente en comando de resistencia. Enseguida despliegan pancartas, preparan sus cánticos, desafían con descaro a quien se ponga por delante. Contestatarios, rebeldes, con la libertad del que ha vivido lo suficiente para decir lo que piensa.

No existe ahora mismo en España una lucha más comprometida que la de los mayores. Desde hace un año, se concentran cada semana en las grandes ciudades del país para reclamar unas pensiones públicas dignas. “Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden”, gritan, puño en alto, a los viandantes más jóvenes que pasan por su lado, absortos. Muy pocos se sienten llamados a la causa. “Ya nos gustaría que la gran manifestación que hubo el 8M –día de la mujer– estuviera también aquí presente todos los lunes”, lamenta Pilar Mendoza, presidenta de la asociación Pensionistas en Acción de Málaga. Pero no, eso no suele ocurrir.

Como advirtió en 2017 la Sociedad Gerontológica de América, las grandes revoluciones sociales del último siglo –los movimientos por los derechos de las personas negras, las personas LGTBI, las mujeres– han olvidado a los mayores. En esta lucha global por los colectivos vulnerables se han quedado los últimos.

Aún peor. En estos años –y con especial dureza durante la crisis económica– se les ha señalado como responsables de una terrible profecía –la del envejecimiento de la población– que amenaza con agotar los recursos económicos y sanitarios. El milagro de la longevidad convertido en bomba de relojería. Por eso, en lugar de protegerles, les hemos demonizado.

“Nuestro colectivo es considerado nada más como objeto de gasto y eso no es cierto. El mayor aporta mucho más”, defiende Paca Tricio, presidenta de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España (UDP). “El problema es que nos hemos convertido en invisibles, no se nos ve”. Así de ciego debe andar el mundo como para no ver a un colectivo de 962 millones de personas.

La paradoja de la edad

Los mayores viven más y mejor que nunca. Es una obviedad. La esperanza de vida a nivel global ha aumentado en 5,5 años entre 2000 y 2016. En países como Japón, Singapur, España y Suiza los mayores superarán en 2040 los 85 años de media. Y una amplia mayoría llegará a ese momento con buena salud.

La vejez de hoy no es ni la sombra de lo que fue y, sin embargo, como explica la Sociedad Gerontológica de América, seguimos inmersos en la “paradoja de la edad”. Por mucho que los mayores cambien, la sociedad les asigna los mismos estereotipos de siempre: la enfermedad, el aburrimiento, la soledad, la decadencia.

“Antes los mayores simbolizaban un referente, atesoraban conocimiento y experiencia y por eso se respetaban. Pero ahora en este mundo tan cambiante, tan efímero, consideramos que lo que aportan no sirve de nada, ya no se les ve como referentes”, cuenta Alejandro de Haro, autor del libro Etnografía de la vejez.

Según el antropólogo, ocurre sobre todo en las sociedades occidentales e individualistas, si bien la dictadura de lo nuevo –de lo joven– cada vez es más global. “Los ancianos representan en el mundo posmoderno dos valores innombrables: la vejez y la muerte. Por eso hay tanto rechazo y discriminación”, añade.

Un tipo de discriminación perversa, porque solo se hace visible en el momento en que se sufre. Los mayores tienen más dificultad para encontrar trabajo –eso quizá se conoce más–, pero también para acceder a cursos de formación en las empresas, para optar a ciertos tratamientos médicos innovadores, para obtener un seguro de automóvil o una tarjeta de crédito o un préstamo.

Llegados a cierta edad se les excluye de las mesas electorales, de los jurados, de los ensayos clínicos. Incluso tienen más dificultades para votar –por ejemplo las personas que viven en residencias–.

“Si estas discriminaciones se basaran en el sexo, género o raza las encontraríamos inaceptables, entonces… ¿Por qué se permiten por razón de edad?”, planteó en 2018 la campaña mundial contra la discriminación por edad o edadismo. Un concepto creado en 1969 por el gerontólogo Robert Butler para definir estas actitudes que, según él, generaban una marginación comparable al racismo o al sexismo. La diferencia es que ésta es la única forma de discriminación que, sin excepción, vamos a sufrir todos.

Vejez activista

“Nuestras demandas no se escuchan en los debates de los políticos, nuestras urgencias no están presentes en los medios de comunicación, nuestros rostros no se ven en la publicidad (…). Somos, pero parece que no existimos”, escribe Paca Tricio en el libro La rebelión de los mayores. Un manual de resistencia dedicado a quienes no se resignan al cliché del abuelo esclavo. “Tengo 72 años, me quedan por delante como mínimo 20. No pienso pararme en el sillón de mi casa y no hacer nada más”, afirma Paca con rotundidad. En esto consiste (de verdad) el envejecimiento activo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece un total de 22 indicadores para medir si una vejez es o no activa. En ellos se incluye el ejercicio físico y las relaciones sociales, pero también la participación política y social. Sin embargo, hasta ahora hemos confundido la “actividad” con el simple ocio, con asistir a clases de taichí y hacer cruceros por el Mediterráneo. Precisamente la parte más rentable –según un cálculo de Oxford Economics solicitado por la Comisión Europea, la llamada ‘economía de plata’ mueve al año unos 3,7 billones de euros (4,2 billones de dólares USD), sobre todo en concepto de viajes y restauración–.

Mientras la vejez ociosa profundiza el rol del mayor como un mero espectador, un consumidor, un turista; la vejez activa –y activista– los reconoce como ciudadanos que pueden aportar a la sociedad mucho más que su dinero: ya sea conocimiento, experiencia, valores o simplemente tiempo.

Hoy el porcentaje de mayores europeos que participa en actividades de voluntariado ronda el 22,5% en el caso de los hombres y el 20,3% de las mujeres, pero si hablamos de participación política la cifra cae al 14,2% y 11,3% respectivamente. Está el ejemplo de los colectivos de lucha por las pensiones o el famoso movimiento de los Yayoflautas, nacido al calor de los indignados del 15M, pero siguen siendo minoritarios.

“Hemos aprendido que la jubilación es esa conquista social para el momento del descanso o el ocio. Por eso cuando preguntas por la acción social, el porcentaje todavía es muy residual”, apunta Elena del Barrio, investigadora en Matia Instituto Gerontológico.

No obstante, la socióloga advierte cambios, sobre todo en las nuevas generaciones que ahora se acercan a la jubilación. “Se atisban personas que buscan otras cosas, que quieren una ciudadanía más activa en sus barrios o en sus municipios y reclaman un cambio de mirada a lo que es ser una persona mayor. Sobre todo piden a gritos que se les trate como iguales. No tanto como mayores a los que hay que respetar, sino como personas igual que el resto”.

Soy mayor ¿y qué?

El edadismo opera a muchos niveles. También en el micro. Comentarios sutiles se cuelan de manera inocente en las conversaciones diarias. Cada vez que alguien dice “pareces más joven”, sin querer, alimenta el mensaje de siempre. Que “lo joven” es lo bueno, lo deseable.

“Yo los llamo microedadismos, porque ocurre igual que en el machismo. Con esas pequeñas acciones estás imponiendo una ideología opresiva. Son micro violencias y tienen consecuencias en la salud y la autoestima”, asegura Francisco Olavarría, director de la revista QMayor.

Pensar que alguien no viste de acuerdo a su edad, que ya es demasiado mayor para hacer ciertas cosas, hablarle como el que le habla a un niño. “Ocurre mucho en el ámbito sanitario donde infantilizan a estas personas, las ningunean. Yo he oído cómo se refieren a mi padre diciéndole que está malito. Eso es infantilismo, lo que está es enfermo”, se queja Olavarría.

Pueden parecer inofensivos, pero todos esos comentarios vuelven a reforzar la ‘paradoja de la edad’. La manera más eficaz de acabar con ellos es el contacto, la interacción, pero resulta que hoy, más que nunca, apenas nos mezclamos entre generaciones.

Vivimos en una sociedad segregada por la edad, con espacios para jóvenes y espacios para mayores, continuamente dándonos la espalda.

“La sociedad es diversa, pero no intergeneracional. Aparte de estar en contacto, las generaciones deben participar juntas, tener influencia mutua”, explica Eleonora Barone, directora de mYmO, un laboratorio de innovación social que promueve el dialogo entre generaciones, en la sociedad y en las empresas. “No se trata de juntar a gente porque sí, sino de juntar a gente con objetivos e intereses en común, con independencia de la edad”. Como defiende la socióloga Elena del Barrio, hacen falta “menos centros de mayores y más centros cívicos”.

“Yo siempre les digo a los jóvenes: donde estamos nosotros ahora, vosotros estaréis después. Y si no nos apoyáis, lo vais a tener muy crudo”, asegura Paca Tricio, “pero las cosas van a ir cambiando. Estamos haciendo el mismo camino que han hecho las reivindicaciones de las mujeres”. Y en ese camino ya hay quien ve la lucha contra el edadismo como el nuevo #Metoo. Quizá la próxima revolución social sea la de los mayores. Paca corrige: “Ya lo es”.


María José Carmona es periodista independiente especializada en temas sociales y de derechos humanos. Actualmente colabora con los medios digitales Planeta Futuro (El País), eldiario.es, El Confidencial y Público, entre otros.

Twitter : @MJCarmonaLopez
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